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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Mientras tanto, de Inés González y M. Á. Cárcano: humor en la precariedad

miércoles 13 de enero de 2016, 16:58h

El Teatro Lara continúa insistiendo en su fórmula innovadora cada día con más éxito. Dividido en espacios diversos, ofrece un caleidoscopio de piezas dramáticas para el público más variado. Entre ellas, “Mientras tanto”, de los guionistas y dramaturgos Inés González y Miguel Ángel Cárcano, quien nos propone una comedia con grandes destrezas para mantener el humor en nuestra época de la incertidumbre.

Mientras tanto, de Inés González y M. Á. Cárcano: humor en la precariedad
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Mientras tanto, de María Inés González y M. Á. Cárcano

Director de escena: Miguel Ángel Cárcano

Intérpretes: Rocío Vidal, Marta Romero y Marta Naharro

Lugar de representación: Teatro Lara (Madrid).

Tanto María Inés González como Miguel Ángel Cárcano pertenecen a esa exquisita saga de dramaturgos hispanoargentinos que comenzó su trayectoria en las creativas salas bonaerenses y que la ha continuado en los escenarios españoles, trayendo siempre un grado más de naturalidad, de simplificación de lo superfluo, de limpieza de la retórica y supresión de cualquier énfasis o aspaviento teatral. Este es el estilo que caracteriza a su última entrega: Mientras tanto. Una comedia depurada, lúcida, limpia. Con una mirada ilusionada frente a contratiempos y decepciones.

La expresión: “mientras tanto” se utiliza en los relatos, cuentos, novelas, para eludir esos tiempos muertos en los que no suceden episodios memorables, sino esos periodos cotidianos en los que estamos a la espera que ocurra un incidente. Y en esos momentos en apariencia –solo en apariencia- anodinos es donde ponen su foco de interés los autores de Mientras tanto. Reclaman nuestra atención hacia esas fases de espera porque nos recuerdan que en ellas está la vida, y no el vacío que creemos sentir. Desperdiciar ese tiempo, desdeñarlo o experimentarlo como sonámbulos, significa subestimar y empequeñecer nuestra existencia. No se trata solo de aprender a saborear esas etapas, sino también de tomar conciencia de que en ellas, de modo imprevisto y sin cálculo alguno, se producen revoluciones personales que darán, sin estridencias, impulsos o giros imprevisibles a nuestras biografías.

Tres ejemplos nítidos de ello están encarnados por las tres protagonistas de la pieza, Ana, Emilia y Carlota. Tres amigas muy dispares entre sí, pero inmersas en un compartido tiempo de espera, y que a su vez, se dan cita en la obra en unos muy simbólicos “espacios de espera”: las antesalas. Las de un notario, una peluquería, un salón de tatuajes, o el área de embarque de un aeropuerto. Ana posee un temperamento artístico inhibido quizá por la discreción, su exceso de sensatez y su escasa autoestima. Sus dotes innatas para la empatía sirven de cohesión del grupo y de efecto acelerador para que fluyan las confesiones de secretos varios entre ellas. Solo una decisión un tanto azarosa y poco premeditada, desbloqueará las oportunidades de Ana en el mundo de la música abriéndole las puertas al gran mundo. Un hecho análogo al objet trouvé de los surrealistas o de Marcel Duchamp, el objeto no buscado sino encontrado sin esfuerzo: el lance sucedido por azar que supone un cambio radical de su existencia sin planificación. Se trata de un leit-motiv que acompaña las vicisitudes de sus otras dos amigas.

El objet trouvé, o quizá mejor dicho, el évément trouvé, el suceso encontrado sin ser buscado, alcanzará también a la vida de Emilia, ella sí muy segura de sí misma, pero sin un propósito claro en su trayectoria vital, vigorosa pero irreflexiva, a quien un acontecimiento esporádico le proporcionará un sentido estructurado a su existencia. Fiel a sí misma, se tatuará la fecha de un día fortuito de placer, por más que ese placer adquiera una trascendencia insospechada. Esos sucesos clave acontecidos en el supuesto tiempo muerto de Ana o de Emilia, presuponen una crítica implícita a la herencia de las pasiones románticas, y más aún al “capitalismo emocional” del que nos habla la filosofía contemporánea de Eva Illouz. Los “sucesos” esenciales no se acompañan del fulgor del rayo ni del estremecimiento del trueno, de ninguna gran descarga emocional que estremezca. Aún menos esa agitación o sacudida provienen de un viaje exótico –pagado en la agencia de viajes-, una velada en un concierto o restaurante excepcional –costeado con la tarjeta de crédito-, o cualquier otro consumo de fuertes emociones asociado al desembolso de dinero en la economía de mercado. El évément trouvé, las efemérides imprevistas, se encuentran delicadamente insertas en el tiempo cotidiano, aguardando a la inteligencia que sepa desenterrarlas como auténticos tesoros ocultos bajo tierra.


Otro tanto sucede, finalmente, con Carlota, aunque en una dirección contraria. Abogada enérgica y diligente, el acontecimiento impremeditado le sobreviene para destrozar todos sus planes arduamente programados. También para romper unos corsés que ella se ha ido autoimponiendo para su propia infelicidad. El espíritu ilusionado que anima Mientras tanto procede, pues, en primer término, de esa confianza en la vida y la seguridad en que nos otorgará incidentes afortunados, para lo que habremos de estar despiertos y atentos, desechando el sonambulismo al que con frecuencia nos abandonamos. Una actitud esperanzada que se refuerza con una inquebrantable certidumbre en la bondad de los lazos de amistad, que cuando es auténtica, no se quiebran por envidias, egocentrismos ni decepciones. Todo un decálogo moral para subsistir en tiempos inseguros y efímeros.

A cada uno de los encuentros entre las tres amigas les sucede el monólogo de cada una de ellas donde rompen la cuarta pared y se dirigen cara a cara al público. No son confesiones desgarradoras ni exploraciones en el subsuelo confuso o trágico del “yo”. En cada caso, los monólogos razonan una preocupación obsesiva de cada una de las protagonistas en clave de humor, amortiguando su trascendencia y sosteniendo la cadencia de risas, sonrisas y carcajadas, no muy estridentes, de los espectadores.

Nos encontramos, pues, ante el trazo genérico de lo que podría haber sido una comedia de caracteres. Y que no llega a serlo porque no se ahonda, deliberadamente, en los caracteres de los tres personajes. Son caracteres de los que solo se nos da unos significativos bosquejos. Con toda seguridad no por limitación de los autores, sino por una consciente autolimitación. Subyace la convicción en que las biografías –incluso la nuestra-, únicamente permiten aspirar a tener de la persona un boceto rápido, provisional y cambiante, con unos cuantos rasgos discontinuos.

Aunque una obra tan consecuente consigo misma, ética y estéticamente, como es Mientras tanto, se desarrolle en un especio reducido y muy próximo al público, típico de un montaje off, no creemos que sea una pieza que se corresponda con el teatro alternativo. La comedia de María Inés González y Miguel Ángel Cárcamo, levemente reforzada, podría ser un título de éxito en un escenario convencional. Algo así habría ocurrido con toda seguridad si se hubiese escrito para un mundo escénico más sólido y con menos cortapisas, en Francia o Canadá, por aludir a dos ejemplos de mayor consistencia en sus estructuras dramáticas. Dice mucho de la difícil lucha por la supervivencia de nuestros escenarios que las salas alternativas del circuito off acojan una amalgama heteróclita de piezas que a veces son off y que no lo son en otras muchas ocasiones, entrecruzando dramas experimentales, obras de agitación política, teatro documento, tragedias clásicas y comedias como Mientras tanto, facturadas en el mismo espacio y con idénticos recursos. El off y los espacios alternativos dan hoy altruista cobijo a dramaturgias de toda índole, la mayoría de las cuales deberían haber seguido otro curso en un mundo tetaral con otro respaldo, más diversificado y sólido.

Esta interinidad que amenaza con convertirse en perpetua requiere una capacidad de adaptación fuera de lo común. Esto es lo que aporta la dirección de Miguel Ángel Cárcano, buen conocedor de unos escasos medios a los que extrae sus máximas posibilidades. Tres personajes acompañados escuetamente por tres asientos y tres cubos transformables, funcionales y simbólicos a un mismo tiempo. Un depurado diseño de luz y unos limpios movimientos escénicos se amoldan como un guante a la esencia y el sentido de la obra. La agilidad para pasar de lo cómico a la frustración dramática de Rocío Vidal, como Carlota, la sensación de permamente ingenuidad y humilde sorpresa de Marta Naharro, en la piel de Ana, y la habilidad de Marta Romero para crear a esa impulsiva reflexiva que es Emilia, terminan por configurar un equipo armónico que asegura la diversión del público. Un humor que constituye todo un recetario moral para sobrevivir en la era de la precariedad.

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