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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

El alcalde de Zalamea, de Calderón: la dignidad frente al cainismo

La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) abandona, por fin, su sede provisional del Teatro Pavón y retorna a su lugar de origen: el Teatro de la Comedia. Reforzadas sus estructuras y primorosamente restaurado, la CNTC lo celebra, de la mano de su directora Helena Pimenta, ofreciendo una de las grandes piezas de nuestra dramaturgia áurea: “El alcalde de Zalamea”, de Pedro Calderón de la Barca. Texto que además de un clásico, también ha de considerarse por igual un drama contemporáneo.

El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca

Directora de escena: Helena Pimenta
Intérpretes: Carmelo Gómez, Joaquín Notario, Jesús Noguero, Nuria Gallardo y Francesco Carril, entre otros.
Lugar de representación: Teatro de la Comedia (Madrid). Gira.

Por Rafael Fuentes

Frente a los prejuicios contra Calderón y los estereotipos casticistas a los que con frecuencia ha sido reducido, no hay mejor antídoto que verlo representado en escena. Leídas sus obras como si fueran novelas, se favorece el arraigo de ese prolongado malentendido que Valle-Inclán sintetizó en Los cuernos de don Friolera, al despreciar “el honor teatral y africano de Castilla, propio del retórico teatro español.” Nada de ello se sostiene cuando lo vemos en acción sobre las tablas. La importancia de este factor escénico -ya reivindicado en su momento por José Sanchis Sinisterra- para desbaratar los clichés y convencionalismos, quizá ha inducido a la directora Helena Pimenta a subrayar los contrapuntos cómicos de esta tragedia, en los que se visualiza con mayor nitidez el sentido crítico de El alcalde de Zalamea. La burla del humor es la mejor piqueta para demoler un cúmulo de tópicos, errores y verdades obsoletas que, como denunciase Sinisterra, han desvirtuado por siglos a Calderón.

Cuando las tropas de infantería no han entrado aún en el pueblo de Zalamea y todavía no se abaten sobre la población civil como una despótica fuerza de ocupación, ya se adueña del primer plano el soldado Rebolledo y su compañera La Chispa, excepcionalmente interpretados por David Llorente y Clara Sanchis, con quienes la risa ejerce una impagable acción desmitificadora. En la figura de Rebolledo, Calderón no nos muestra a un intachable soldado de los tercios españoles. Lo épico se ha desvanecido. Estamos ante un militar descreído, blando, contrario al esfuerzo, pícaro, rastrero, desertor, quejoso, donde se manifiesta el reverso de una imagen épica del ejército. La Chispa, encargada de las apuestas en los juegos de boliche, compone una pareja tan divertida como opuesta a la glorificación de las armas, asunto central en la trama trágica de la obra. No se trata solo de la moral de un soldado raso, ya que su actitud deshonrosa e indigna se conjuga a la perfección con la de sus sargentos y la de su capitán Álvaro de Ataide. La comicidad socava cualquier propaganda gloriosa y caballeresca de una hueste ociosa entregada al juego y a los bajos instintos.

También antes de que la tropa se apodere de la localidad de la tragedia, conocemos al hidalgo don Mendo y a su criado Nuño, a través de los cuales el honor hereditario de la nobleza se pone, sin remilgos, en solfa. No es la típica pareja del amo serio y el criado gracioso, porque ambos son por igual grotescos y ridículos. Don Mendo es descendiente del hambriento hidalgo de El Lazarillo de Tormes y pariente próximo de don Quijote, al que Francesco Carril le extrae todas las posibilidades hilarantes que hacen las delicias del público, junto a su sirviente Nuño, al que arranca igualmente todos sus registros cómicos Álvaro de Juan. Dos hambrientos desocupados que se proponen vivir de las apariencias y gozar del honor heredado de la familia, a los que Calderón de la Barca abofetea de forma inclemente con el arma de las carcajadas. Ni epopeya militar, pues, ni honra nobiliaria permanecen en pie ante estas acciones burlescas que constituyen el aspecto más relevante del montaje de Helena Pimenta. Con ellos, la supuesta ideología oficial calderoniana queda en entredicho, destacando por el contrario la afilada crítica a la milicia y el rechazo a las pretensiones nobiliarias de disfrutar de privilegios éticos y legales por encima del resto de la población.


El conflicto central se desarrollará en un espacio simbólico pensando con sencillez y suma eficacia por Helena Pimenta. Desde el comienzo de la representación hasta su término el espectador se encuentra ante un rústico frontón color de tierra, donde en los preliminares de la obra se juega una ruda partida. Ese frontón será la casa de Pedro Crespo, el futuro alcalde de Zalamea, será también la calle exterior que bordea el edificio y, en su caso, hará asimismo las veces del bosque en las afueras de la villa, donde se dará rienda suelta a las ruines pasiones de sexo y homicidio. Ya de por sí, el frontón posee el carácter simbólico de un enfrentamiento: una exhaustiva lucha, un agotador combate hasta el triunfo o la derrota. Algo que se pondrá en marcha cuando el ejército entre en Zalamea vejando a una población que debería proteger, lo que suscitará una feroz reacción. El frontón encarna aquí a una España cainita y guerracivilista, más inclinada a la violencia que al respeto mutuo, cuya crueldad Calderón critica con toda justicia.

El muro del frontón es desproporcionadamente alto, con una intención igualmente simbólica. Nos hallamos en un país amurallado, con distancias insalvables y peligrosas entre las personas, donde el otro es una tapia, una escollera o un parapeto incapaz de oír los diálogos o razonamientos que se le dirigen. Una obstinación cerril, frontalmente contraria a cualquier entendimiento. A mitad de la representación, esos altos muros del frontón se verán flanqueados por afiladas lanzas -con unvago eco del lienzo velazqueño La rendición de Breda-, que en algunos momentos encarnan a los árboles del bosque del ultraje, pero en otros a las sangrientas intenciones criminales que se adueñan de la villa y de la casa del hacendado Pedro Crespo. Una estremecedora música en directo a cargo de un inspirado Ignacio García, ahonda en esa implacable liza, contraponiendo el bélico redoble de los tambores de la tropa al canto elegíaco por el inaceptable suplicio que se desencadena.

En ese espacio amenazante es donde el capitán don Álvaro de Ataide trama su infamia, llevándola a cabo al secuestrar a Isabel, la hija de Pedro Crespo, para violarla después en el bosque. Será en este siniestro ambiente donde el hermano de Isabel, Juan, trate de limpiar la honra de la familia matándola, y donde, finalmente, Pedro Crespo ajusticie al capitán don Álvaro de Ataide. Lo que en un análisis del texto parece una esquemática arquitectura de contrapuntos y simetrías, en la puesta en escena se traduce en un enfrentamiento inexorable que avanza a paso ligero y seguro, repleto de vida.

Calderón señala con dedo acusador los instintos homicidas, la violencia ancestral, los odios, las traiciones y sórdidas intrigas, la intolerancia y la despiadada indiferencia hacia el dolor del otro en una sociedad aparentemente cristiana. La crítica calderoniana a lo que se dice ser, frente a lo que realmente se hace, resulta desoladora.

El centro de esa confrontación recae en el general responsable del ejército, don Lope de Figueroa, interpretado por Joaquín Notario, y, obviamente, sobre Pedro Crespo, encarnado aquí por el actor Carmelo Gómez. Cuando ambos se encuentran cara a cara, el pulso cobra un indudable vigor. Lleva la iniciativa Joaquín Notario que representa con una distinguida dureza a don Lope, lo que le permite a Carmelo Gómez darle una sólida réplica, idéntica en altivez y orgullo. Otra cosa sucede cuando Carmelo Gómez debe llevar todo el peso del drama de Pedro Crespo, sin el recio contrapunto de Joaquín Notario. Cuando se siente solo y vencido, cuando tiene que doblegar dentro de sí mismo sus impulsos violentos de venganza, cuando un estoicismo memorable le conduce a solicitar humildemente al violador una reparación, la intensidad interpretativa de Carmelo Gómez cae muchos enteros, sobrepasado por la potencia y diversidad de pasiones que ha de trasmitir en un breve lapso de tiempo. Un Jesús Noguero como capitán don Álvaro un tanto desdibujado tampoco le da la apoyatura suficiente para remontarse a ese clímax interpretativo que el texto le demanda. Asimismo un error de reparto, que concede a Nuria Gallardo el papel de Isabel, sin que le corresponda por edad y por fisonomía, contribuye por igual a que la energía dramática de esas escenas clave no alcance su punto de plenitud.

Helena Pimenta sorprende, a su vez, con el planteamiento de la llegada final de Felipe II, que ratificará la justicia de la ejecución a garrote vil del capitán don Álvaro. Habitualmente, Felipe II es considerado en esta pieza como un deux ex maquina que quita o da la razón a los humanos, por lo que debería ocupar un lugar elevado. Nos encontramos con lo opuesto. Cuando se nombra alcalde a Pedro Crespo y recibe el encargo de impartir justicia, derriba el muro del frontón, abriendo en él un boquete con el que perfora la intransigencia e impunidad imperantes hasta ese momento. Y es a través de ese boquete por el que vemos a un Felipe II disminuido en tamaño, reducido a proporciones tan humanas que resulta un tanto difícil identificarlo como el omnipotente emperador que es.

Sin duda, Helena Pimenta ha aminorado la estatura del emperador para resaltar e incrementar la talla moral de Pedro Crespo. Este no ha aprovechado la movilización popular para desencadenar una violencia colectiva semejante a la que contemplamos en Fuenteovejuna. Tampoco se ha dejado arrastrar por una venganza pasional, ni ha castigado a su hija Isabel por un supuesto código de honor inclemente. “Africano y retórico”, había aseverado Valle-Inclán. Cuando habla de honor lo hace como equivalente a dignidad, una dignidad que no es prerrogativa de una clase nobiliaria o militar, sino patrimonio de cualquier ser humano.

Esa dignidad haciendo frente a un cainismo atávico permite que Calderón siga siendo nuestro contemporáneo. Porque su defensa de la dignidad del hombre común llega con claridad, a través de los siglos, al corazón del espectador de hoy. Algo que la dirección de Helena Pimenta hace brillar. Una puesta en escena lúcida, sobria, incisiva. Un paso más para continuar derribando la muralla de malinterpretaciones que tratan de estigmatizar a Calderón de la Barca como un supuesto valedor de inadmisibles privilegios. Acusaciones que se desvanecen como por arte de magia cuando se le sube a escena y se deja que su implacable acción dramática hable por sí misma.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    2143 | Manuela Gris - 02/03/2016 @ 10:25:35 (GMT+1)
    Pero ¿de dónde ha salido este comentarista? ¿Del larguero? Decir que la intensidad dramática de Carmelo Gómez decae cuando no está frente a Notario es o mala baba o ignorancia teatral sublime. Si algo demuestra el actor leonés en toda la obra es intensidad y dramática y se impone con su perfecta dicción del verso a todos los demás. Más que una crítica objetiva parece un dardo más contra su persona por parte de un sector político que confunde la velocidad con el tocino.

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