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DE CESC GAY, CON JAVIER CÁMARA Y RICARDO DARÍN

Truman: morirse sin melodrama

jueves 04 de febrero de 2016, 21:35h
Lo último de Cesc Gay, Truman, consigue hablar de la muerte cambiando la lágrima fácil por el nudo en el estómago. De paso, una buen acercamiento a la amistad y el mecanismo emocional típicamente asociado a lo masculino. Titánicos Ricardo Darín y Javier Cámara.
Truman: morirse sin melodrama
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La última película de Cesc Gay es el producto de la madurez de un director que, probablemente de forma inconsciente, ha brindado cintas pegadas a la realidad de cada uno de sus momentos vitales. En Krámpack se centró en las convulsiones de la adolescencia; en En la ciudad tanteó la búsqueda vital de la treintena; y en Ficción y Una pistola en cada mano contó desde puntos de vista muy diversos lo que común y muy esquemáticamente se conoce como crisis de los cuarenta. Entonces llega Truman y pone encima de la mesa el nunca agradable asunto de la muerte, no tanto del hecho en sí de morir si no de las perspectivas ante un adiós.

El espectador se asoma a la película a través de Tomás (Javier Cámara). Con él llegamos a Madrid desde Canadá para visitar a Julián (Ricardo Darín), un viejo amigo sentenciado por el cáncer. Con él asistimos, casi como meros observadores a ambos lados de la pantalla, al proceso de despedida de Julián, canalizado a través de la escrupulosa búsqueda del que será el nuevo dueño de su perro, Truman. Y con él cogemos el avión de vuelta.

Así de simple y así de complejo es el trabajo de Gay, cuyo poderío reside en el equilibrio, la contención y el subtexto. Truman huye del melodrama y consigue con asombrosa efectividad un complicado reto: no provocar la lágrima fácil sino la congoja del nudo en el estómago. Enfrenta al espectador con las distintas formas de afrontar la muerte, con la soledad y el miedo, con el tabú, pero sin caer en la evidencia, provocando tensión, ternura e incluso, a ratos, flirteando con el humor.

Un desafío que pocos podrían haber afrontado como lo hacen Javier Cámara y Ricardo Darín, dos titanes de la interpretación que llevan la historia por el camino del éxito. En Una pistola en cada mano, considerado el mejor trabajo de Gay hasta que vino Truman a quitarle el puesto, el barcelonés se adentró en el terreno emocional comúnmente asociado con lo masculino, y lo hizo desde la ironía y la sátira. Con otro tono distinto, vuelve a hacerlo aquí, poniendo a los dos protagonistas al límite de la contención sentimental, donde la expresión de las emociones es terreno poco abonado, donde se dice poco pero se debe intuir mucho. Y Darín y Cámara acometen esta complicada empresa con una certeza aplastante, transmitiendo mucho más de lo que se ve en pantalla, descubriendo qué hay más allá de lo que cuentan los 108 minutos de película, en todas direcciones, no sólo hacia dentro, sino también hacia atrás y hacia delante en el tiempo.

Mención especial merece una escena que se desarrolla en una funeraria y en la Gay se permite el relajo del humor negro, así como la que se sitúa en el veterinario de Truman, que condensa en pocos minutos la esencia de la película: tres hombres hablando de una cosa y queriendo decir otra. Magnífica. De apariencia simple y complejidades infinitas.


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