El 2016 abría fuego este sábado con el verdadero aterrizaje del campeón del mundial de Clubes a la exigencia que supone aposentarse en la excelencia. Afrontaba el Barça la fiscalización exhaustiva del pulso competitivo de los suyos ante el enemigo íntimo de la ciudad condal, una sombra pegajosa hambrienta de recuperar la senda de la ambición por la vía del cambio de entrenador. Habría de equilibrara el balance del ritmo el gigante para recuperar esquemas de imposición del estilo y afianzar un liderato que ya figuró relativizado tras el empate que arrancó el Deportivo en el Camp Nou antes de sobrevolar los cielos en busca del cetro acogido por el territorio japonés.
Constantin Galca representa el paradigma del mediocentro tan ordenado como buen gestor del cuero en extinción. El rumano, recuperado para la institución espanyolista en busca de un giro de la trayectoria que relance la fructificación del ascenso a plazas de acceso a competiciones continentales, elaboró en su primer examen contundente una apuesta extrapolable a su modo de concebir el juego. Tensión, manejo del balón con vocación ofensiva y equilibrio colectivo. Configuró un centro del campo poblado de piezas con gusto por el vértigo a la contra. Asensio, Hernán Pérez y Burgui completaban el cierre de Jordán y Diop, que sustituían a dos piezas nucleares –Víctor Sánchez y Cañas- para sistematizar las ayudas que embarraran la circulación culé y crear agujeros a la espalda visitante. Los laterales, Javi López y Víctor Álvarez, marcarían con su altura el grado de ambición local. El nuevo influjo monetario chino asistía, ilusionado, ante el imponente primer capítulo de su patrocinio.
Luis Enrique, que decretó rotaciones en el envite antecedente, no escatimó en nombres para esta empresa. Sabedor de lo indigesto del ritmo al que se tratan de conducir por sistema los partidos en Cornellá, compuso el once de gala, sin rebates. Rakitic e Iniesta abrigarían a Busquets y el tridente lucía rutilante como punta de lanza e inicio de la presión. Mascherano y Piqué emergerían como vigilantes de las transiciones oponentes y la pelota debía volar para llevarse algo a la boca con celeridad y anestesiar el presumible brío perico. El refresco de la responsabilidad sin pelota y la precisión en la circulación autografiaban un guión de juego que volvería a interpretar el duelo como un intento por desplegar las aptitudes propias y mermar al extremo las ajenas. Sin duda, en este partido y con la mencionada alineación predilecta, el Barça afrontaba con todo la ganancia de tres puntos que propulsarían su candidatura. El compromiso volvía a resultar capital de vuelta a la rutina.

Desplegó con prontitud el partido su aroma a derbi, cada vez más matizado por la distancia presupuestaria entre ambas instituciones. El paisaje, de reducción de espacios, presión simétrica con diferente altura pero similar intensidad, confluyó en un primer acto gobernado por el desenfreno de la lucha por cada pulgada. De la batalla por imponerse en la guerra de guerrillas. Un escenario que supo filtrar en el radar de actuación blaugrana el conjunto perico. Con el balón saltando cual liebre por la hierba, las circulaciones de ambas escuadras abrazaron el fango de la red de ayudas que maniató las intenciones mutuas.
Así, ni el Barça conseguía prolongar minutos de continuidad a sus posesiones, que resultaran horizontales o verticales, ni el Espanyol trazaba transiciones puntiagudas que inquietaran a Claudio Bravo. El resultado, en términos globales, fue un brochazo de compresión, de pliegue y encierro en sí mismo de un enfrentamiento con escasa producción ofensiva. La escasez de llegadas visitantes, una fase del juego tan florida en este tramo excelso de temporada azulgrana, se cimentó en el afán de los de Galca por aunar las voluntades de todas las líneas en pos del esfuerzo por la cosecha colectiva. Caicedo y Asensio arrancaban un cierre que Hernán Pérez y Burgui cauterizaban por las bandas, amortiguando el intento de superioridad barcelonesa con el ascenso de Alba y Alves a la medular. El rigor en el alimento del equilibrio en el achique convirtió también en territorio cancelado el avance entre líneas. Bajo este pentagrama, el Barça no dominó, en ningún caso, el tempo acelerado de los primeros 25 minutos.
Leo Messi transitaba en el rol de organizador, cerca de la galleta central, susurrando a Iniesta conexiones centradas y atisbando los tradicionales desmarques de ruptura de los laterales a la espalda del achique local. Sin embargo, el argentino no lucía la clarividencia ni celeridad asociativa habituales, y su sistema adolecía de la coherencia de fluidez necesaria en la circulación. Neymar, acosado y cosido desde el punto de vista anatómico, quedó inutilizado por el brío de sus parejas de baile. Busquets y Jordán y Diop ejecutaban sus atribuciones con notable eficacia y los pasillos de ataque de ambos púgiles se trompicaron de manera relevante. La pelota intercambiaba imprecisiones en su transcurso sin pausa, concierto ni profundidad. La táctica maniataba a todo lo demás.
Quiso el dibujo de Luis Enrique recuperar su control del devenir del juego a través de la horizontalidad de la posesión. No le interesaba proseguir en la deriva de incertidumbre y vaivenes descontextualizados que marcaba de forma natural el duelo. Caicedo no remató por poco un despeje deficiente de Bravo a la salida de un córner cerrado espanyolista. Piqué salvó la situación bajo palos en el 24 y reaccionó, en consecuencia, el líder de campeonato. El último de cuarto de hora viró la fórmula hacia el monopolio templado blaugrana del esférico. Asensio, Hernán Pérez y Caicedo habían degustado cierto protagonismo al galope de las infructuosas contras locales y los pupilos del Lucho respondían atendiéndose a la ortodoxia de su libreto. La pelota volvió a su callejón pronosticado y el candado de pulsión competitiva pareció abrirse por la vía de la calidad coral. Fruto de este cambio de paradigma se esclarecieron las primeras oquedades en el esquema de Galca. El escorzo del cuarto de hora previo al intermedio alzó el telón a balón parado: Messi lanzó a la cruceta una rosca impecable como ejecución de una falta frontal de media distancia. El golpeo, que heló la reacción de Pau y el respiro de Cornellá, anunció el respingo blaugrana en el 36.

Pero no se conduciría esta transformación del campeón del mundo a la multiplicación de opciones de remate. El buen hacer defensivo local, excepcional en su carácter colectivo y de trabajo táctico, se sumó a la falta de verticalidad y velocidad combinativas de un Barça que quedó constreñido a la delicada improvisación de Messi e Iniesta. Reaccionó al planteamiento de Luis Enrique el Espanyol ascendiendo el nivel de agresividad y desplegando una marejada de interrupciones, que sacaron definitivamente de escena a Neymar y Suárez, y limitaron la gestación de peligro visitante a la doble situación final con Iniesta como elemento protagónico. La Pulga le ofreció en el 43 un mano a mano que sólo la aparición fulgurante de Javi López taponó la apertura de la lata. En el saque de esquina posterior, el manchego enviaba a las nubes un balón idóneo desde la frontal. Había arribado a la orilla del descanso el bloque perico en base a la solidaridad de esfuerzos y la convicción en sus propias posibilidades. No despertó del todo un Barcelona que relativizó su hoja de ruta para perderse en la ajena. Los guarismos mostraron la efectividad de la directriz del decimotercer clasificado: una pírrica producción de remates de uno a tres a favor del favorito, más del 70% de posesión y una definidora relación de 14 a cinco faltas. Necesitaba una vuelta de tuerca el intermitente desempeño del coloso.
Y elevó los vatios el Barça y la vehemencia en la entrada asociativa por el centro en la reanudación. Igualó la intensidad de su contrincante, condición sine qua non, y obtuvo con precocidad réditos de desequilibrio. Suárez encontró un mano a mano y la zaga local sacó, de milagro, el remate a la red cómodo de Rakitic e Iniesta chutó a la red una acción de dos contra uno con el portero anulada por fuera de juego. Messi chutó entre palos en el 50 completando una deflagración de aceleración venenosa que obligaba al Espanyol a mostrar su capacidad de sufrimiento y lectura de la tesitura. Debía sacudirse el encierro evidenciando su vertiente peligrosa el azaroso combinado local, para que el Barça matizara su salida en tormenta ofensiva. Y lo consiguió de inmediato a través de un slalom de Hernán Pérez que desarboló la cobertura de Alba, Busquets y Mascherano para disparar desviado desde la frontal. Pero el duelo había mutado su aspecto y Suárez rozó la apertura del marcador en el 54: bajó con seda en la bota un centro aéreo y frontal de Rakitic, dribló a Álvaro y a Pau pero culmina su soberbia acción con estrellando el sencillo remate en la madera.
No se percibía ni rastro de la estela del primer acto. El ritmo se disparaba, entonces, bajo las condiciones de un Barcelona más concentrado en la faena de incómodo contexto y el Espanyol sollozaba por verse encerrado sin opción de argumentar en la discusión. Avanzaba minutos el partido con la tendencia describiendo un intervalo monopolístico visitante. Neymar desbordó a dos, deshaciendo de un plumazo la superioridad defensiva en transición, y Messi chutó al centro para la detención de Pau. Obvió el argentino la posición asilada de Rakitic en el 64 en el cenit del dominio previsto. Sin embargo, los pupilos de Galca batallaron con fe por subrayar su pelaje escurridizo y hasta escapista, y terminó por negar al Barça la inercia que trató de imponer, soltando piezas para armar contraataques que desconectaron la voluntad dominadora culé pasada la ráfaga de los 20 minutos iniciales. No obstante, Gerard Moreno entró por Burgui -irrelevante con el cuero- y viró su esquema hacia un 4-4-2 que buscaba reforzar la ocupación de espacios y refrescar a su ilustre contendiente el riesgo de aflojar la concentración en la vigilancia.
Rakitic –que asomó en el segundo acto pero no se zafó de la intrascendencia de su rol- dejó el lugar al músculo y oxígeno de Sergi Roberto, en plena influencia del cansancio local. Luis Enrique leyó la necesidad de poblar de revoluciones físicas su medular ante los primeros atisbos de contragolpes profundos locales. En el entretanto de los movimientos tácticos sobrevino la tijera de terciopelo cruzada de Neymar, a centro de Alba, que atajó Pau, en el minuto 75. El brasileño ganó foco e intentó echarse el equipo a la espalda en fase ofensiva, delineando dos exhibiciones de clase y pericia en el baile con los marcadores en vuelo que no conectaron con una resolución digna. Pero no significaría este recurso individual más que cierto colapso coral blaugrana. El último cuarto hora proclamaba la vigencia de la épica anatómica local y la contaminación por prisa visitante.
Sin más sustituciones que Abraham por un Jordán desfondado, en el afiance de la dinámica de aviso ofensivo, el epílogo de este derbi de desbordante intensidad asistió tan sólo a la concreción de Messi en libre directo. El argentino no encontró la escuadra en un lanzamiento de falta frontal desde media distancia por poco, en el 88. Un disparo que resultó la excepción en el enmarañamiento del desenlace. La multiplicación de trabas, faltas e imprecisiones destacó la preeminencia de la inesperada igualdad, dadas las circunstancias. La posesión visitante resultó fútil sin el cultivo de situaciones de remate y los contragolpes comandados por Marco Asensio locales hicieron lo propio, desprovistos del atino, fuelle y finura suficientes para concretar las transiciones que dañaron a un Barça entregado a la ofensiva. Mordió hasta el descuento un Espanyol que, pese al tropiezo previo, parece resurgir en cohesión con el cambio de entrenador. Por el contrario, la obra de Luis Enrique comprueba lo complicado de la manutención del hambre competitiva, si bien su diagnóstico quedó reflejado en la sala de prensa: "Es siempre difícil superar a un equipo que juega al límite. Era el partido que esperábamos que hiciera el Espanyol. Lo han hecho muy bien, han presionado con la intensidad que esperábamos. Hemos tenido un muy buen inicio en la segunda parte, pero en esos días que cuesta tanto, es vital transformar una de las ocasiones". La asimétrica intensidad condicionó el rendimiento del campeón del mundo. No bastó el arranque de segundo acto para doblegar el laboratorio del técnico rumano y el liderato queda en suspense ante el primer resbalón de 2016, acontecido a dos de enero. Arda y Aleix Vidal esperan turno ante el necesitado bagaje de un vestuario que sólo ofreció una variable de refresco este sábado. Traspié del vigente ganador de todo que parecería interpretarse como un aviso, a sabiendas de disponer de un partido para recuperar el vuelo.
Ficha técnica:
Espanyol: Pau; Javi López, Álvaro, Roco, Víctor Alvarez; Diop, Joan Jordan (Abraham, m.79), Burgui (Gerard Moreno, m.59), Hernán Pérez; Caicedo y Marco Asensio.
Barcelona: Bravo; Alves, Piqué, Mascherano, Alba; Busquets, Iniesta, Rakitic (Sergi Roberto, m.71); Messi, Luis Suárez y Neymar Jr.
Árbitro: José Luis González González. Amonestó a Alvaro (m.22), Mascherano (m.22), Javi López (m.31), Jordan (m.42), Víctor Alvarez (m.61), Neymar (m.86), Diop (m.89) y a Piqué, una vez finalizado el partido.
Incidencias: 28.975 espectadores asistieron al partido correspondiente a la decimoctava jornada de Liga, disputado en el estadio RCDE Stadium.