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JORNADA 15: VILLARREAL 1 REAL MADRID 0

La bipolaridad del Madrid le aleja del liderato ante el Villarreal | 1-0

domingo 13 de diciembre de 2015, 22:13h
La bipolaridad del Madrid le aleja del liderato ante el Villarreal | 1-0
El Real Madrid desaprovechó la oportunidad brindada por el Barça de recortar la distancia con el liderato tras no alcanzar el empate ni la remontada al gol inicial de Soldado. El Villarreal abrió el marcador en un arranque de partido soberbio que desnudó la versión más tenebrosa del sistema de Benítez: horizontal en ataque y roto en el repliegue. La resurrección experimentada en el segundo acto, en la que desató una tormenta infructuosa de disparos, no resultó suficiente y la derrota de este domingo sabe a cicuta para la presunta recobrada regularidad madridista.

Disimular el magnetismo abrasivo de un 0-4 en Chamartín ante el enemigo por antonomasia supone aguardar un puñado de meses para tratar de devolver la afrenta en el siguiente Clásico. O bien, abrazar los guarismos y el frío dato con el fin de amalgamar legitimidad. Por este último punto, el más cercano y de efecto automático, pasaba recortar la abrupta y prematura herida abierta -siete puntos- al mínimo e, incluso, revertir la relación de fuerzas a la espera del regreso catalán del masaje japonés. Esta premisa condujo la trompicada evolución del coloso madrileño hasta Vila-Real, donde se enfrentaría a una anunciada encerrona, tan predecible como escurridiza debido al tipo de irreverente fútbol que propulsa el proyecto del quinto clasificado liguero. Sin duda, disponía el Madrid de la alternativa idílica para asestar un golpe de autoridad. O, en su defecto, para reforzar la argamasa de críticas por falta de compromiso sobre el verde.

Marcelino, que ha pulido la filosofía de la institución que dirige hasta experimentar cotas de poesía reseñables, no entiende ni entendió de complejos al elaborar su alineación. El técnico asturiano busca conducir al púgil rival hacia su terreno y diseñó en esa dirección el once. Soldado y Bakambu coronarían el esquema de movilidad y vértigo combinativo que engrasarían Bruno y Trigueros y lanzarían Dos Santos y Denis Suárez desde los costados. Por detrás, Musacchio y Víctor Ruiz sostendrían la valentía con Bailly y Costa empeñados en el cuidado de su espalda, más amarrados que de costumbre. La cohesión en el repliegue y la precisión en los últimos metros marcarían la vigencia del estilo en esta batalla con poco que perder y mucho que cosechar en torno a lo anímico, después de ceder el liderato de grupo europeo en la definitiva batalla, bañada de niebla, de la República Checa.

Rafa Benítez, por su parte, prosiguió su pretensión de solidificar su autoridad en el vestuario y sentó a Kroos -que encadena tres suplencias en las últimas cuatro citas- para conformar una medular de tres piezas, con James y Modric por delante de Casemiro. Ronaldo, Benzema y Bale intercambiarían posiciones en el flanco ofensivo y Danilo y Marcelo se añadirían a la construcción, con suma atención a las herramientas dañinas del oponente. Ramos regresaba a la titularidad para acompañar a Pepe en el intento por sumar consistencia a la pretendida red de ayudas que la delantera y el centro del campo habrían de implementar con el fin de evitar una ruptura de líneas que alejara el objetivo. La coordinación en el trabajo sin pelota, la concentración, y la fluidez interlineal que encontrara pausa y verticalidad, según la ocasión, se antojaban argumentos elementales para la supervivencia de la candidatura madrileña en este trance. El crecimiento de la aceptación de los presupuestos técnicos por parte del vestuario, puesto en entredicho en el Pizjuán, recibiría una pegajosa fiscalización este domingo.

Lo que no constaba en la hoja de ruta estudiada y definida por la expedición merengue fue la asimetría de intensidad que contaminaría todo el primer tiempo. Jaume Costa se descolgó antes de cumplirse el primer minuto y efectuó, en soledad desde la frontal, un centro chut que susurró lo venidero. El Villarreal puso en práctica, con riguroso afán, su guión: impuso un ritmo muy alto de circulación y de presión, con defensa adelantada y reducción de espacios. El Madrid, en compás anestesiado, trataba de templar la salida ardorosa con precisión asociativa y esbozando el carácter perenne de la amenaza al espacio que emana de Bale y Ronaldo. Pero convenció la personalidad local al aplomo visitante, que sufría chispazos de rebose en su primer contacto con la hierba. La tesitura obligó a los visitantes a saber sufrir y mantener la disciplina en el orden y la concentración de todos sus peones, exigidos por el club levantino con prontitud. Jonathan Dos Santos confirmó el escenario de ahogo con un remate cruzado que se estrelló en el poste en el cuarto minuto.


Estiró su jerarquía el Madrid masticando el primer fogonazo amarillo a través de la discusión de la posesión. Los de Marcelino manejaban el cuero con mayor querencia puntiaguda, buscando combinaciones entre líneas al vuelo, mientras que los capitalinos intentaban rasgar algo de calma con el intercambio fluido y horizontal. Sin embargo, cuando parecía que el tercer clasificado capeaba la marejada desatada por el quinto, sobrevino el primer golpe del envite. Bruno robó a Modric y cortocircuitó la salida de balón –reflejo específico del paradigma-, el balón cayó a Bakambu, que detectó el movimiento de Soldado. El punta español batió a Navas, en ventaja y por bajo, en la recogida de fruto al movimiento estudiado que buscaba el descarrilamiento prematuro merengue –minuto 8-.

Sin espacio para tomar oxígeno se consumió el primer cuarto de hora. Con el Madrid constreñido a jugar en profundidad desde la cueva, sin posibilidad de desestabilizar entre líneas con Benzema y Ronaldo tropezando en el carril central, desprovistos de alimento. Había cerrado los pasillos de engrase asociativo madridista un Villarreal mejor en la ocupación de espacios, en la actitud, y superior en el despliegue de vatios. Por todo ello, al tiempo que la verticalidad local mantenía la voluntad de pinchazo a la espalda de la medular madridista, lucía descontextualizado de su voluntad previa el club madrileño. Sólo a balón parado, y por la vía del cabezazo fuera de Ramos en un saque de esquina botado en el 16, tomó aire un colectivo abrumado. Bakambu y Soldado sacaban brillo al frenesí de la transición repleta de calidad del esquema de Marcelino, patrocinada por la desatención táctica del tridente y James, hecho que refrescó cierta ruptura del sistema de Benítez. Las ayudas no llegaban a interceptar el galope local tras robo y la posesión visitante no atisbaba horizonte más allá de la simpleza del juego a lo ancho.

En el balcón de la media hora ganó peso la circulación madridista, aunque figuraba desprovista de capacidad para inquietar por la falta de profundidad. En consecuencia, cedió metros un Villarreal que aminoró la potencia de la deflagración inicial. El Madrid entró con firmeza en la conversación por el control del cuero, murmurando la gestación de la llegada a posiciones de media distancia, con los laterales apostados en la medular para sumar superioridades. Fruto de esta directriz, que conllevó, además, la subida de líneas en la presión, todavía descoordinada, Benzema cazó una volea que se perdió por encima del larguero tras una circulación brillante en la frontal. Pero tal modificación táctica de querencia por el mando a través del esférico abrió hectáreas que pondrían a prueba la vigilancia tras pérdida de las coberturas visitantes. Soldado –soberbio en su lectura de las situaciones-, que desvió con inteligencia un envío del cuerpo de lanzadores levantinos, sonrojó la cohesión de voluntades madrileña y dejó en mano a mano con Pepe a Bakambu, que perdonó la ampliación del rédito al rematar fuera ante la salida desesperada de Navas –minuto 27-.

Yacía deshilachado el ritmo impuesto por el Villarreal en la subida de telón y se sorprendía aposentado el escenario que gobernaría la trama hasta el intermedio. La pelota circulaba pintada de blanco y confluyendo hacia centros laterales infructuosos, debido a la incapacidad visitante por abrir el panorama desde la intercalación central de piezas. Pero no cedió al encierro el sistema de Marcelino, que mutó su piel a la del cazador astuto de contragolpes. Bakambu lanzó a las nubes el enésimo fallo de la zaga capitalina en otra transición efervescente, de regusto esteticista, que no detectó el balance contrincante. En tal escena, Trigeros y Jonathan pensaban, y Bruno mandaba y disponía en el centro del campo, batiendo líneas con pases profundos que maniataban el cierre rival. Denis constituía a estas alturas un puñal por el costado de Danilo, herido de nuevo porque James no se comprometía defensivamente. En definitiva, la calidad técnica altruista del Villarreal campaba a sus anchas con el Madrid al borde de la salida de eje si arribaba el segundo tanto local.

La comodidad levantina ante la ausencia de amenaza y tensión combinativa contrincantes, por intrascendencia de los artistas y de los intentos por el tercio central, se sumó al afianzamiento de sus recorridos, fuera del desordenado radar merengue. Cada salida fluida del conjunto amarillo generaba el desasosiego coherente con la desorganización esquemática de los pupilos de Benítez. Sollozaba el bloque madrileño debido a la futilidad de su endeble y plana creación ofensiva, y ante la refrescada fragilidad de conceptos defensivos que complicaba la asunción y prolongación en el rol de mando. Bajo esta paleta de incertidumbre se apresuró el duelo al descanso. Marcelino había conseguido el cumplimiento estricto de su hoja de ruta: cultivar la indigestión a través de la exquisitez asociativa, la imposición del ritmo, la reducción de espacios y la ejecución del mordisco a la contra que rompe la continuidad del gigante matizado. La efectiva elección de situación a la que no pudo rebatir el argumento el Madrid abortó el espacio necesario para Ronaldo y Bale, negando utilidad al intercambio de posiciones y la movilidad buscada desde el banquillo. Debía alzar la competitividad y ajustar la cohesión interlineal y el compromiso de algunas piezas el campeón de Europa con el Liverpool, para no suicidarse y confiarlo todo al acierto de sus puntas. Había jugado según los renglones susurrados por el pentagrama levantino –más del 60% de posesión y cinco a cuatro en remates intentados- y no había conseguido reconducirse.

Y la reanudación asistió a la resurrección. La intensidad viró de dueño y la densidad previa tornó en multiplicación de opciones. Ronaldo chutó arriba un despeje defectuoso a centro de Danilo en el 45; el fallo en la circulación posterior de Denis, que entrega el balón a Bale, condujo al centro de seda vertical dibujado con el exterior para que Benzema ejecutara una volea que lamió el poste -minuto 48-; un pase interior de Marcelo al desmarque dl galés, que alcanzó a centrar con calidad, concluyó en un nuevo remate desaprovechado por Benzema, con todo a favor desde el primer poste. El Madrid transformó su actitud y lucía rutilante superioridad, ambición y claridad en la intención de conectar con posiciones de remate. Tan sólo un lanzamiento de Bakambu constituyó la respuesta local. El cañonazo desde media distancia del punta africano que Navas sacó con dificultad, supuso el oasis en la sobrevenida travesía por el desierto local.




Adoptó el conjunto visitante más velocidad y ritmo en la combinación, esbozando el cariz de la metamorfosis, pero habría de afinar también la decrépita labor de vigilancia, ya que alzó las líneas para atragantar la salida al Villarreal. Un balón vertical de James –omnipresente en el primer capítulo de segundo acto- encontró, en el 52, el desmarque a la espalda de Ronaldo, que no atinó entre palos. Mandaba con claridad el Madrid hasta el monólogo -apoyado en la presión a cancha completa- y, entonces, era turno de lucir capacidad de sufrimiento y orden para los locales. Bale desbordó con potencia al espacio y cruzó su remate para el lucimiento anatómico de Areola, a continuación. El ascenso de revoluciones había descompuesto el calmado transcurrir de los pupilos de Marcelino, que luchaban ahora por achicar agua y otorgaban, por primera vez, oquedades al espacio y en estático. El disparo desde la frontal de Bale a las nubes y el remate al poste en otro desmarque a la espalda ganado por Ronaldo completaron el primer cuarto de hora de reacción hiperbólica madridista.

Quince minutos tardó el club levantino en estirarse con coherencia y respirar a través de una posesión prolongada. Soldado chutó a las manos de Navas una transición que templaba la exigencia de un Madrid que frenó su frenesí y empezó a pagar los desajustes en fase defensiva. Las imprecisiones en la posesión acelerada contaminaron su huída hacia adelante, interrumpieron la inercia del proceso y entregaron agua al sediento submarino. Pero trató de dar continuidad al escorzo ambicioso el sistema de Benítez con Benzema, James y Marcelo como maestros de ceremonias. Un centro del extremo galés rematado arriba por Ronaldo, desde el punto de penalti, selló el ecuador de un segundo tiempo de inercia antagónica al periodo precedente.

Benzema cabeceó fuera un gran centro de Bale desde la derecha pronosticando, quizá, el peaje tenebroso de los primeros 45 minutos de abandono. Perdonó el galo el enésimo episodio de la tormenta madridista a la que el Villarreal quiso responder alzando las líneas, para presionar y mitigar la superioridad en lo táctico del Madrid, sin encontrar rédito ni intermitencia o amaine al despliegue rival. Necesitaba pulmones o cerebros frescos el equipo de Marcelino, para oponer resistencia en el cierre o recuperar la calma en la circulación que representara el antídoto al monopolio visitante. Sin embargo, fue Benítez el primero en mover el ajedrez. Modric -menos puntiagudo de lo habitual- y Casemiro dejaron sus escaños a Isco y Kovacic. Quedaba, pues, sin red de seguridad la versión más entregada a la ofensiva del proyecto madridista, que emergió en plena necesitada urgencia.

Los últimos diez minutos abrieron su incierto devenir con un número de amagues y cambios de dirección que James concluyó con un chut que lamió el poste del batido Areola. Soldado –desfondado tras hacer resbalar las fisuras del repliegue visitante- dejó su lugar a Nahuel, en un intento del técnico asturiano por inyectar brega y desequilibrio, en busca de la sentencia o de la capacidad contemporizadora de una transición peligrosa. El desencajado hombro de Bailly dio entrada a Rukavina y Marcelo completó la relación de lesionados. Jesé entró en escena retrasando la posición de Bale hasta el falso lateral zurdo. Abrazaba la épica el candidato desposeído al tiempo que Bakambu, pesadilla para Pepe y Ramos, rozaba el poste en una contra que confirmó la idoneidad de la elección de Marcelino. El cansancio influyó más en el Madrid -tendente al fango creativo- que en el Villarreal, a pesar de que los segundos jugaron el jueves un partido relevante en la Europa League.

No llegaría a la orilla de los tres puntos el equipo capitalino. Ni siquiera arrancaría las tablas. El renacimiento subsiguiente al paso por vestuarios no obtuvo corroboro en la mojada pólvora de Ronaldo y Benzema. El testarazo muy desviado de Pepe al lanzamiento de córner de Bale -crecido a pierna cambiada y desde la cal en el segundo acto- sirvió de preludio al simbólico desenlace. Ramos, que subió a ocupar el lugar del nueve en el maquilla avance, retratando el desespero visitante, remató muy alejado de la diana en el 93 como colofón. Volvió a hundirse el Madrid, presa de la tozuda inexistencia de química entre algunos adalides ofensivos y su entrenador. La depauperada competitividad madridista sigue sangrando, después de todo, por el mismo frente del pasado curso: la merma de intensidad y compromiso con el colectivo y para con las labores menos relucientes de un tercio de los once titulares. “En la primera parte no sé qué pasa pero no salimos enchufados. Hay que hablar y hay que arreglar porque para ganar tenemos que igualar la intensidad de ellos, jugar con más espíritu de equipo”, declaró el central portugués, voz preclara que no tapa vergüenzas de vestuario. Como tampoco lo hace Modric o Keylor Navas. Benítez resumió su diagnóstico en sala de prensa con un eufemismo ya estandarizado: “Es difícil explicar el pobre arranque del equipo”. El caso es que el Villarreal, con una reluciente exhibición de variantes de juego y eficacia en la ejecución, congela las aspiraciones y crecimiento de un transatlántico con aparente fractura y división entre camarotes. Los cinco puntos de diferencia con Atlético y Barça no son sino la factura tangible de la sistemática escenificación sobre el verde de tal quebranto irresoluto.




Ficha técnica:
Villarreal: Areola, Bailly (Rukavina, m.84), Musacchio, Víctor Ruiz, Jaume Costa, Jonathan dos Santos, Trigueros (Pina, m.90), Bruno Soriano, Dennis Suárez, Soldado (Nahuel, m.83) y Bakambu.
Real Madrid: Keylor Navas, Danilo, Pepe, Sergio Ramos, Marcelo (Jesé, m.89), Modric (Isco, m.78), Casemiro (Kovacic, n.78), James, Bale, Benzema y Cristiano Ronaldo.
Gol: 1-0, m.9: Soldado.
Árbitro: Undiano Mallenco. Amonestó por el Villarreal a Bailly y Denis Suárez y por el Real a Madrid a Marcelo y Sergio Ramos.
Incidencias: 21.000 espectadores asistieron al partido correspondiente a la decimoquinta jornada de Liga, disputado en El Madrigal.

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