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MEMORIAS

Pascal Bruckner: Un buen hijo

domingo 22 de noviembre de 2015, 21:38h
Pascal Bruckner: Un buen hijo

Introducción de Juan Manuel Bonet. Traducción de Lluís Maria Todó. Impedimenta. Madrid, 2015. 224 páginas. 19,95 €

Por Adrián Sanmartín

Nacido en París en 1948, Pascal Bruckner es uno de los ensayistas más brillantes y lúcidos de la actualidad. Una lucidez que no se amolda ni se deja intimidar por lo “políticamente correcto”, desde que comenzó su trayectoria con El nuevo desorden amoroso, en colaboración con Alain Finkielkraut, donde se cuestionaba la adoración de la libertad sexual, que tiene sus sombras, pese a que Mayo del 68 quiso obviarlas. A partir de ahí escribe libros que resultan tan provocadores para la progresía a la violeta como necesarios, ya que ponen en entredicho igualmente no pocos de los postulados que ese Mayo del 68 quiso difundir como irrebatibles y como si se tratase de la verdad absoluta. Así, entre otros trabajos, La tiranía de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental, en el que aborda cómo Occidente se fustiga permanentemente por sus “culpas”. Sin duda, cometió errores, pero eso no debe llevarle a olvidar, como en buena medida ha sucedido, un legítimo orgullo por sus numerosos aciertos. O La tentación de la inocencia y La euforia perpetua, donde se denuncia el infantilismo que cada vez más caracteriza a nuestra sociedad y ese deseo de ocultar el dolor, o hasta los meros e inevitables sinsabores o momentos difíciles, para ser continuamente felices. Inocentes y felices.

Pero no somos inocentes, pues el mal anida en todo corazón humano y vencerlo es una batalla sin descanso. Y tampoco podemos ser perpetuamente felices, como si la vida, igual que el París de Hemingway, solo fuera una fiesta. El sufrimiento, la desdicha, la enfermedad, existen. Pascal Bruckner los conoció desde niño. Y nos lo cuenta en Un buen hijo, que la editorial Impedimenta ha tenido la excelente iniciativa de poner al alcance de los lectores españoles. A medio camino entre el ensayo, las memorias, y la novela de formación, el pensador galo nos relata su infancia y adolescencia, marcadas por un padre despótico, antisemita, filonazi, maltratador de su familia. Hasta el punto de que el libro comienza con un prólogo, descarnadamente sincero, titulado “Oración de la noche”. Un Pascal Bruckner de diez años hace a Dios una súplica inusual: “Le pido simplemente, le suplico, que provoque la muerte de mi padre, si es posible en accidente de coche. Un freno que falla en una cuesta, una placa de hielo, un árbol, lo que le parezca mejor. Dios mío, os dejo la elección del accidente, pero haced que mi padre se mate”. Primeras etapas de su existencia señaladas también por la enfermedad, pues su tío Luc Marc le contagió la tuberculosis, por lo que le envían a una aldea en los Alpes a mil doscientos metros de altitud.

Un buen hijo -en el que asimismo Bruckner nos habla de lecturas, de autores, de sus propios libros…-, sin embargo, no destila finalmente odio en su particular carta al padre. Es, sobre todo, un relato de superación, de un proceso de endurecimiento, pues, en las montañas aprende algo imprescindible: “Lo que me seduce de la montaña es su falta de hospitalidad: te acoge rechazándote, te obliga a enfrentarte con precipicios vertiginosos, con la dureza mineral de las crestas, con la paz engañosa de los glaciares”. Y también, pese a todo, un canto vitalista: “El mundo es una llamada y una promesa: en todas partes hay seres sobresalientes, obras maestras que descubrir. Hay demasiadas cosas que desear, demasiadas cosas que aprender y muchas páginas por escribir. Mientras sigamos creyendo, mientras sigamos queriendo, estamos vivos”.

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