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Los secundarios: ¿un Goya con dueño?

Por Laura Crespo






Tim Robbins, por Un día perfecto

El actor californiano entona perfectamente con el 'gamberrismo' de la película de León de Aranoa, pero guardando el punto deseable entre ser 'el gracioso' del grupo y caer en la payasada. Sin duda, la confirmada presencia de Tim Robbins en la gala el sábado será uno de los atractivos de la noche, aunque tiene difícil subir a por el galardón.


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Manolo Solo, por B. La película

Lo admirable de Manolo Solo es que, frente al festín interpretativo de su compañero de reparto, Pedro Casablanc, consigue permanecer en su sitio. Está claro que la atención de la cinta recae sobre el personaje de Bárcenas y él, el juez Ruz, asiste perplejo al testimonio del extesorero. Solo le da verdad a Ruz, entre ese asombro y la autoridad. Sin embargo, tampoco parte como líder de su categoría, quizás por un papel más frío, menos presente, que sus compañeros.






Felipe García Vélez, por A cambio de nada

Un rostro muy conocido de la televisión (Médico de familia, El Comisario o Sin tetas no hay paraíso) cuya interpretación tiene muchos ingredientes para hacerse con el Goya: el pícaro, el perdedor que se disfraza de héroe pero desprende patetismo, el que vive en los márgenes y con la nostalgia del pasado. Un secundario con presencia y peso en la trama. Lo que se interpone entre García Velez y el Goya al mejor actor de reparto tiene nombre propio y gafas: Javier Cámara.



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Javier Cámara, por Truman | Ganador

La Academia subsanó una de esas injusticias históricas con Javier Cámara hace dos años. El actor recibió su primer Goya, por Vivir es fácil con los ojos cerrados, a la sexta nominación y ahora podría estar cogiendo carrerrilla. Desde luego, todo apunta a que el galardon será para él, especialmente la trayectoria en la temporada de premios, en al que ya ha conquistado los CEC, los Gaudí y la Concha de Plata de San Sebastián, normalmente avanzadilla del Goya. Y es que el papel de Cámara en la cinta de Cesc Gay es como una bomba de relojería, todo contención, emotivo sin necesidad de buscar obscenamente la emotividad, de una realidad dolorosa y brillante en su intencionado plano secundario, de observador, casi como quienes se sientan en la butaca a este otro lado de la pantalla y, como él, miran sienten y callan.


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