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Fin del ébola: lecciones

viernes 15 de enero de 2016, 00:19h
La Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de confirmar el fin oficial de la peligrosísima epidemia de ébola cuyo brote inicial se detectó en Guinea en 2013 y que se extendió con angustiosa celeridad por Liberia, Sierra Leona, Mali, Nigeria y Senegal, afectando puntualmente a países occidentales entre los cuales hay que contabilizar España. Un azote finalmente controlado para alivio de todos, aun después de haber dejado a su paso más de 11.000 fallecidos y casi 30.000 contagiados, en una atroz oleada que en algunos momentos del 2014 puso a prueba las emergencias sanitarias mundiales. Esta plaga ha terminado, pero no se debe dejar pasar la ocasión para extraer importantes conclusiones que sirvan de lección para un futuro.

A escala nacional la emergencia se afrontó con diligencia y profesionalidad. Queda el aviso de no desarmar ciertas estructuras del sistema sanitario guiándose por un criterio de rentabilidad a corto plazo. Algunas instalaciones clave para contener a tiempo la epidemia en nuestro país estaban en el trance de ser eliminadas. La trascendental importancia que tuvieron para detener de raíz y en los primeros instantes el contagio, ya compensó y ahorró de sobra todos los gastos que supuso su mantenimiento en épocas en que parecía un gasto superfluo. No lo fue, y sigue siendo un desembolso útil porque cuando estos peligros hacen su aparición no avisan y sus efectos son devastadores si no ha existido una previsión adecuada. Otro asunto es el uso político que se le dio a la llegada del ébola a nuestro país. A diferencia de la actitud en la sociedad norteamericana y británica que hicieron frente a idéntica situación, aquí los de siempre aprovecharon los escasísimos casos circunstanciales para orquestar una campaña de pánico e intentar desgastar al Gobierno con un escándalo fabricado a la medida. Las redes sociales fueron -como siempre- particularmente rentables para este propósito. Desde ellas se lanzó la pregunta obsesiva: “¿Moriremos todos de ébola?” y cada detalle del episodio fue tergiversado, agigantado y retorcido para crear temor y odio. Que la única víctima fuera un religioso, sumamente abnegado, por cierto, fue un acicate más para espolear la saña en esa deleznable maniobra. A día de hoy nadie ha pedido perdón por las barbaridades que se dijeron. Ante esas operaciones de envenenados falseamientos el Ejecutivo debió -deberá- reaccionar con menos complejos y mucha más energía en poner en su sitio manipulaciones tan dañinas.

A nivel internacional las conclusiones habrían de ser de otra índole. Nunca debió desdeñarse una epidemia porque afectase en un principio al África occidental, con una pereza y una insolidaridad suicidas. Tampoco deberían quedar a medio gas las investigaciones sobre males que parecen muy alejados a primera vista del mundo desarrollado. La globalización es un hecho también para las enfermedades contagiosas. Es necesario prever resoluciones más estructuradas, rápidas y eficientes. No nos podemos desentender de emergencias sanitarias lejanas a nuestras fronteras. Por fraternidad, obviamente, pero también por un egoísmo inteligente.
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