Se desplegó el primer partido de la jornada sabatina en una Rosaleda con atmósfera de entreguerras. El coloso arribó propulsado en la retomada inercia ganadora que ha abandonado al olvido los empates encadenados que le alejaron, con un envite aplazado, de la cima liguera. Tras huir con éxito a la serie de derbis y en plena tesitura del cruce copero ante el conjunto que le arrancó de las manos el sextete, el Barça regresaba a territorio malacitano para medir su fondo de armario -acuciado por bajas sensibles- a la intensidad y rigor en el repliegue de un Málaga que yace acomodado en mitad de tabla después de escapar del fondo del campeonato doméstico. Enseñando, de nuevo, la rebelde transformación competitiva tras la confirmación del proyecto fallido por influjo catarí. El mercado de invierno ha influido en modo dispar para estos dos contendientes y esta tarde de enero cruzaba dos inercias positivas para aliñar el picante que constituye últimamente el duelo ante los blanquiazules para la entidad catalana. Con diversas motivaciones -cimentar la tranquilidad de cara al desenlace en la zona baja o elevar la exigencia a los candidatos- se ponían en liza tres puntos de relevante gusto.
Javi Gracia, arquitecto de la resurrección malagueña-global y en lo específico de este curso- debía lidiar con la baja del punta referencial, Amrabat, que pagó su cláusula hace días con el fin de emigrar a Inglaterra –con Quique Flores-. Sin el toro marroquí en punta, el técnico entregó su cúspide del esquema a Charles, que luce iluminado en las jornadas precedentes, y a Cop. Renunció el preparador a limitar su desempeño al cierre y salida. No obstante, configuró un centro del campo tan talentoso como ordenado. Camacho y Recio, bregadores con salida clara, se verían acompañados por la movilidad interlineal de Juanpi y el estiloso Chory Castro. Por detrás, Angeleri y Weligton formaban la pareja de centrales acostumbrada y Rosales y Miguel Torres completaban las bandas, con Kameni bajo palos. Solidaridad tensa de esfuerzos, concentración en el cierre de espacios y pasillos y precisión en el manejo del cuero para respirar representaban los elementos centrales de la propuesta local de oposición al club que podría alcanzar el liderato al término de los 90 minutos.
Luis Enrique, por su parte, contempló el envite como un nuevo espacio para las rotaciones. Con ello, y marcado por el infortunio de Neymar y Alba y la sanción a Piqué, entregó descanso a Rakitic y diseñó un once con Vidal y Adriano en los laterales, la pareja central Mascherano-Vermaelen y la incursión de Munir en punta, abrigado por Messi y Suárez -que volvía tras la sanción copera-. Arda repetía participación, pero lo haría en el rol del croata. Busquets e Iniesta seguirían tratando de gobernar el partido en ambas fases del juego. Ofrecía el entrenador asturiano una oportunidad a los suyos para mostrar la versatilidad del diseño de plantilla, pero no negociaba el estilo: engrasada fluidez combinativa y serio trabajo colectivo para amaestrar la voluntad rival y dictar el cariz del partido a disputar. Es decir, convertir el aspecto resbaladizo del trance en un día más en la oficina de rutilante control.
En ocasiones, el fútbol escapa al laboratorio. A las horas de trabajo teórico y repeticiones prácticas de asimilación. Simplemente, el balompié refresca a propios y extraños el hecho de que la profesionalización es un accesorio de su esencia imprevisible, de su naturaleza de juego, para regocijo del aficionado neutral y de las casa de apuestas. Esta consideración emergió de forma abrupta para condicionar todo un partido en su primer minuto de recorrido. Antes del primer suspiro y de que los conceptos ganaran peso en la hierba, sobrevino un pase tan venenoso como exquisito desde el pico del área de Messi, que detectó el desmarque en profundidad de Suárez. Sin espacios, la pelota entró en el área y conectó con el movimiento del uruguayo, que venció en el baile con Angeleri y concedió la apertura del marcador a Munir, aislado en el segundo poste. No cabía más que la sonrisa visitante y el estupor local. Sin conocerse, uno de los púgiles abrasaba la hoja de ruta del otro. Pero el relato, sorprendente en su arranque, no cedería una pulgada a lo previsible ni a la autocomplacencia.

Reaccionó el Málaga alzando líneas y trazando combinaciones con llegadas laterales. El ritmo se expresaba muy elevado con los locales sacando de escena, por la vía de la discusión de la posesión, al gigante. La ardorosa respuesta de los pupilos de Gracia, que buscaban conducir la batalla a la guerra de guerrillas, imponiendo la exigencia absoluta en la precisión asociativa catalana, no encontró matiz en el sistema visitante, que en el 10 de juego se afanaba por achicar agua al tiempo que trataba de estirarse buscando cortocircuitar la verticalidad malagueña. El balón volaba sin concierto, víctima de la superioridad anatómica, que dictaba el tempo por hiperactividad energética. Habría de saber sufrir el Barça, tendente al encierro tras su fogonazo inicial. La falta de continuidad en la circulación blaugrana, salpicada de imprecisiones que penalizaba el frenesí local en transición, patrocinaba el repiqueteo continuo de acceso a posiciones de remate andaluz a través de centros puntiagudos.
La suerte de asedio por deflagración continuada que ejecutaba el Málaga recogió rédito con celeridad. La multiplicación de opciones desde el córner otorgó al charrúa Castro un rechace endeble que tradujo en el chut desde la frontal que Bravo envió a la madera –minuto 13- in extremis. La distribución asimétrica de intensidad entre ambos contendientes complicó la escena al Barça, que sollozaba desprovisto de su herramienta principal. Había mutado a la vertiente vertical el bloque del Lucho, que se agazapaba y cedía una hectárea de terreno para explotar los espacios a la espalda del valiente esquema local, lanzado en la clase lanzadora de Messi. En el entretanto, sin embargo, el extremo esfuerzo colectivo malacitano distanciaba considerablemente el atisbo de la caza de una contra, ya que el centro del campo, minado de obstáculos, reflejaba la divergente ambición alimentando los guarismos de la pesca de balones sueltos blanquiazules. La concatenación de pérdidas forzadas de Busquets reflejaba de manera descriptiva la incomodidad catalana, que no alcanzaba respiro ante la ardorosa presión local en rotunda superioridad posicional. El soberbio brío del duodécimo clasificado dominaba el paisaje aunque adolecía, como es tradición en el presente ejercicio, de concreción en las aproximaciones. Este último debe quedó constatado tras el tenebroso error de Vermaelen en el despeje como último hombre. El cuero cayó en las botas de Charles, que perfilaba su mano a mano con Bravo cuando el Jefecito se cruzó impecable. Sosteniendo a los suyos.
La ausencia de firmeza y clarividencia en el cortejo del esférico constreñía a la inseguridad blaugrana en la salida de pelota. Tal agujero de confianza entre los centrales, contagiada entre los peones, obligó al meta chileno a evitar, con urgencia ejecutiva, que una indecisión coral significara las tablas. Trató el Barça de matizar el escenario que le era muy desfavorable, pues no contaba con los automatismos que ofrece la retaguardia titular por antonomasia, y Messi, Iniesta y Arda, en torno al ecuador del verde, empezaron a asociarse y a inyectar oxígeno al equipo, construyendo las primeras posesiones prolongadas. Pero, con la Pulga desconectada del devenir del partido por su proximidad a la punta y olvido defensivo, el Barcelona no alcanzaba la regularidad en la disposición de la pelota, renovando la fe malagueña en alcanzar la orilla antes del intermedio. Así, con el Barça partido y la medular sobrepasada por el advenimiento, en aluvión, de los efectivos locales, el soberbio despliegue de los pupilos de Gracia encontraron premio. Un despeje mal dirigido de la zaga azulgrana –que evidenció la distancia entre líneas de los de Luis Enrique- fue recogido por un avance tormentoso local que descubrió una oquedad en el centro de la zaga. El defectuoso balance defensivo del favorito fue leído por Charles, que filtró un balón central para el remate a la red de Juanpi, cómodo y entrando en el área. El 1-1 tocaba realidad en el minuto 31 después de una exhibición andaluza, que redujo la calidad del Barça a la categoría de anécdota tras obligar al gigante a moverse bajo su pentagrama de ritmo efervescente.
Apuntó el Barcelona al respingo en la respuesta al golpe. Buscó anestesiar, al fin, el rendimiento físico local, pero necesitaban los barceloneses cambiar el rictus, bajar al barro y disparar sus vatios de esfuerzo. Antes del descanso, en la recta final del primer acto, intercambiaron opciones ambos contendientes, en un intervalo de descompresión y explicitación de espacios. Cop, que había vencido en el cuerpeo a los centrales rivales, con calamitoso desempeño de Vermaelen, chutó a las manos de Bravo. A continuación, en la segunda llegada clara del Barça, a la contra y generada tras un fallo de Weligton, Angeleri tapó el remate a placer de Messi cuando Kameni ya imaginaba el segundo mordisco visitante. Parecería que Gracia había ideado la sorpresa de hurtar el rol protagónico al todopoderoso púgil contrincante y el gol encajado en el primer pestañeo no rebatió su hoja de ruta. El zarpazo acontecido en el prólogo de la cita no hizo sino envolver de legitimidad a la valiente apuesta local. Pagó con creces la estructura de Luis Enrique la profundidad de las rotaciones y vio su pelaje mutado hacia el pelotazo de bajo porcentaje y la cesión del centro del campo en base a la desatendida cohesión sin balón y activación tras pérdida. Debía Lucho sopesar si aguardaba al lógico efecto del cansancio para solventar un partido revirado o resultar proactivo e impulsar un cambio de intención, compromiso y velocidad con los recursos sentados en el banquillo. Sin preponderancia en la medular ni ligamen entre el tridente y los lanzadores, había naufragado su idea para este envite.

Decidió el asturiano sacar de la fórmula de forma prematura -otra vez- a Vermaelen. Mathieu ocupó su lugar en el centro de la zaga -una directriz, a la postre, definitiva-. Quedaba por comprobar, entonces, si lo psicológico también variaba en el desempeño coral de su equipo. En efecto, la actitud y la velocidad combinativa surgió como consecuencia del paso por vestuarios. En coherente efecto, el Málaga cedió metros y replegó en cancha propia. Recobraba de este modo el partido el aspecto anhelado por el Barça. La pelota circulaba con rapidez en el plano horizontal y el movimiento sin balón de los mediocampistas y laterales asomaba el cambio de ritmo y la apertura de pasillos verticales que han tumbado a equipos de todo pedigree. El esquema de Gracia se encerraba para crecer en transición, esperando hacer caja del obligado avance de líneas visitante. Y, de nuevo, antes de que tomara altura el segundo tiempo golpeó del vigente campeón. Con cuatro rematadores en el área, Adriano envió un centro cerrado desde el pico del área que Messi alojó en la meta de Kameni. El remate, que dibujó una trayectoria inapelable hacia el segundo poste, tomó forma en un ejercicio sensacional de coordinación del argentino, que ejecutó el lanzamiento en un escorzo de seda. A los seis minutos de la reanudación reproducía el duelo la escena inicial, pero en este intervalo el cuero era azulgrana sin fisuras.
Había bajado Messi a recibir al centro del campo para edificar una superioridad que reconstruyera el gobierno del tempo a través de la monopolística posesión. Iniesta y Busquets encontraban apoyo en la anestesia, además, en Rakitic, que entró en escena por un desasistido Munir. No detectaba el Málaga el conducto para interrumpir el salto de página culé. Comprobaba cómo las ayudas en la presión arribaban tarde y no taponaban la horizontalidad controladora visitante. No en vano, consumidos los primeros 20 minutos de la reanudación la producción y vértigo locales quedaron reducidas a la mínima expresión. Tan sólo una aproximación en transición malacitana evocó intranquilidad a la zaga blaugrana, que despejó bajo palos en intento. La aproximación al desenlace del volátil enfrentamiento no reflejaba un panorama optimista para el congelado bloque andaluz, que no alcanzaba el resuello ni los espacios para abandonarse al contragolpe. La vigilancia catalana y la intensidad tras pérdida cercenaron cualquier atisbo de horizonte blanquiazul. La razonable economía de esfuerzos en el segundo acto estaba penalizando el locuaz rendimiento de los 45 minutos previos. Así, Gracia entendió que debía subir la apuesta para metamorfosear el aspecto del partido. Recio, sobresaliente hasta que dejó de gozar de oxígeno en los pulmones, sentó su jerarquía para dar entrada al talentoso Fornals. Quería más pelota e inteligencia en el manejo de la misma el técnico local para afrontar el tramo final. Por el camino, Adriano sufrió el infortunio de la lesión y Luis Enrique agotó sus recambios dando la alternativa a Sergi Roberto, que volvía a adoptar el cargo de lateral izquierdo.
El postrero cuarto de hora alzó el telón con el pobre despeje de Mascherano y remate cruzado de Camacho que Bravo sacó de dirección en una exhibición de reflejos. El balón parado servía de argumento para un Málaga dispuesto a emprender la conquista de la épica ante la contemporización blaugrana. Había vuelto a entregar el mando de la pelota y la intensidad a su oponente, mostrando cierta ruptura de líneas a pesar del reclamo de cohesión del técnico asturiano. Sin patrón avanzaba el duelo al galope de una incertidumbre que favorecía la rebeldía malagueña. Rosales ahondó en la percepción con un remate desde media distancia que atajó Bravo en el minuto 76. El reparto de esfuerzos susurraba la idoneidad de relevar piezas en el conjunto malageño, que se sabía en posición de complicar el epílogo al líder provisional. Santa Cruz sustituyó a Cop a falta de 10 minutos para el pitido del colegiado, en un movimiento que reforzaba la verticalidad de la propuesta. Instantes después, la lesión de Weligton condujo al suicidio ofensivo a su entrenador: Duda, faro técnico del equipo, se sumaba al frente atacante dejando un hueco predispuesto para la transición catalana en un cierre de circunstancias. Buscaba Gracia acercar su voluntad al empate con asideros. De hecho, la producción barcelonesa quedaba limitada a un envío largo que cazó Messi para marrar el mano a mano después de efectuar un control de alta escuela.
El remate desviado de Charles tras centro desde el lateral zurdo -perfil y metodología preferida por los locales en este envite- enunció la intencionalidad de su técnico. Sin embargo, Messi dispuso de un remate franco que sacó Kameni -tras una jugada a balón parado- en el 88. Pudo zanjar los tres puntos el argentino, que sufrió uno de los despliegues de mayor descontextualización de la fase ofensiva de su equipo, pero sí consiguió amainar el desconcierto. El refresco de la amenaza forzó a la toma de conciencia malagueña de su presente desfondado y el sistema de Luis Enrique se entregó al cierre de partido por la vía de la asociación continuada para concluir con éxito su empeño. Se ganó el respeto un Málaga que afianza su inercia de despegue en la clasificación y maquilló cierta inconsistencia un Barcelona que sobrevivió a la exigencia de esta visita, rompiendo la trayectoria de cesión de puntos como visitante que impedía su fulgurante asunción del liderato –no ganaba a domicilio desde noviembre-. Resultó decisivo Messi en un combate bipolar para subrayar la candidatura blaugrana. Luis Suárez y Arda no brillaron para relativizar la ausencia del magnético Neymar y el colectivo se sobrepuso a su desconexión del primer acto. "Es difícil que hagamos una primera parte tan floja", asumió el técnico culé en sala de prensa. Pero los intervalos de densa y precipitada gestión del cuero, en un episodio enfangado extraño a estas aturas de calendario, no significaron el pinchazo pronosticado sino un triunfo de valor, a pesar de un rendimiento con deriva irregular que sigue saliendo a flote.
Ficha técnica:
Málaga: Kameni; Rosales, Weligton (Duda, m.82), Angeleri, Miguel Torres; Juanpi, Recio (Fornals, m.68), Camacho, Chory Castro; Cop (Santa Cruz, m.80) y Charles.
Barcelona: Bravo; Aleix Vidal, Mascherano, Vermaelen (Mathieu, m.46), Adriano (Sergi Roberto, m.72); Arda Turan, Busquets, Iniesta; Munir (Rakitic, m.55), Luis Suárez y Messi.
Goles: 0-1, M.2: Munir. 1-1, M.31: Juanpi. 1-2, M.51: Messi.
Arbitro: Carlos Clos Gómez. Amonestó a los malaguistas Charles (m.25), Fornals (m.85) y Duda (m.90), y a los barcelonistas Vermaelen (m.44), Messi (m.65) y Arda Turan (m.70).
Incidencias: 30.000 espectadores asistieron al partido correspondiente a la vigésimo primera jornada de Liga, disputado en estadio de La Rosaleda.