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NOVELA

Patricia Highsmith: Carol

domingo 07 de febrero de 2016, 18:29h
Patricia Highsmith: Carol

Traducción de Isabel Núñez y José Aguirre. Anagrama. Barcelona, 2016. 320 páginas. 19,90 €.

Por Adrián Sanmartín

Acaba de estrenarse en España la película Carol, dirigida por Todd Haynes y protagonizada por Cate Blanchett y Rooney Mara, que ha cosechado, entre otros reconocimientos, cinco nominaciones a los Globo de Oro y nueve a los Premios BAFTA, incluidas la de mejor filme. En esta categoría, sin embargo, no ha sido nominada a los Oscar, aunque sí ha conseguido seis, menos de las que la mayoría de la crítica, que ya comenzó a elogiarla tras su pase en el Festival de Cannes 2015, considera que merece. Y algunos no dejan de preguntarse si en esa cierta racanería -habrá que ver si consigue alguna estatuilla- puede haber influido el asunto de Carol, que versa sobre una relación amorosa entre mujeres. Desde que Patricia Highsmith escribió la novela, en 1952, en la que se basa la película, la situación, evidentemente, ha cambiado mucho, pero quizá no tanto como pudiera parecer a primera vista.

Sea como sea, en ese momento, principios de la década de los cincuenta del pasado siglo, tal asunto se consideraba escandaloso. De ahí que la escritora norteamericana no se atreviera a publicarla con su nombre, sino bajo el seudónimo de Claire Morgan, y con otro título, El precio de la sal, como ella misma cuenta en el prólogo y el epílogo del volumen, donde explica la génesis y circunstancias de Carol, que encierra raíces autobiográficas: “La inspiración para este libro me surgió a finales de 1948, cuando vivía en Nueva York. Había acabado de escribir Extraños en un tren, pero no se publicaría hasta fines de 1949. Se acercaban las navidades y yo estaba un tanto deprimida y bastante escasa de dinero, así que para ganar algo acepté un trabajo de dependienta en unos grandes almacenes de Manhattan”.

En ese trabajo alimenticio, la destinan a la sección de juguetes. Una mañana aparece una elegante mujer rubia con un abrigo de piel que “parecía irradiar luz”. Patricia Highsmith se fija en ella y ese mismo día al llegar a su casa escribe ocho páginas de la historia. Después, una vez completada, la editorial donde se publicó Extraños en un tren, Harper & Bros, rechaza el manuscrito y se ve obligada a buscar otro sello. Finalmente, con seudónimo se publica y alcanza un gran éxito en su edición de bolsillo. Mucho tiempo después, en 1989, vuelve a publicarse, ahora ya con su verdadero nombre y el título de Carol, y que Anagrama puso al alcance de los lectores españoles en 1991, y ahora recupera con acierto al hilo del estreno de la película.

Sin duda, más allá del asunto concreto, la novela puede leerse como un relato de aprendizaje y descubrimiento de un yo asfixiado por los convencionalismos. Therese Belivet, su joven protagonista, lleva una vida en la que lucha por hacerse un hueco en el ámbito de la escenografía -en la película se la convierte en una aspirante a fotógrafa-, y tiene un medio novio, Richard, que le profesa adoración, pero que ella ve como un extraño. El encuentro casual con Carol hará saltar por los aires una existencia encarrilada para lanzarse a una aventura prohibida -tiene final feliz, lo que fue uno de los aspectos más controvertidos en su día, pero podría no haber sido así-, en la que Therese se va encontrando a sí misma. Therese vive en la insatisfacción vital, e igualmente Carol atraviesa por un momento delicado en la relación con su pareja. Aunque posiblemente ninguna de ellas se hubiera decidido a embarcarse en una vida más acorde con sus auténticos deseos sin el detonante de haberse conocido.

Carol es una excelente manera de acercarnos a una Patricia Highsmith en sus comienzos de escritora, donde muestra ya su talento para tramas absorbentes y su habilidad para la creación de personajes. A una Patricia Highsmith quizá menos torturada y tortuosa, pues parece darle una oportunidad al amor, a un atisbo de posible felicidad. Luego esto se revelaría como un espejismo y nos sumergiría en una obra donde lo “policiaco” es más que nada un envoltorio, un recurso, ciertamente muy logrado, para presentarnos un mundo turbio, oscuro, sin amor o con atormentadas relaciones, dominado por el mal y el brutal cinismo y amoralidad de personajes como el célebre Tom Ripley.

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