www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÓNICA DE AMÉRICA

Cristina Fernández y el liderazgo peronista

martes 15 de diciembre de 2015, 12:33h
Cristina Fernández y el liderazgo peronista
Ambición de poder y futuro amenazante para la expresidenta argentina.
Lo declaró con rotundidad el nuevo presidente electo de Argentina, incluso antes de su toma de posesión: “En mi gobierno no habrá impunidad para nadie”. Algo que ha reiterado de nuevo, ya instalado en la Casa Rosada, durante una entrevista con la diputada Margarita Stolbier, a quien le aseguró que nunca interferiría ante la Justicia para frenar las investigaciones en curso sobre los funcionarios de la era kirchnerista y sobre la propia expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, bajo sospecha en innumerables casos de corrupción. Así lo transmitió Stolbier: “El presidente me dijo que estaba comprometido en la pelea contra la corrupción. Y que no iba a amparar a nadie, ni para atrás, ni para adelante.” Ese “ni para atrás” presupone manos libres para que los Tribunales investiguen sin tratas las causas por corrupción en las que está involucrada la anterior mandataria de la República y todo su entorno.

Este es uno de los factores que explican el traumático traspaso de poderes vivido en la Casa Rosada tras la derrota del Frente para la Victoria kirchnerista y la extravagante obstrucción de Cristina Fernández a la toma de posesión de Mauricio Macri. Su excentricidad ha quedado para muchos solo como un síntoma del orgullo herido pasajero de alguien que debía desalojar un poder largamente disfrutado. Fuentes informativas tan solventes como el portal de la BBC, llegaron a ironizar sobre el incidente presentándolo de una manera similar a las querellas sentimentales en las canciones del dúo Pimpinela como si de un conflicto de egos se tratase. Esa escenificación de una confrontación intransigente posee, sin embargo, un calado político de mucha más envergadura. Estamos, en realidad, ante el primer paso de la estrategia de resistencia de Cristina Fernández ante su horizonte penal y el sostenimiento del populismo que la ha protegido a ella y a toda su organización política hasta el día de hoy.

Es cierto que la esperpéntica manipulación tramada por Fernández de Kirchner para boicotear la toma de posesión de Macri, con todos sus episodios de vodevil, encaja bien con la singular personalidad de la presidenta saliente. A fin de cuentas, los desplantes, la arrogancia y el desprecio sectario hacia sus antagonistas políticos son una impronta que ha definido toda la etapa kirchnerista, acentuada en los años de declive del Frente para la Victoria. Una gran rabieta, tras el disgusto por la derrota electoral, concuerda sin duda con el carácter y estilo de la dirigente que debía dejar la Casa Rosada. Pero sin desdeñar estas imprevisibles respuestas afectivas, había además un cálculo político fríamente medido, con vistas a salvarse ante un incierto futuro y mantener a flote el entramado que le es fiel hasta el 2019, fecha de los siguientes comicios presidenciales.

El pulso dio comienzo cuando Mauricio Macri reaccionó contra la encerrona diseñada por la mandataria en la ceremonia de traspaso de los símbolos del poder de la República. El propósito era romper con la tradición y obligar a Macri a recibirlos en el Congreso, con las tribunas repletas de fanatizados seguidores del Frente para la Victoria que abucheasen al nuevo presidente, mientras ensalzaban a Cristina Fernández en una salida triunfal de su cargo. Convertir el Congreso en una barra brava futbolística no entra dentro de las prácticas políticas aceptables. Mauricio Macri no transigió con esa burda emboscada y exigió que el acto se celebrara, como marca la tradición, en la sede de la presidencia. Fernández de Kirchner se negaba a desmontar el espectáculo que había previsto y tuvo que ser un dictamen judicial el que decretase la hora exacta en la que perdía sus competencias presidenciales. Nada de esto frenó sus cálculos. La noche anterior a abandonar la Casa Rosada organizó una gran concentración peronista donde sacó adelante sus propósitos a través de una vía improvisada pero no menos efectiva.

La concentración tuvo un primer objetivo general, que Cristina Fernández tratará de prolongar lo máximo posible en el tiempo: alentar el frentismo pese a la derrota y, de paso, acaudillar esa confrontación sectaria. Es notorio que el proyecto del nuevo presidente Mauricio Macri comienza con el empeño de rebajar el enfrentamiento sectario alentado durante la última década desde el poder y acercar posturas con otras organizaciones políticas con el fin de llegar a acuerdos de Estado, algo que pide a gritos la actual situación argentina.

Pero desactivar el frentismo resulta letal para cualquier populismo, y para el populismo peronista de los Kirchner más en concreto, que requieren para sobrevivir fabricar un enemigo repleto de condiciones malignas que permita agrupar sin fisuras a la masa en torno al líder. La caracterización de Macri como un empresario supuestamente sin alma, guiado solo por un frío cálculo de beneficios, le ha hecho posible al kirchnerismo adscribirlo al capitalismo, el neoliberalismo y los intereses imperialistas de una sola tacada. Ahí fabuló un adversario demonizado contra el cual dirigir a una masa fanatizada.

Junta esta finalidad, un segundo objetivo a largo plazo de la concentración orquestada por Fernández de Kirchner consistió en seguir desacreditando a las instituciones de Justicia. El propio dictamen de la juez que decretó la hora en que expiraba su mandato, se ha utilizado con ese fin manipulándolo y presentándolo como una supuesta maniobra de destitución. Es un eslabón más para continuar con el desprestigio de los Tribunales de Justicia, a los que bautizó tras el presunto asesinato del fiscal Alberto Nisman como el “partido judicial”.

Precisamente neutralizar al aparato judicial ha sido una misión prioritaria durante su mandato, y se convierte ahora en vital al quedarse fuera del poder. Desde la presidencia, la política populista de Cristina Fernández se ha caracterizado por degradar a las instituciones republicanas con el fin de reforzar el mando directo de una presidenta que ha aspirado a detentar un poder caudillista. Politizar los Tribunales, sembrarlos de adeptos al Frente para la Victoria y denigrar a los que no se doblegasen ha sido la pauta seguida hasta este instante. A partir de ahora, las irregularidades de sus hoteles, su sospechoso enriquecimiento y la utilización de paraísos fiscales, así como el presunto crimen del fiscal Nisman y la turbia trama de negocios mafiosos con Irán que se dibuja tras ese vidrioso episodio, podrían alcanzar a Cristina Fernández antes o después.

No es difícil, así, percibir una estrategia de defensa basada en envolverse en la bandera peronista y emplear a la masa social que la ha sostenido hasta ahora como escudo humano que ralentice, o en su caso paralice, las investigaciones. En la concentración donde se despidió de su mandato, dejó clara esta línea de defensa cuando vino a mantener: “Todos los argentinos estamos un poco en libertad condicional en estos momentos.”

La firme y declarada intención de Mauricio Macri de que no haya impunidad para nadie es la principal amenaza para impedir que sea Cristina Fernández la que lidere al peronismo atizando un frontal desgaste con la nueva presidencia que acaba de inaugurarse. Fernández de Kirchner no ha ocultado esta ambición. En su alocución del adiós a la presidencia ya remarcó: “La tarea sigue. El lugar natural de un militante no tiene que ser el gobierno, el lugar natural de un militante siempre es junto al pueblo, junto a la gente. El trabajo continúa con más fuerza que nunca.” Pocos días antes había sentenciado: “No me voy a ir, tranquilos, siempre voy a estar con ustedes”.

Tras esa avidez de liderar una bronca oposición del peronismo al nuevo mandatario argentino reside el sueño de Cristina Fernández de presentarse a la reelección presidencial en 2019, al estilo de Michelle Bachelet en Chile. Obviamente, si sus correligionarios peronistas y los Tribunales de Justicia se lo permitiesen.