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COSAS VEREDES

París, 2015. ¿Estamos en guerra?

lunes 16 de noviembre de 2015, 20:47h

A sangre fría, con los primeros compases de un nuevo fin de semana de fondo, entre copas de vino y cerveza se derramaron 129 vidas, muchas de ellas jovencísimas, en el preludio de una guerra que no asimilamos ni queremos entender. París, esa mística y bohemia ciudad que enamora a quien pone sus pies en ella de una u otra forma, se desangró el pasado viernes por segunda vez en lo que va de año a manos de un puñado de hombres en nombre de Alá.

No estamos preparados para tanta barbarie. Intentamos entenderlo, repetimos hechos, cifras, argumentos, pero nuestras mentes occidentales acostumbradas a la libertad, al respeto a las diferentes religiones, a la pasión por la música y a la defensa de la individualidad entre muchos otros aspectos, no concibe algo que no puede entender. Cuánto odio hay que atesorar para segar tantas vidas. O cuánta convicción acerca del deber como para inmolarse por unas creencias. Peones en un tablero.

Mientras, a cientos de kilómetros de distancia, los verdaderos autores de estos terribles atentados celebran su éxito mientras amasan sus fortunas y preparan nuevos golpes Dios quiera que lo más lejos posible de los nuestros. Porque ese es nuestro engaño, pensar en montañas y desiertos lejanos cuando los tenemos junto a nosotros. Compramos su petróleo, les vendemos armas, aceptamos sus inversiones millonarias porque el dinero, vil metal, es sagrado y no hay que mirar si está manchado… Y así, casi de perfil y disimulando, se han ido colando en nuestras estructuras sociales y económicas en un precario equilibrio esquizofrénico que es imposible que llegue a buen puerto.

No todos los musulmanes son extremistas. Cierto. Pero están grabando en nuestro ADN una asociación muy peligrosa con el fin de enfrentarnos y que estalle la guerra definitiva, esa que en realidad comenzó hace años y nos negamos a asimilar.

“Hemos tenido mucha suerte las últimas generaciones al no haber tenido la desgracia de vivir una guerra en primera persona”, me decía mi padre este fin de semana mirando a sus nietos con los ojos cargados de preocupación. No queremos vivir una guerra y le damos la espalda, como mecanismo de defensa, a todo lo que huela a ella. Es humano pero también irreal. ¿Hasta cuándo? ¿Cuántos muertos harán falta en cuántas ciudades del mundo para que aceptemos que este trágico episodio ya ha comenzado y que sólo nos queda tragar saliva y confiar en que los líderes mundiales sabrán hacer lo correcto?

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