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China: verdaderos y falsos peligros

lunes 11 de enero de 2016, 08:10h

El año ha comenzado con malos augurios procedentes de China. La bolsa de la gran economía asiática se ha desplomado, y ha contagiado al conjunto de los mercados. La causa inmediata es la publicación de los datos de producción industrial, que refuerzan los temores sobre la verdadera marcha de aquélla economía. China adolece de una falta de transparencia y fiabilidad de sus datos que hace difícil de apreciar el desempeño del aspecto económico de la sociedad, y cualquier dato negativo acrecienta el sentimiento de vértigo.

Además, China es un país de dimensiones casi continentales, con una complejidad casi insuperable para el observador, ya que unas regiones se guían básicamente por el funcionamiento del mercado, otras no, y tienen estructuras muy diferentes. Es difícil saber, como sugiere McKinley, si estamos ante un tigre o ante una tortuga. Incluso la interpretación de los datos, como el referido PMI industrial, puede no ser tan sencilla como parece. Si bien indica contracción de este sector, podríamos estar ante un sano abandono de una parte poco competitiva de las manufacturas de aquél país. Recuerda, en este sentido, a la práctica paralización de sectores enteros en las economías del Este de Europa tras el desplome histórico del socialismo. Algunos analistas, poco informados, decían que la introducción del mercado estaba arruinando esas sociedades, cuando lo que estaba pasando es lo contrario: se abandonaban los sectores sobredimensionados y no competitivos, como un paso necesario para la instauración de una economía productiva y sostenible.

Se lleva hablando del pinchazo de la economía china desde hace al menos diez años, y no se ha producido. En el último lustro, los datos parecen adelantar ese estallido que, por el momento, no ha llegado. Quizás lo que ocurra sea mucho más positivo. Es verdad que el crecimiento es cada vez menos intenso. Pero también podría serlo que ello es indicación de un aterrizaje suave, y aún dinámico, más que de una crisis repentina y muy dura. Todavía no sabemos qué tipo de desaceleración experimentará el país.

De modo que el azote bursátil no nos debe inquietar demasiado, e incluso los datos industriales pueden tener una interpretación positiva. Y la propia desaceleración podría ser, en realidad, una buena noticia. Pero todo ello no nos debe hacer pensar que no hay riesgos, y muy graves, procedentes de China. El principal de ellos es, seguramente, el de la deuda. La que acumula el Estado, pero sobre todo la deuda de mala y pésima calidad aparcada en los balances de los bancos. China, en definitiva, necesita acelerar las reformas para desprenderse de sectores enteros que drenan riqueza y amenazan al conjunto de la economía. Ahí reside el verdadero peligro procedente de Asia.

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