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TRIBUNA

Francisco: Balance de un peregrinaje

jueves 18 de febrero de 2016, 18:31h

Llevar 79 años a cuestas efectuando viajes transoceánicos tiene su aquel. Efectuar un viaje apostólico a México, con una abigarrada agenda y con jaloneo de intereses encontrados retando al Vicario de Cristo a que limite sus actos y su lengua, ya dice bastante. Constará la fe popular de un pueblo creyente, que se sitúa en las calles a esperar al sumo pontífice y ha sido fiel al solio pontificio, lejano de ser invitado especial o persona favorecida por conectes (enchufes) y contubernios para estar en primera fila con los políticos y ministros que se apuntaron a ver al Papa.

La lectura que puedo hacer de los recientes acontecimientos es que el papa Francisco en su viaje a México, ha cumplido altas expectativas, los fieles lo testimonian, sin importar que grupos antagónicos a la Iglesia retaran su presencia o pretendieran que atendiera a su agenda y no la de él; y que de tanto repetirse y repetirnos que el Papa debía reunirse con tales o cuales víctimas de lo que fuera, más de uno se lo ha creído. Que ya dirán que no cumplió, porque decirlo vende aunque sea un embuste, pero eso desde luego, es su percepción. Las disquisiciones poco ayudan ante los hechos consumados.

Sí, a Peña Nieto no le ha resultado su jugada de atraer respeto y reconocimiento solo por fotografiarse con el Papa. No capitalizó a esta visita como quiso. No le ayuda a su imagen. Y no lo hará porque el Papa ya se lo dijo en su cara: el suyo es un gobierno de privilegiados. Y que ello entraña corrupción. Requeriría combatirla y eso le es imposible a Peña, enfangado él mismo en corrupción.

El Papa define agendas, asume temas, desmigaja los mensajes y escoge los públicos. Su paso por México ha permitido dirigirse a muy diversas esferas: el episcopado, los fieles guadalupanos, las familias, los presos, el empresariado, los indígenas, los consagrados a la vida religiosa, los jóvenes, los migrantes, los enfermos terminales. En escenarios muy diversos, con multitudes que aguardaron hasta uno o dos días para verlo y peregrinaron desde todo el país y aun de otros países. Se ha denunciado con justicia, que en muchos de los actos y contrario a la naturaleza demostrada por el Papa, primaron los lugares para “invitados especiales”, cuya condición es bastante dudosa, y de existir cierta estrategia de aislar al Papa de los problemas reales. Ello es condenable y la condena y el reproche han de dirigirse a los organizadores, sentenciosamente a los Legionarios de Cristo y al gobierno Peña Nieto y no a la naturaleza del pontífice.

Ha sido particularmente llamativo que en los últimos días, en su pastoral, el Papa tratara los temas álgidos aludiendo a que no es indiferente a ellos, como tampoco a los rostros, a las circunstancias. Dando a entender así que es consciente de la intentona de aislarlo y no por ello habría de callar. Ha sido loable y muy reconocida esa actitud. No menos cierto resulta que debería de proscribirse esa categoría de invitados a sus ceremonias, que carcomen el derecho igualitario y privilegian prebendas y dudosos derechos de paso y méritos invocados: los llamados invitados especiales, los VIP que son un cáncer en la forma de organizar reuniones en México, por ser de forma clasista, discriminatoria e injusta. Los invitados VIP han acaparado los primeros lugares, mientras el pueblo creyente lejano, espera su turno.

El Papa salió sin problemas de México. Ileso. No corrió peligro (no se me escapa que al sumo pontífice le han disparado en plena Plaza de San Pedro en Roma en 1981, allí y no en otra parte), y me pregunto si las excesivas medidas de seguridad no entorpecieron el acercamiento popular, como sucedió en el Zócalo, plaza mayor de la Ciudad de México. El jaloneo por obtener boletos de pase a los eventos, una comunicación no siempre eficaz en la capital y el tenor de aglomeraciones, han ahuyentado a muchos. En las provincias por el contrario, la respuesta ha sido formidable. A mí me ayudó que la gente a veces no acudiera en tropel, porque pude apostarme con facilidad a verlo pasar muy de mañana, el domingo 14 de febrero, en un tramo del Paso de las Reforma al transitar por el Bosque de Chapultepec, en la capital mexicana.

La visita en su balance no ha sido poco. Ha pagado la deuda reconocida por Benedicto XVI, de postrarse ante la Virgen de Guadalupe. Ha escogido escenarios complejos, pero ha atendido su agenda, no la que ciertos grupos como querían para ellos. Ha tenido palabras duras para el episcopado mexicano, palabras no alabadoras al corrupto gobierno Peña Nieto y lo mismo ha reclamado la familia dialogante y armoniosa, que advertido a los jóvenes de no caer en manos del narcotráfico, definido como causado por la pobreza. Ha refrendado la lealtad de los pueblos originarios y ha clamado por que cesen la explotación y muerte de los migrantes en la frontera con Estados Unidos. Ha sido llamativo el clamor por el trabajo explotador que empobrece al trabajador en vez de enriquecerlo.

A mí me ha dejado satisfecho. Porque me he centrado en ello. Me habrían gustado más puntualizaciones, pero no negaré que abordó temas trascendentes sin rehuir realidades. Eso es loable y hay que ser intelectualmente honrado para reconocerlo. En Ciudad Juárez, tan castigada, ha agradecido la acogida de México. Me quedo con tres frases dichas a lo largo de este periplo: “No podía dejar de venir”, “México es una sorpresa” y que existe un “modo mexicano de habitar el mundo”. Eso me basta y me sobra. Enhorabuena, papa Francisco.

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