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IMPRESIONANTE CAREY MULLIGAN

Sufragistas: el cine como documento histórico necesario

viernes 18 de diciembre de 2015, 10:34h
Drama histórico escrito por Abi Morgan y dirigido por Sarah Gavron sobre el movimiento por el voto femenino en Gran Bretaña. Carey Mulligan hace un trabajo soberbio, apoyada por Helena Bonham Carter y Meryl Streep, en una película que apela a la justicia histórica y a la relectura desde el presente.
Sufragistas: el cine como documento histórico necesario
Margaret Tatcher llegó a ser primera ministra del Reino Unido en 1979. Sólo cincuenta años antes de convertirse en la primera, y única hasta la fecha, mujer en llegar a liderar el Gobierno de Gran Bretaña, no hubiera siquiera podido votar. La dama de hierro tenía tres años cuando se aprobó en su país el sufragio femenino sin restricciones, igualándolo al masculino –diez años antes, en 1918, se permitió votar a las mujeres casadas mayores de 30 años. La igualdad en las urnas en todo el mundo fue el fruto de más de un siglo de lucha social, uno de los movimientos populares más relevantes del siglo XX, que logró terminar con la situación, normalizada entonces, de que la mitad de la población no decidiera sobre su vida, y que no ha tenido una representación significativa en la gran pantalla. La cineasta Sarah Gavron (Brick Lane) y la guionista Abi Morgan (Shame, La dama de hierro) han venido a llenar ese vacío incomprensible con Sufragistas, y lo han hecho con la ayuda de una inmensa, brillante, única Carey Mulligan, nada mal arropada por Helena Bonham Carter y Meryl Streep.

En Sufragistas se mira al movimiento por el voto femenino que la activista Emmeline Pankhurst radicalizó en Gran Bretaña al grito de ‘Hechos, no palabras’, tras décadas de reivindicación pacífica poco a nada fructífera. Además del contexto histórico a través de la narración de actos reales de esta rama del sufragismo británico –rotura de escaparates, reuniones clandestinas, pancartas en actos públicos o detonaciones en buzones y casas ministeriales vacías-, la cinta se centra en el proceso de toma de conciencia política e ideológica del personaje de Mulligan. Ella es Maud, una lavandera, esposa y madre, felizmente conformada con su vida, hasta que contacta con un grupo de sufragistas y empiezan las preguntas: ¿por qué cobro un tercio del sueldo de un hombre si el trabajo es el mismo o, incluso, más duro?; ¿por qué tengo que consentir un acoso laboral que es un secreto a voces?; ¿y si en lugar de un hijo tuviera una hija?, ¿le esperaría la misma vida que a mí? El proceso interno de la protagonista, que pasa por el miedo, por la culpa, el arrepentimiento y la reafirmación más concienzuda, está dibujado de forma brillante en la cinta. Y Mulligan hace un trabajo más que sobresaliente, capaz de emocionar, de contagiar al espectador del espíritu de lucha, de la esperanza de un cambio, con apenas una mirada, un gesto.

Junto de Mulligan, Helena Boham Carter entona a la perfección el papel de cabecilla convencida, fuerte y líder nata de Edith Garrud. Y Meryl Streep participa como Pankhurst en una única pero crucial escena, una de las pocas que consigue apelar a la emoción y la pasión. Y es que los dos puntos más fuertes de sufragistas terminan repercutiendo, paradójicamente, en sus dos debilidades. La primera es la enjundia de la propia realidad que retrata, tan importante, tan necesaria, tan exigente y seria, que acusa a la cinta de un excesivo documentalismo. Las tramas personales, el dramatismo y el ficcionado se arrinconan demasiado, probablemente por la voluntad de abordar el asunto desde el respeto y la rigurosidad. Ahí están las cargas policiales, las humillaciones físicas y, sobre todo, verbales, la alimentación forzosa para combatir las huelgas de hambre de las encarceladas… Está todo, aunque a veces propuesto desde un enfoque casi documental, alejándose a ratos del drama histórico potente y descomunal que la película estaba llamada a ser. En segundo lugar, Carey Mulligan hace un trabajo de tal magnitud que fagocita las tramas secundarias, echándose de menos en algún punto.

La fotografía dura, gris y seca del barcelonés Eduard Grau enfatiza la entidad y la sobriedad que quiere transmitir la película y la realización anima el relato con una cámara ágil.

A pesar de un leve sensación de que Sufragistas podría haber sido una película mejor, lo cierto es que es una película solvente y, por encima de todo, oportuna y necesaria. Porque abre una ventana a un pasado cercano que conviene no olvidar. Primero, porque no hace tanto que las democracias occidentales eran sociedades abiertamente patriarcales, y cincuenta años no son suficientes para borrar totalmente las huellas de lo que estuvo instaurado como la normalidad durante siglos. “No las detengas, déjalas en casa y que se encarguen sus maridos”, dice en un momento de la cinta un policía. Cuando la sociedad está construida de determinada manera –casi siempre en el esquema, beneficioso para unos pocos, de “unos” contra “otros”, sean quienes sean- ni siquiera hace falta que intervengan los poderes: ella sola se regula, se corrige y se encarga de aislar y dar la espalda al ‘descarriado’. Por eso, los cambios pueden partir de un grupo, pero necesitan el apoyo de todos.

Por otro lado, al cinta revisita un pasado que aún es presente en muchos rincones del mundo, donde las mujeres no tienen siquiera el estatus de ciudadanas, no deciden sobre su vida pública ni privada, no pueden elegir a sus representantes ni representar a otros.

El final de Sufragistas, con imágenes documentales y algunas fechas –algunas ciertamente sorprendentes- sobre el sufragio femenino, equilibra la balanza hacia el lado positivo y minimiza sus flaquezas. El suyo es un mensaje de esperanza. Oportuno y necesario.
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