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SANTIAGO CASTELO POEMAS DE LA CONSUMACIÓN

sábado 09 de enero de 2016, 17:44h
Santiago Castelo fue un poeta extraordinario y un hombre especialmente querido en la república...

Santiago Castelo fue un poeta extraordinario y un hombre especialmente querido en la república de las letras. Su muerte produjo general consternación. La Sentencia, libro póstumo del autor, acaba de publicarse. En El Cultural, la revista de referencia en el mundo de la cultura en España, Luis María Anson publicó un artículo que ha tenido destacada resonancia en las redes sociales y en las tertulias literarias. Lo reproducimos a continuación

-“Su cáncer ha hecho metástasis y, profundamente conmocionado, me siento en el deber de comunicarle que le quedan pocas semanas de vida”- le dijo el médico.

Y Santiago Castelo, compañero del alma, compañero, tomó la pluma y comenzó a escribir los versos de la consumación, Aleixandre al fondo: “Sonó la palabra. Seca y pro-funda como un disparo. Y todo se volvió blanco”. Las rodillas se le quedaron sin nervios, las manos desmayadas y en la memoria toda la vida cruzó en un instante. Así abre Santiago Castelo su libro La sentencia en el que desgrana en turbadores versos los últimos días de su vida.

Cuenta el poeta las estrellas que pesan sobre su soledad. Se estremece ante las lágrimas furtivas. Reclama el dolor de la cal y las palabras. Corta la luz del grito con el puñal afilado sobre el pedernal de su penúltimo verso. Al olor de la música, escribe la metáfora yacente que derrama la tristeza de las torres de la vida, desmoronadas ya entre sus dedos. Despeina el poeta las aguas del lago y acaricia las arrugas de su paisaje extremeño, la piel tersa de su Cuba inolvidada.

No cree Santiago Castelo, como su admirado Manuel Halcón, que la muerte sea el silencio de Dios y por eso arrodilla sus versos ante las flores del bien, ante la simiente de los surcos perdidos. Le invade entonces “una melancolía helada de puro cristalina”. Se alza fugazmente la voz de la esperanza entre las ruinas de su inteligencia, buscando un mañana distinto. Se detiene el poeta en las huellas fugitivas del recuerdo: “Valió toda la luz del mundo la unión de aquellas manos en un sábado mágico de junio con tormenta”. Vapuleado por la quimio, escribe: “Ahora solo soy un calvo soñando la primavera”. Le puede el oficio de tantos años: “Siempre anduve a la búsqueda de la palabra exacta”. Se estremece al contemplarse: “Veo mis manos. ¿Pero estás son mis manos?” Bordea a veces los filos del escepticismo: “Somos un romance sin nombre, una apuesta de vida y de mañana”, “un suspiro que no quiere perderse”.

El cáncer le transforma la vida. “Se acabaron las citas, las agendas. De pronto nada sirve de un día para otro. Ni tú mismo mandas. Es tu propio organismo, tu luz y tu ceguera”. Siente nostalgia el poeta por su “lluvia de estrellas” y se enfrenta a la espada expectante, degolladora cruel de la risa. Se sumerge, a veces, en la poesía metafísica: “Vivir muere en nosotros tan deprisa que la luz de un segundo se convierte en una eternidad soñada y no vivida”. Lee en voz alta las palabras de Cervantes sobre la muerte “que a todas horas siega y corta así la seca como la verde yerba”. A veces el abrazo de un amigo le devuelve la esperanza. No la había perdido, no, cuando le visité pocas horas antes de morir en su lecho de enfermo terminal, la inteligencia clara, la memoria exacta, el juicio encendido.

“¡Qué lejos queda todo! ¡Qué lejos quedo yo! Soledad de mis ojos sin rumbo. Soledad del dolor”. Crecen en intensidad sus poemas de la consumación. “Por encinas y olivares irá vagando mi alma y al atardecer en calma de la clara primavera oiréis mi nombre en la era y en el rumor de la palma”. Se recrea Santiago Castelo a veces en los sueños. Es ya el delirio onírico: “Tornas a ser feliz y crees que has despertado. Pero, inútil, tu sueño es tu ceguera y la amarga realidad es la que espera cuando abras los ojos”. A veces el paisaje, entrevisto desde la ventana del hospital, le devuelve a la juventud: “Ahora he vuelto de nuevo a mirarme en las nubes… Mis ojos han cambiado, mi vida se consume, pero estas nubes traen con su luz de algodones unos retoños nuevos al viejo tronco herido”. Sobre la tumba del poeta habría que derramar los lirios a manos llenas como en el verso de Virgilio.

No quiere Santiago Castelo que le emporquen los aduladores y los falsos de espíritu. Su trabajo en el periódico le ha permitido conocer a fondo la ruindad de muchos. Desea “volver a un cielo azul con nubes frescas y un viento nuevo que arrase las cenizas”. Piensa que lo mejor es “marcharse suavemente y desde la otra orilla contemplar este mundo que dejó de ser tuyo. Sin dolor ni nostalgia”.