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EN LA MUERTE DE ÁLVARO DELGADO

martes 05 de enero de 2016, 12:53h
Álvaro Delgado ha sido uno de los nombres grandes de la pintura española del siglo XX, la de Picasso, Gris, Miró, Tàpies...

Álvaro Delgado ha sido uno de los nombres grandes de la pintura española del siglo XX, la de Picasso, Gris, Miró, Tàpies, Sert, Dalí, Sorolla… Desde una feroz independencia, liberado de los dictadores del arte que en muchas ocasiones son los críticos y los galeristas, Álvaro Delgado, al margen de los circuitos políticos, ha levantado una obra asombrosa por su intensidad y su calidad. La fuerza del color abstracto y la fabulación onírica definen su personalidad plástica y robustecen sus paisajes rurales y, sobre todo, sus caricaturas del alma. Muchos de sus cuadros son prodigiosos. Hay hervor germinal en sus personajes abrasados, carne trabajada por el gemido, saliva con yodo y sabor de alheña, panes ázimos en los ojos extraviados, temblor de la melancolía, pinceles empapados de firmeza y profundidad. Ungido estuvo Álvaro Delgado por la serpiente surrealista de Federico García Lorca, portadora de grillos y de umbría.

Hombre de la esquina rosada, siempre en busca de la vasta y vaga y necesaria muerte, Jorge Luis Borges al fondo, tropezó su paleta con “la hermosa desnudez de la imagen de Dios”, en el verso de Dámaso, para despejar la incógnita del hombre. En los retratos de su última exposición, entregó al espectador el alma de Pablo Picasso, de Mao Tse-tung, de Stalin, de Fidel Castro, de Osama Ben Laden… Y de un Stephen Hawking, que es el fulgor de la belleza atónita y la expresión del pensamiento profundo. Solo ese cuadro situaría a Álvaro Delgado entre los grandes del siglo XX.

“¿Por qué cantan los pájaros?, se pregunta Tomás Paredes. ¿Por qué cantan los hombres? Hay tratados sobre lo uno y sobre lo otro, pero el misterio continúa. Quién canta, o pinta, o cuenta, lo hace para dar testimonio de sí, buscando contestar preguntas y deseos recónditos, que muchas veces permanecen en la nebulosa de lo incierto… Es posible entender que Álvaro Delgado pintaba para buscar a Dios. No sé si se puede buscar a Dios en la carne y en las pasiones terrenas, existenciales. En todo caso es una de las sugerencias de la polisemia del arte y por tanto de estas pinturas. ¿Cómo casar el agnosticismo y la pasión por encontrar a Dios?”

Posé para Álvaro Delgado largas horas en dos ocasiones. Me hizo un retrato siendo yo joven que expuso en una gran muestra en el Círculo de Bellas Artes. Años después volvió a llevarme al lienzo en un soberbio retrato de madurez. A lo largo de sesenta años mantuve con Álvaro Delgado inacabables conversaciones sobre arte y cultura, sobre la vida y la muerte, sobre la existencia y la extinción. Conservo los retratos que me hizo con la admiración que siempre me suscitó su obra. Obra que se mantuvo poderosa a través del tiempo.

Y al final, el trazo incandescente de Eros y Thanatos. Situado ya por encima del bien y del mal, el pintor puso un espejo astillado ante la vida que se le iba. Era un prodigio de sabiduría. Era la cumbre de la serenidad. Antonio Gamoneda escribió “yo siento en ti grandes heridas y te desnudas en mi puerta”, como si se recreara en los colores desolados y agresivos de Álvaro Delgado. He explicado alguna vez que el pintor podría haber replicado, acariciando la piel de sus ledas, con las palabras del poeta: “Como una miel oscura, yo te siento en mis labios al ir hacia la muerte”.