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ÓPERA DE MOZART

La flauta mágica: amor y música para salvar al mundo

domingo 17 de enero de 2016, 09:41h
La famosa ópera de Mozart ha sido este sábado la encargada de empezar la segunda parte de la temporada 2015-2016 del coliseo madrileño con una producción de la Komische Oper de Berlín, inspirada en el cine mudo, que se ha ganado el aplauso de un público que ha vuelto a dividirse solo a la hora de premiar a los responsables de la escena.

  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real


  • La flauta mágica, de Mozart, en el Teatro Real. Fotos de Javier del Real

Hay que aclarar, en todo caso, que la disidencia en esta ocasión ha salido “perdiendo”. Y no solo porque los aplausos a la dirección de escena – a cargo de Suzanne Andrade y Barrie Kosky apoyados en el Grupo 1927 – hayan sonado con mayor intensidad que el abucheo, sino porque, en general, la estética cinematográfica basada en el cine mudo y su particular universo demuestra una originalidad capaz de salvar los momentos más planos de la propuesta. Que, por desgracia, los hay aunque primen con clara diferencia los aciertos de una producción a la que no se puede quitar ni un gramo de mérito si de lo que hablamos es de la precisión que demuestra para que los intérpretes salgan indemnes del reto de interactuar con una pantalla donde se proyectan imágenes que ellos no ven. Por primera vez en el Teatro Real, el escenario aparece despojado de cualquier tipo de decorado o escenografía. Los cantantes únicamente pueden desplazarse de izquierda a derecha, sin posibilidad de movimiento hacia adelante o hacia atrás – de esa falta de dimensión o perspectiva surgen los citados momentos planos – obligando a los artistas a exagerar la expresión actoral, pero beneficiando, por otra parte, la proyección de las voces. De modo que para quienes no suelen gustar de extrañas posturas que ponen trabas a la voz o se quejan de directores de escena que sitúan a los intérpretes bien al fondo de un escenario, esta producción debería dejarlos más que satisfechos.

La versión de la Ópera de Berlín estrenada en 2012, que estará en Madrid con doce funciones hasta el próximo 30 de enero, es, no cabe duda, de una enorme congruencia en su conjunto. Respete o no el espíritu de la popular obra – técnicamente un Singspiel - que Mozart compuso en una época de enorme desesperación, lo que no puede negarse a esta nueva “Flauta mágica” es que no lleve su inspiración en el cine mudo de los años 20 hasta sus últimas consecuencias. Igual que no puede negársele al propio compositor de Salzburgo, su proverbial optimismo. Su, en apariencia, inmensa confianza en las virtudes del género humano a pesar de todos los defectos de los que tanto jugo solía sacar en sus obras a través de míticos personajes como Don Giovanni o Fígaro. Por lo que se refiere al primer asunto podría decirse que esta versión, más que inspirarse en el cine mudo lo que hace es convertir la ópera en una película del citado género – las partes habladas de la obra, además de ser mudas y con carteles, tienen como banda sonora la ‘Fantasía en Do menor’ de Mozart – tirando, a su vez, de personajes míticos aunque correspondan a otra época bien diferente.

Así, Papageno, a quien interpreta con genialidad Joan Martín-Royo, se reencarna en Buster Keaton a la hora de representar ese anhelo de amor romántico que reivindica a voz en grito “La flauta mágica” como verdadero y eficaz antídoto para todos los males que asolan el mundo: el gobernado por la Reina de la Noche y cualquier otro. Un mundo que Mozart, por su parte, nos presenta en clave de búsqueda de luz, un universo claramente imbuido de simbología masónica en contraposición a la oscuridad de los dogmatismos. Un lugar donde no hay lugar para la venganza, donde la magia de la música es capaz de cambiar a los hombres y en el que solo pueden iniciarse quienes demuestren auténtica capacidad para superar las correspondientes pruebas. A su vez, el héroe, Tamino, dispuesto a pasar todas esas pruebas impuestas, y las que hagan falta, para lograr su sueño de vivir para siempre con su amada, se nos presenta como un galán a lo Rodolfo Valentino. A él pone voz y vida el joven tenor, nacido en Madrid y crecido en Puerto Rico, Joel Prieto, muy premiado esta noche por el público. Igual que lo ha sido su pareja en este cuento de hadas soñado por Mozart con libreto de Emanuel Schikaneder: la soprano británica Sophie Bevan, una Pamina que recuerda a Louise Brooks en ‘Lulu’. Junto a ellos, no falta tampoco un Nosferatu para que en él se reencarne el malvado Monostatos, rol a cargo de Mikeldi Atxalandabaso, como contrapunto al personaje de Sarastro, el bajo alemán Christof Fischesser, impecable en su interpretación. Lo mismo que la Reina de la Noche, la soprano macedonia Ana Durlovski, premiada con convicción junto al Coro Titular del Teatro Real, aunque el aplauso más audible de la velada haya sido reservado para la Orquesta Titular del Teatro Real y la batuta del maestro británico Ivor Bolton. Observarlo dirigir, constituye por sí mismo todo un espectáculo.
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