La ribera del Manzanares recuperó la atmósfera y calidez primaveral como una suerte de susurro del tipo de batalla que se iba a desplegar en el Calderón. Como si la presente rivalidad entre Atlético y Sevilla no resultara aliciente motivacional suficiente para cocinar el partido, la lucha por mantener el liderato doméstico de unos y la pugna por confirmar el ascenso en el rendimiento colectivo de otros, con horizonte situado en los puestos que otorgan el acceso a la próxima edición de la Liga de Campeones, completaba el aspecto cerrado de este duelo de altura. En liza emergían dos proyectos con estilos y filosofía asimilables, tanto que en la búsqueda de la imposición táctico-anatómica del contendiente podrían llegar a anularse mutuamente. Un resultado del todo insatisfactorio contemplando la ambición de cada cual.
Diego Pablo Simeone leyó la empresa afrontar conformando la vertiente compacta de su plantilla. Así, cimentó la preponderancia del equilibrio arropando a Gabi con Augusto, Saúl y Koke. La movilidad e inteligencia entre líneas de Vietto acompañaba a Griezmann en punta. Por detrás, Savic repetía titularidad como pareja de Godín y Filipe y Juanfran sellaban la arquetípica disposición de retaguardia, con Oblak bajo palos. Buscaba el técnico argentino imponer consistencia para detectar espacios en transición, con un batallón de llegadores en lugar de la pausa técnica de creadores en estático. De esto modo, Carrasco, Correa y Jackson aguardaban su opción según aconteciera el devenir de los minutos. Necesitaba el Atlético afianzar su candidatura en una jornada de presumible indigestión si la concentración y el manejo preciso del cuero aflojaban su acostumbrada tensión.
Unai Emery, por su parte, respondió al movimiento del Cholo aplicando similar estrategia. Prescindió de inicio de su iluminado goleador, Kevin Gameiro, del engrasador de la circulación en la medular, Krohn-Dehli, y del punzón ucraniano Konoplyanka. En su lugar edificó un núcleo central físico –Krychowiak-N`Zonzi- que envolviera el cerebro de Banega. Escudero entraba en escena para amortiguar las superioridades en banda colchoneras, sacrificando la amenaza en banda izquierda. Vitolo ejercería como elemento de vértigo –en exclusiva- para aprovechar el espacio a la espalda de la red de ayudas local y alimentar a Llorente. Con Carriço –pieza básica en el repliegue- de vuelta, Rami, Coke y Tremoulinas completaban el once sevillano. Sergio Rico habría de lucir seguridad aérea y la altura de los laterales, convertibles en carrileros, mostrarían la ambición visitante. La cohesión interlineal, orden en el achique y compromiso marcarían el recorrido de un Sevilla que también se guardaba ases en la banca.
Bajo esta confrontación de conceptos simétricos y tendencia teórica a la especulación, a guardar sin efectuar una asunción de riesgos, arrancó el trascendente partido. Y lo hizo desplegando el pelaje del primer acto con celeridad. El Atlético presionaba arriba y anhelaba con mayor fragor la pelota. Los sevillanos, por el contrario, replegaban en su cancha soltando en la tímida presión sólo a Banega con el fin de solidificar su seguridad contemplativa. Y consiguió obligar al bloque local al repiqueteo continuo de envío largo y aéreo, ya de inicio. Además, la reducción de espacios por vía terrestre determinaba una alta penalización a cada imprecisión, lo que conllevó que, con Llorente como perenne y astuta referencia aislada, el lanzamiento desde la cueva se convirtiera con vehemencia en la herramienta mutua de avance. Se replegó sobre sí mismo el partido desde el primer pestañeo y no terminaría por matizarse esta percepción antes del intermedio. El conocimiento mutuo y la preeminencia de la limitación de las virtudes ajenas tiñeron de densidad cada elaboración, cada intento de creatividad técnica. El centrocampismo se deshilachaba sólo en base a envíos de aspecto rifado y aproximaciones a balón parado.

Desde esta segunda vertiente se alzó el telón de las oportunidades. Una falta lateral que cayó en las botas de Banega se tradujo en el centro bombeado al segundo palo que cabeceó desviado Rami -minuto 5-. Relativo al aspecto central del guión, el de lo venenoso de las imprecisiones, nació la respuesta colchonera: una pérdida de Tremoulinas -amarrado por completo- en el centro del campo confluyó en el envío en profundidad de Gabi a Griezmann que resultó continuado por el galo, con un centro delicado a la frontal, para que el mediocentro enviara fuera su potente volea -minuto 8-.
Al borde del primer cuarto de hora escalonaba el Atlético a sus piezas en estático en busca de soluciones que materializaran su esfuerzo posicional por granjearse más cotas de posesión. Koke ocupaba la mediapunta con Saúl fluctuando por delante de Gabi y Augusto. De este modo sobrevino la primera circulación fluida, con compañía eficaz de los laterales, que fructificó en el desmarque cortante del interior zurdo y chut al lateral de la red. El Sevilla había renunciado a la horizontalidad y a la ganancia del cuero como arma para evolucionar de su encierro y salida frenética e infructuosa tras robo o balón dividido. El solemne testarazo ejecutado por Krychowiak tras un córner botado en el 15, si consecuencias, remarcaba lo pobre del bagaje ofensivo visitante.
Avanzaba desprovisto de oasis de brillantez la confrontación. El protagonismo del intercambio espléndidos ejercicios de repliegue -el local, de líneas adelantadas, y el visitante, de ardoroso cierre de pasillos y ayudas laterales en territorio propio- apagó, sin fisuras, cualquier atisbo de exquisitez. Sin continuidad en el ritmo ni en la ejecución de ideas combinativas, la intensidad mandaba los vatios de ejecución al cuerpeo y la fase defensiva, pintando un paisaje de agria apariencia para el aficionado que gusta del paroxismo ofensivo. Pero no estaba en juego este domingo la seducción sino la competitividad y el rédito estadístico. Más ortodoxo se mostraba el repliegue andaluz, que convirtió a Banega en extra de la trama y constriñó su posicionamiento a la caza de la segunda jugada y la vigilancia de las transiciones locales –o de su matiz estático desde la superioridad en los extremos-, entregando metros y papel protagónico al equipo capitalino. Sumó tres cabezazos desviados a balón parado hasta entonces. Asumió una relación más natural con el esférico el Atlético, que alcanzó el remate claro de Vietto en el 24. La conducción del argentino tras un desajuste oponente concluyó en el centro de Juanfran y remate desviado, desde el primer poste, del ex punta del Villarreal.
En tal tesitura de fútbol desfragmentado en guerra de guerrillas, donde nada resultaba descontextualizado salvo un episodio de exquisitez combinativa, cupo la tratativa de gol olímpico efectuada por Koke en el 26, el posterior lanzamiento desde larga distancia de Gabi, que quizá rememoró a más de uno la diana impecable asestada al Real Madrid hace un par de inviernos, o el rudo pelotazo que, testarazo en prolongación al segundo poste mediante, rozó la apertura del electrónico en el escorzo desatinado de Griezmann. Bajo el escenario de plomizo pragmatismo y virtuosa lectura e implementación de antídoto global atravesaba el duelo la media hora sin intervalos de dominio ni patrón que gobernara el relato, pero con cierta imposición de personalidad local. La incertidumbre a la que se habían abandonado ambos contrincantes parecería favorecer a la cosecha de sensaciones colchoneras. El Sevilla se manejaba con aparente placidez en el encierro perpetuo, que a estas alturas de minutaje yacía ya desprovisto de asideros de respiro, ni por alto ni en contragolpe.
Hubo de ser un resbalón inoportuno de Godín el que otorgara oxígeno y refrescara la ambición del Sevilla. El enmarañado contraataque lanzado por Banega y perseguido por Escudero encontró el patrocinio inesperado del infortunio charrúa, que propulsó la coherencia del avance para el remate final de Llorente que no apuntó a palos por el desvío, in extremis, de la zaga local -minuto 33-. Alzó metros de manera considerable el sistema de Simeone y, a pesar de su notable rendimiento en la vigilancia, un lance desafortunado le recordó los riesgos de imaginarse superior. No obstante, aunque la pelota lucía, entonces, rojiblanca, y el control de las variables del enfrentamiento también delineaban una inercia familiar con la pretensión del Cholo, el sistema sevillano redujo al mínimo la producción rojiblanca, evidenciando el músculo colectivo que ha fundado la obra de Emery a la espera de descubrir instantes y oquedades que permitieran proclamar, también, el carácter escurridizo de su planteamiento.
La exigencia de clarividencia asociativa había gobernado con rutilante rotundidad el primer acto. Ajustó el sistema visitante el movimiento efectuado por los pupilos de Simeone que, tras comprobar la futilidad del intento de imposición de las parejas Filipe-Koke y Juanfran-Vietto ante la solidaria red conformada por el descenso de metros de Vitolo y Escudero para abrigar el esfuerzo de Koke y Tremoulinas, buscaron vías centrales por acumulación escalonada de piezas. El sacrificio ofensivo nutrió la calma en el rendimiento de un Sevilla que, por otra parte, habría de buscar conductos de salida del encierro si no quería verse obligado a transformar su lustroso despliegue de achique en una exhibición legendaria de 90 minutos. Cambió de banda a sus exteriores Emery con la intención de alinear el talento de su artista fundamental y Vitolo, la pieza de más venenoso desborde en cancha, pero no obtendría fruto ante lo plano de la directriz, relegando a la pelota al elemento accesorio de su filosofía en esta visita. Quedó decretado el descanso con mayor insatisfacción local, debido a la presión inherente a la excelencia perseguida. La manutención de la conformidad visitante permanecía a la espera de fiscalización en el acto final.
Simeone reaccionó y varió el sistema y las atribuciones en un giro ambicioso disparado por la árida exposición atacante rival. Carrasco entraba por Augusto. El francés ocuparía la cal izquierda entregando a Koke el papel de gestor del balón, por delante del sostén Gabi. Saúl avanzaría en la libertad de subida que le cataloga como uno de los llegadores con mayor proyección del balompié nacional. Obtuvo de inmediato el técnico argentino la respuesta esperada, en la enésima convulsión de la hoja de ruta provocada. La movilidad buscada, con el perfil izquierdo convertido en la principal zona de desequilibrio, mezcló con un ascenso de revoluciones que aturdió la salida de vestuarios hispalense. Así, el centro de Koke conectó con el cabezazo al primer poste que Griezmann estrelló en la madera -minuto 52-.

La efervescencia local mutó el tempo del duelo, como tantas otras veces, y la hierba pareció inclinarse de forma decisiva hacia la meta defendida por Rico. Las posesiones rojiblancas ganaron rapidez y la multiplicación de centros laterales tomó forma al tiempo que el encierro visitante adoptaba el sobrevenido uniforme recalcitrante. Emery, reconocido intérprete de necesidades en pleno discurso, visualizó la recuperación de la anestesia por la vía de una mayor apuesta por la calidad. Krohn-Dehli, sensacional pensador horizontal y agutinante de posesión, sustituyó a Escudero en el 54, en un movimiento de clara querencia por el paso hacia adelante sevillano. Pero, el magnetismo de la aceleración rojiblanca volvió a percutir, como en tantos partidos cerrados, para decreatar un punto de inflexión. En esta ocasión, el agujero creado por el lado de Koke acogió el número de Vietto, pegado al córner, que sentó el afán del lateral para ganar la segunda amarilla y expulsión de Vitolo, víctima del escenario ideado por su entrenador y que pagaba la amonestación insulsa vista en el primer acto. Iglesias Villanueva amplió el incendio del ecosistema colchonero al mandar a la ducha a un Emery enfangado en protestas de aspecto reprobable según el prisma del colegiado.
Había anunciado el ascenso del ritmo un Atlético que no amainaría la tormenta hasta el desenlace, dispuesto a arrastrar consigo la intención de metamorfosis predispuesta por el bloque hispalense, que nunca quedaría fuera de su eje. Saúl abrió fuego con un testarazo a centro de Juanfran que sacó de la escuadra Rico –minuto 64- y el portero visitante repitió acierto a continuación para salvaguardar a los suyos en este complicado trance a través de la muestra de reflejos que taponó el chut raso de Carrasco, dirigido a la cepa del poste en una inteligente acción ensayada tras la falta cometida en la frontal del área andaluza.
Se disparó el envite hacia su epílogo con Gameiro sustituyendo a Llorente -inadvertido sin alimento-, Cristóforo sentando a Banega, Jackson -de rol rematador reclamado por el devenir del encuentro ante la acumulación de envíos aéreos sin delanteros espigados rojiblancos- haciendo su aparición por Saúl y Correa tomando la alternativa de Vietto –intermitente en un paisaje desfavorable-. En el entretanto del carrusel de cambios que desplegarían el tipo de recta final –con el Atlético jugando en la frontal visitante y el Sevilla achicando agua-, el 18 sevillista con alma de diez argentino, Banega, esbozó un ejercicio de maestría técnica para encoger el respiro de la tribuna al ceder la única oportunidad de remate de su equipo en el segundo tiempo a Gameiro. El galo no consiguió reaccionar con la presteza suficiente para evitar la interposición de la retaguardia madrileña. La revolución buscada por Simeone, que prosigue en su estudio de la conjunción de talento y músculo sin alcanzar la coherencia, no terminaba de completar el objetivo.
Encontró la continuidad en la circulación deseada el conjunto del Cholo cuando el rendimiento y el minutero exigían la épica. Se aposentó entonces el enfrentamiento en la cima de la tensión, con el equipo capitalino desprovisto de precisión por mor de la urgencia. La deflagración no inquietaba con regularidad al eficiente cierre visitante, a pesar de la presencia de Godín en el centro del área oponente. Tan sólo un par de chuts de Gabi desde la frontal después de rechaces, el primero más acertadoprovocando el refresco de los reflejos de Rico en el 81, significaron acercamientos que tradujeran el empuje en resultados pragmáticos. Resistió el correoso club andaluz en su versión más defensiva en base a una reseñable exhibición de trabajo coral y se dejó en el camino el liderato el conjunto capitalino, que pichó en casa con un despliegue que redunda en los guarismos generales del curso: no recibió prácticamente remates ni opciones peligrosas que perturbaran a Oblak, el menos goleado, pero tampoco consiguió conducir su torrente energético en la detección de espacios que culminaran en pases definitivos precisos. Resultó mejor en líneas generales el segundo clasificado, más ambicioso, pero ganó en fase defensiva un Sevilla que abandona una de las visitas más incómodas de su temporada con un punto y la impresión de crecimiento. La pericia natural de cara a puerta, de difícil entrenamiento, costó dos puntos a la defraudada performance atlética -de soberbio rendimiento en el segundo tiempo-.
Ficha técnica:
Atlético de Madrid: Oblak; Juanfran, Savic, Godín, Filipe; Augusto (Carrasco, m. 46); Griezmann, Saúl (Jackson Martínez, m. 75), Gabi, Koke; y Vietto (Correa, m. 79).
Sevilla: Rico; Tremoulinas, Rami, Carriço, Coke; Vitolo, Krychowiak, N'Zonzi, Escudero (Krohn-Delhi, m. 54); Banega (Cristóforo, m. 75); y Llorente (Gameiro, m. 69).
Árbitro: Iglesias Villanueva. Expulsó a Vitolo, del Sevilla, por doble amonestación en los minutos 31 y 60, y a Unai Emery, técnico del conjunto andaluz, en el 61. Amonestó a los locales Augusto (m. 4), Carrasco (m. 63), Correa (m. 86) y Filipe (m. 86) y a los visitantes Llorente (m. 34), Carriço (m. 67) y Sergio Rico (m. 82).
Incidencias: 54.000 espectadores asistieron al partido correspondiente a la vigésimo primera jornada de Liga, disputado en estadio Vicente Calderón.