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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Sócrates, de Mario Gas y Alberto Iglesias: el teatro hecho astillas

domingo 14 de febrero de 2016, 19:38h
Sócrates, de Mario Gas y Alberto Iglesias: el teatro hecho astillas
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Tras una gira, llega a Madrid esta pieza protagonizada por el filósofo ateniense, al que da vida el gran actor José María Pou con su impresionante presencia escénica, en un montaje cuyo enfoque, planteamiento y ejecución encierran características controvertidas.

Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano, de Mario Gas y Alberto Iglesias

Director de escena: Mario Gas
Intérpretes: José María Pou, Carles Canut, Amparo Pamplona, Pep Molina, Alberto Iglesias, Ramon Pujol y Guillem Motos
Lugar de representación: Matadero / Naves del Español (Madrid)

Por Rafael Fuentes

En el juicio y ejecución de Sócrates en la Atenas democrática se dan cita apasionantes conflictos todavía latentes en la cultura occidental, ninguno de ellos reducibles a un esquema de sabios buenos frente a taimados oligarcas. Los helenistas modernos han superado con creces la defensa simplista y ferviente que Platón realizó de su maestro Sócrates. Hoy sabemos que la pedagogía socrática era un episodio más de un amplio movimiento de ilustración y racionalismo que se cuestionó severamente a consecuencia de la espantosa guerra civil entre las ciudades-estado griegas conocida como Guerra del Peleponeso. Las bestialidades de la contienda fueron atribuidas por muchos a la pérdida de los valores morales establecidos por la tradición y puestos en entredicho por los filósofos ilustrados. La inseguridad, el miedo, las plagas y las masacres causadas por la guerra no solo revalorizaron la religión tradicional, sino que en plena histeria bélica, indujeron a importar nuevas creencias mágicas, que les sirvieran como talismán psicológico frente al terror y el peligro cierto que les acechaba.

Desde Jacob Burckhardt hasta Gilbert Murray o Eric Roberston Dodds, el helenismo ha señalado cómo ese resurgir de creencias irracionales al calor de la conflagración y acciones de exterminio exacerbaron la animadversión contra los pensadores ilustrados. Esta alucinada magia originó procesos judiciales contra intelectuales en Atenas. En el 432 a.C. se declararon delitos no creer en lo sobrenatural y enseñar astronomía. En los treinta años siguientes se procesó a Anaxágoras y fue desterrado. A Diágoras, que salvó la vida huyendo tras su condena a muerte. A Protágoras, que igualmente se fugó para asegurar su supervivencia. Y en el 399 a. C. le tocó el turno a Sócrates, que pudo optar por el destierro o escapar como los anteriores, pero que eligió quedarse y beber la cicuta, convirtiéndose en un mito a través de los escritos de Jenofonte y sobre todo de Platón.

En el juicio a Sócrates el helenismo ha encontrado factores singulares. Sus enseñanzas, tal como las desarrolló el pensamiento platónico, no eran de un racionalismo opuesto a creencias oscurantistas, sino más bien un pacto con ellas. Tal como apunta E. R. Dodds en Los griegos y lo irracional: “Fertilizó la tradición del racionalismo griego cruzándola con ideas mágico-religiosas, cuyos orígenes más remotos pertenecen a la cultura de brujos nórdicos.” Políticamente, tampoco Sócrates simbolizó ideas democráticas contra el autoritarismo. Más bien fue siempre un crítico del orden democrático, y algunos de sus discípulos llevaron a cabo, en efecto, ese ataque contra la democracia. Fue el caso de Alcibíades, aristócrata ateniense, prosélito de Sócrates, que traicionó la lealtad a Atenas con el propósito de acabar con su democracia, jugando un papel decisivo en la destrucción de su ciudad natal.

Otro tanto puede decirse de su discípulo Crítias, figura destacada del Gobierno de los Treinta Tiranos, régimen oligárquico que se propuso terminar con la democracia ateniense en las postrimerías de la Guerra del Peleponeso, ejerciendo el poder sin límites. Un régimen que llenó las prisiones y ejecutó sin piedad a cualquier simpatizante de la democracia para después confiscar sus bienes. Cuando la libertad se instauró de nuevo, los atenienses buscaban una purga contra las facciones antidemócratas que habían causado tan pavorosas calamidades. El helenismo moderno considera lógico que Sócrates estuviera en el punto de mira de la recién instaurada democracia. Por él pasaban, intelectual y políticamente, las líneas cruzadas de la incipiente cultura occidental. No era un ingenuo en las garras de taimados poderosos. Léase La muerte de Sócrates del helenista Robin Waterfield para constatar lo previsible y complejo de su proceso y muerte.


Pues bien, los autores de Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano se han saltado a la torera toda esta apasionante investigación del helenismo moderno. ¿Para qué tantas complicaciones? Si un Bertolt Brecht se hubiera ocupado de dramatizar este litigio, no habría pasado por alto estas circunstancias reales ni la dialéctica de tales fuerzas enfrentadas. Pero Mario Gas y Alberto Iglesias han preferido sortear el conocimiento y las verdades que hoy hemos adquirido sobre el caso, para recurrir, por el contrario, a la hagiografía y la leyenda pueril y sin sustento. A grandes rasgos, su trama nace de la Apología de Sócrates y de Fedón, textos platónicos, y muere en ellos sin ir más allá. Se traza así un melodrama político de buenos que de tan buenos son impolutos, frente a unos malos malísimos que ejercen su maldad con una perversidad sin límites. A fin de cuentas, un culebrón de sobremesa con máscara política. Las ideas que exponen los autores vuelan tan a ras de tierra que pueden sintetizarse en las palabras que “El Rincón del Vago” proporciona en internet a esos escolares perezosos a los que no les apetece mucho reflexionar: “Sócrates lo veo como una especie de ‘martir’ que murió injustamente por exponer su filosofía revolucionaria. Creo que hoy en día más que nunca necesitaríamos muchos Sócrates en nuestro país que fuesen capaces de jugarse la vida, sin dejarse caer por la tentación del dinero, la ambición de poder, o el miedo a la persecución de sus pares corruptos para llevar esta Nación adelante.” Con leer este pasaje de “El Rincón del Vago”, con su imitación del simplismo adolescente, ya nos podríamos ahorrar el sermón, que repartido entre varios personajes, nos endosa este Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano. ¡Olvidémonos de la verdad histórica y de las laboriosas investigaciones sobre nuestros orígenes!

¿Pero es que alguien podría esperar un interés auténtico por Sócrates en esta obra? En realidad, el propósito de este espectáculo es atacar a la actual democracia española. Los acusadores de Sócrates no serían más que un símbolo de la partitocracia en la España de hoy, así como encarnarían la democracia corrupta que acapara los titulares de la prensa. Sócrates vendría a ser algo así como un angélico renovador enfrentado a esa corrupción, y que por ello atrae sobre él todo tipo de descalificaciones injustas. En síntesis, este Sócrates trasplantado a tierra peninsular, nos viene a decir: “No nos representan”, y podría pasar por un indignado sosegado e irónico contra el que los políticos profesionales serán implacables. Estamos, pues, ante un episodio más de esa epidemia populista que hoy se propaga entre nuestro teatro popular y que, comprobamos, gana terreno en los teatros públicos según sean los partidos que los administran. Hay que constatar que el público aplaude sin reservas estos sermones populistas endilgados en los textos teatrales. Y si el teatro es una tribuna pública y un termómetro de la vida colectiva, como formulase con acierto Larra, se puede verificar que en estas piezas populares el conocimiento y la reflexión cotizan peligrosamente a la baja entre los espectadores, con el riesgo de una auténtica bancarrota del pensamiento analítico. Este es un termómetro que no engaña y avisa de las corrientes subterráneas que fluyen en nuestra sociedad.

Pero mucho más que esta didáctica populista, el auténtico problema de Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano estriba en su desarticulación dramática. Situados los personajes de forma dispersa en una grada, la luz ilumina a uno de ellos, que desciende y se aproxima al público para dirigirle, cara a cara, su sermón. Sócrates medita en la oscuridad. La luz elige a otro, que baja como el anterior para proferir su homilía. Sócrates medita en la oscuridad. Y así avanza el espectáculo entre diatribas buenas y diatribas malas. Simplemente, no hay conflicto dramático, porque en las escasas ocasiones en las que los protagonistas dialogan, más bien caen en una corta discusión, no en un verdadero conflicto. Ni la música altisonante puede dar vida a una pieza concebida de esta manera, solo la soflama ideológica la puede mantener en pie. Hay momentos en los que nos sentimos exactamente igual que ante una arenga improvisada, encendida y airada que un ciudadano nos regalase subido al banco de un parque público.

En ocasiones, en esta obra las explicaciones resultan eternas, y entonces dos actores se alternan para recitarlas sucesivamente, dos minutos uno, otros dos minutos el otro. En otras, los malvados que han acusado a Sócrates, hacen apartes de cara a los espectadores, confesando su culpa y su propósito de insistir en su perversa tarea. Llamativo es el aparte que realiza el principal acusador, el poeta Meleto. Envuelto en una luz roja, que viene a ser como una premonición de las llamas del infierno que le aguardan por su mala acción, confiesa a la audiencia la bajeza de sus intenciones y el sentido de culpa por su maldad que, obviamente, no va a corregir, porque dejaría entonces de ser malo. Nos recuerda a aquellos pedagógicos espectáculos medievales donde se obligaba al condenado a la horca a dirigirse al público que presenciaba la ejecución, para contarle lo pérfida que había sido su vida y lo justificada que era su condena, avisando a todos que no repitieran sus errores porque acabarían como cinco minutos después terminaría él, colgado de la soga. Y, efectivamente, Meleto pende, al fin, simbólicamente de la soga como portavoz de la partitocracia.

Sócrates está construido aquí mediante un puñado de anécdotas apócrifas que encajan más bien con la filosofía y la actitud vital de los pensadores cínicos. A este material deslavazado, José María Pou logra darle coherencia, pues su presencia escénica consigue obrar estos milagros. Ocurre como en el resto del elenco, todos excelentes actores dotados para interpretar personajes de mucha más entidad en cualquier pieza quemás que una diatriba populista deshilvanada, fuese una auténtica obra dramática. La pretensión del autor y director,Mario Gas, de ponerse en la estela de Bertolt Brech raya en el ámbito de las ingenuidades altisonantes.
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