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TRIBUNA

El uso del Don: rendición incondicional

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 08 de enero de 2016, 20:19h

Algún amable lector quizás recuerde que ha pocas semanas atrás el cronista daba a la luz en este mismo periódico un artículo sobre el cada vez más desusado empleo del usted en las relaciones sociales, en el trato diario. Uno y otro vocablo corren, de ordinario, la misma suerte. El uso de ambos es a menudo paralelo y vienen a ser vasos comunicantes.

De tal modo que si el empleo del pronombre se halla casi desterrado ya del lenguaje cuotidiano, el del otro término semeja estar destinado a la misma fortuna. En efecto, cara al abusivo uso del “don” en épocas pasadas –muy pasadas…-, hoy reviste formas imparablemente más añosas y anticuadas. Al igual que en el repudio del “usted” un oscuro y muy robusto instinto igualitario late en dicha reluctancia. En España –y también, y de manera creciente en una gran número de los países de su entorno- el talante democrático se identifica con el abatimiento o desaparición de las barreras lingüísticas que antaño protegían la privacidad. La igualdad, meta perseguida afanosamente por las sociedades actuales, no ha llegado por el momento a otras metas que el lenguaje. Sus costes, empero, para la preciada e insustituible intimidad han sido muy altos. Cada persona posee ab origine el derecho inalienable de graduar afectos y sentimientos, encauzando la convivencia con sus semejantes de acuerdo con su particular e intangible escala de valores, acuñada, claro está, en contextos culturales con siglos de vigencia, pero no por ello sustraída, en muchas facetas, a las opciones y preferencia individuales. En el vivir colectivo cada sujeto ha de tener la capacidad de acomodar su relación con los demás conforme a criterios propios, siempre, obvio es, que no dañen ni pongan en grave peligro los ajenos. En especial ello ocurre, en nuestro irrefrenablemente cada día más uniforme planeta, en el campo del diálogo y contacto con clientes, compañeros, socios o, simplemente, en el demandante u oferente de los más variados servicios que configuran la existencia social. En cualquier dimensión o momento de esta, el ciudadano no puede estar privado de la versión gramatical de su intimidad.

Las sorpresas y hasta las paradojas en dicho ámbito resultan incontables. Así, el gigantesco pensador que fuera E. D’Ors, lúcido crítico de la muy escasa capacidad del español para la amistad, quería morir en brazos de un “amigo que le hablara de Vd.”… Y una gran parte de la obra más excelente salida de la Universidad contemporánea española se llevó a cabo en laboratorios y seminarios en que el uso del ”usted ” era casi exclusivo y el “don” se oía con frecuencia. D. Juan Negrín, D. Julián Besterio, D. José Ortega y Gasset, D. Ramón Menéndez Pidal, D. Federico de Castro, D. Emilio García Gómez, D. Blas Cabrera, D. Ángel Rojo, D. Diego Angulo, D. E. Fuentes Quintana, D. Alfonso García Gallo, D. Alberto Duperier, D. Ramón Carande… fueron admirados por un enjambre de personalidades docentes y científicas de las últimas añadas que no conocieron en el trato con sus maestros en aulas y departamentos otro pronombre que el “usted”. Y otra titulación que la de “don”.

Como lejano eco del tiempo viejo, en las instituciones en que sigue presente la huella de dicha Alma Mater, todavía es posible, de modo siquiera espaciado, detectar el uso de expresiones lingüísticas ligadas a usos y costumbres que no han de ser demonizados por elitistas o clasistas. Eran tan sólo la expresión de una afección o un respeto tributados a quienes, por sus obras y servicios a la comunidad, así lo merecían… En manera alguna en este como en cualquier otro terreno de la vida social hacía referencia a situaciones de dominio o insufrible superioridad. Aunque su origen databa del latín –dominus-, su uso proviene del Alma Mater medieval, cuando a los investidos con el máximo galardón científico –el doctorado- se les reconocía el dominio en el conocimiento de alguna disciplina universitaria.

Así, pues, las campañas bien intencionadas sobre la igualdad entre los ciudadanos españoles merecen centrarse en otras metas que en abolición airada de fórmulas lingüísticas atañentes al reconocimiento público y generalizado de la cualificación académica y científica.

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