
El aire festivo propio del singular carnaval de Gran Canaria pugnó en la gestación del marco ambiental con el frente nuboso que amenazaba por contaminar, con agua, la alegre paleta carnavalera que pretendía acunar a los futbolistas que defienden el estatus de Siete Palmas como estadio de Primera División. En una suerte de alegoría atmosférica, esta batalla pareció trasladarse al verde, donde compaercían las urgencias de la Unión Deportiva Las Palmas y la rutilante superioridad técnica del Fútbol Club Barcelona. Los primeros trataban de tomar aire en la tabla liguera a través del abordaje de la utopía y los segundos, por el contrario, ambicionaban interponer un abismo entre su aposento en la cima del fútbol español y los perseguidores. Los anhelos descritos quedaban, pues, sujetos a la dialéctica que encierra la querencia combinativa de ambos púgiles y el pragmatismo que dicta la ley estadística.
La sensible acumulación de ausencias que azota al equipo amarillo -Wakaso, David Simón, Dani Castellano, Vicente Gómez, Montoro y Hernán-, que despobló la parcela central del esquema y cercenó la profundidad de dos carrileros amarrados en el pelaje de laterales, obligó a Quique Setién a diseñar una hoja de ruta tan valiente como deslizante. Trató el preparador cántabro de resultar fiel a su idea protagonista y colocó a Roque Mesa como la única boya de un sistema rebosante de talento con el cuero. La creatividad de Momo se alternaría con el desborde de Tana, Jonathan Viera y El Zhar, y William José ejercería de punta de lanza incómoda en el cuerpeo para los zagueros rivales. Por detrás, las bajas en los costados se vio suturada por dos obreros menos exuberantes, García y Garrido, y Aythami y Bigas cerrarían el arriesgado dibujo que sostendría bajo palos Javi Varas. Para sobrevivir, necesitaba disputarle el predominio en la medular al coloso, negándole el soliloquio con el esférico. La precisión y fluidez en el manejo del mismo habría de añadirse a la cohesión entre líneas y concentración en el achique. La apuesta a doble o nada del 4-1-4-1 previsto no podía evidenciar fisuras tras pérdida si no quería quedar expuesto y pagar muy cara la directriz.
Luis Enrique Martínez prosiguió con su dinámica de reparto de esfuerzos en la visita más larga y cansada que le marca el calendario de Liga. Eligió, en este caso, otorgar respiro a Busquets, Piqué y Rakitic, buena parte de la columna vertebral de su obra. Incluyó en liza, por tanto, a un Sergi Roberto de vuelta al mediocentro, a Mathieu como pareja de Mascherano y a Arda Turan en un rol más de ida y vuelta que la atribución talentosa que idealizó el turco a su llegada a Can Barça. Alba y Alves recobraban el cariz titular y la línea ofensiva más abrasiva del presente siglo volvía a atravesar el paso de los minutos impermeable a las rotaciones. Buscaría el líder implementar una reproducción de su dictado del tipo de duelo en una anunciada discusión en torno a la posesión de la pelota. La presumible exigencia táctica a la que se vería conducido su sistema debía mostrar la riqueza de variantes que cimentan la seguridad y detección de soluciones que lanza al campeón de todo. Esta prueba canaria a la consistencia y regularidad del gigante fiscalizaría, casi como en cada uno de los últimos partido como visitante, la vigencia del compromiso y automatismos sin balón y la pericia camaleónica de un libreto que también golpea por el cauce del repliegue, robo y salida vertiginosa. Eludir la influencia de lo improvisado en la configuración completaba la hoja de ruta catalana.
Se alzó el telón del enfrentamiento con el susurro de la disposición mutua que gobernaría el tramo decisivo de envite. La personalidad del Barça reclamó la pelota con celeridad, asumiendo el despliegue de una concepción protagónica a la que Las Palmas opuso resistencia con vehemencia. Las circulaciones visitantes pugnaban por establecer pasillos de avance entre el enmarañado sistema local, que yacía intenso y atado en cancha propia, a la espera de dispararse a la contra o aplicar una enmienda a la acción que le entregara participación en la conversación relativa a la posesión en estático. Al tiempo que los presupuestos ideados tomaban cuerpo sobre la hierba, Jonathan Viera lanzó desviada una falta de larga distancia -minuto 2-. Representó este acercamiento el aviso de lo que vendría a definir un prólogo apasionado de frugalidad ofensiva. No obstante, cuando el enfrentamiento empezó a adquirir bagaje y la altura del repliegue local evidenciaba su intención de eludir el encierro, sobrevino el primer mordisco. Un desmarque exterior de Jordi Aba rompió la espalda de la zaga y amortizó el descuido posicional de la pareja García-El Zhar, afanada en el tapón de la coyuntural pasividad de Neymar. Iniesta leyó el desajuste y el lateral envió un cómodo zurdazo que patrocinó la apertura del marcador efectuada por el aislado pichichi Suárez -minuto 6-.

El vigésimo quinto tanto del charrúa, sin embargo, no remitió el pentagrama canario. Los pupilos de Setien mantuvieron la ortodoxia atacante y lanzaron muchas piezas a cancha ajena, para discutir la fluidez visitante en la asociación horizontal y nutrir el riesgo representado en transición. Así, Roque Mesa lanzó fuera desde media distancia en el 7 de juego, como aperitivo de la respuesta coral que alcanzaría las tablas en el minuto 10. Ya había esbozado presencia la lucidez combinativa amarilla, abriendo grietas en el regreso tras pérdida oponente, e hizo caja en una llegada vertical que arribó desde el carril derecho y hacia la frontal. Desde allí, Viera, que explotó las oquedades azulgranas entre líneas, cedió, con un toque de tacón aterciopelado, para que William José batiera con claridad a Bravo.
Respondió con creces el partido a lo previsto en el colorido laboratorio de ambos banquillos y no amainó la escena espectacular hasta el 20 de enfrentamiento. Antes de cruzar esa frontera, resaltó un nuevo balón de Iniesta a la espalda de la adelantada zaga local -herramienta primordial culé- que Messi tradujo en una vaselina. La parábola relegó a Varas a lucir la enseña de sus reflejos en un despeje que confluyó en córner. Tras el decrépito saque de esquina consiguiente, Viera propulsó una contra vertiginosa que culminó Momo, control exquisito mediante, con un chut que no encontró el larguero por poco -minuto 15-. Alimentó esta frugalidad inicial la ulterior llegada catalana: la transición conducida con elegancia por Neymar, que aglutinó a marcadores para liberar a Messi, confluyó en la cesión de Arda a la llegada de Iniesta, que probó suerte para lucimiento de Varas -minuto 17-. El frenesí energético penalizaba cada imprecisión mientras que Las Palmas ejecutaba, entonces, el advenimiento de su paso hacia adelante, de su ganancia de metros e introducción definitiva en la charla por la posesión.
Atacar al Barça para desgastarle y obligarle a desplazar su atención de la elaboración hacia el repliegue tras pérdida. Esa era la idea y bajo este paraguas se templó el paisaje previo de toma y daca. En consecuencia, surgió el autógrafo de comodidad local con pelota y el repiqueteo de avances congruentes en salida combinativa. Entremezclando horizontalidad y vértigo para terminar de discutir el esférico de manera definitiva en el ecuador de primer acto. No compartía la responsabilidad en fase defensiva el tridente visitante y la superioridad canaria en el centro de campo se antojaba palpable en este intervalo. Pero ante tal tesitura, en plena indigestión catalana, Messi esbozó un lanzamiento de falta frontal sensacional que Suárez cabeceó, con todo a favor y en soledad, lamiendo el poste. Perdonó el charrúa lo que habría constituido un punto de inflexión notable: el atentado contra los presupestos de Setién y la estabilidad psicológica de su vestuario, que comprobaría cómo, a pesar de amaestrar el mejor equipo de este curso y anestesiar su identidad a través del hurto del papel protagonista, no era suficiente y volvía a verse por debajo en el electrónico. Pero sobrevivió a este lance y prosiguió su cortocircuito eficaz de la continuidad barcelonesa.
Se desató el último cuarto de hora antes descanso con un viraje dibujado por la actitud del Barça, que subió líneas para presionar y tratar de romper la dinámica construida por Las Palmas. El repunte de vatios visitante le entregó el cuero aunque no se resignó el sistema de Setién, que intercambiaba la presión a toda cancha con el cierre agazapado, dispuesto para romper en contragolpe. Messi descendió metros para participar en la elaboración primaria y alimentar la pausa que otorgara el mando del tempo, de una vez, a su equipo. Neymar centró su posición y los laterales pudieron, entonces, añadir su voluntad a los escaños que decidirían el relevo en el control de la parcela central del territorio. Sin embargo, el movimiento decretado por Luis Enrique no gozó de contundencia por lo escurridizo de la calidad amarilla en la tenencia del cuero. La falta frontal lanzada por Viera que Aythami cabeceó en escorzo y Bravo desvió a córner, antes del minuto 40, confirmó la ausencia de gobierno en la batalla medular.
Pero, como en tantos otros enfrentamientos disputados lejos del Camp Nou, la pegada se adelantó a la imposición del escenario y la arista pragmática que abraza el achique y contraataque sacó a flote al club barcelonés. Un balón largo de Alves lanzado al espacio que cazó Suárez -en clara posición irregular- inauguró la jugada. El uruguayo guió la transición hacia un número de finta y cambio de ritmo para ganar la línea de fondo y centrar. Messi remató, Varas reaccionó de manera sensacional y Neymar ajustició el pliegue adverso de la valentía posicional local -minuto 39-. Se plasmaba la cosecha primorosa de un Barça que extremó su fiereza rematadora para sobreponerse a los ardores generados por el devenir de la trama. Volvía a adelantarse al descubrir el callejón del rédito que promocionaba el peligro de disponer un sistema tan alegre ante la calidad ejecutiva del tridente más goleador del panorama inernacional.
El postrero chut de Roque Mesa que rozó diana como colofón a un respingo final de primer tiempo volcánico mandó a los vestuarios a ambos equipos y clausuró un excepcional primer tiempo. El atrevimiento local consiguió condicionar la línea argumental prototípica de un Barcelona al que sostuvo su eficacia de cara a portería, en un nuevo ejercicio forzado de obviedad del carácter monopolístico en el uso del balón. El cansancio de las esforzadas piernas del creativo centro del campo isleño jugaría a favor del bloque catalán, pero Lucho no esperó al decantar de los minutos y reafirmó su perfil proactivo sacando del campo a Arda -intrascendente con y sin pelota, todavía descontextualizado del ritmo con que se maneja su nueva plantilla- e introduciendo en la fórmula a Ivan Rakitic, elemento equilibrante y opción preclara de atino en el último tercio de cancha, llegando desde segunda línea.

Con esta modificación nominal comenzó la reanudación. Y lo hizo bajo el épico esquema de solidaridad anatómica canario. Las Palmas no sólo no mermó la fe en sus aptitudes y facultades atacantes, sino que prolongó su predispisición valiente. Salió intenso y ambicioso, con la defensa muy alta, reduciendo los espacios para la contemporización asociativa visitante. Recalcó su querencia por acorralar al equipo puntero español por mor del robo de la pelota y posesión. Y se granjeó un acercamiento precoz en base a dicha directriz. La adelantada presión forzó el fallo de Sergi Roberto y cultivó el terreno para el chut de Viera que abrió fuego en el minuto 46. Y, del mismo modo que en el intervalo annterior, el veneno acudió al rescate de los visitantes a través de la reproducción refleja del avance preferido culé: el pase cruzado a la espalda de la adelantada zaga rival. El lateral de turno, en este caso Dani Alves, rompió la desatención exterior del púgil gran canario, irrumpiendo en el espacio ciego y vacío y cediendo para el remate, en franca posición, de Suárez. El uruguayo golpeó en soledad pero, de nuevo, sin acierto. Varas diluyó el peligro.
Antes de que la variable física dictara el desenlace, Jonathan Viera lanzó una rosca al segundo poste que Bravo, providencial, sacó en plena estirada. Duraba todavía la energía a la presión alta de Las Palmas, que constriñó al repliegue y salida a un Barça incómodo, despojado de su plan. Sin embargo, quemado el primer cuarto de hora del segundo tiempo, el conjunto blaugrana comenzó a espolear la acumulación de minutos con el manejo del balón. Entonces, consiguió el Barcelona establecer un trazo continuado de anestesia horizontal que condujo al duelo a un travesía de centrocampismo que eludiría relevancia a la verticalidad, para significar la toma de oxígeno mutua antes del abordaje de la recta final de un combate por decidir. Por el camino perfilaron los técnicos el pelaje deseado de sus alineaciones. Así, Vermaelen sentó a un vacío Sergio Roberto en un movimiento que trataba de ganar empaque con el regreso de Mascherano a la posición de colchón de seguridad de su mermada medular; Lemos hizo lo propio con Viera -que padecía molestias-, en un intento de insuflar pulmones en busca del empate; Araujo entró en escena por El Zhar -esforzado en repliegue y falto de ardor en ataque- en busca de mayor presión a la retaguardia azulgrana; y David García cedió su resuello a la desestabiilización inherente a Nili.
La confección final de los equipos terminó por entregar la razón a Setién. Las Palmas, que se envolvió de forma definitiva en el suicidio ofensivo, encerró a un Barcelona despojado del ritmo, de la pelota, de la jerarquía pocisional y del cierre acostumbrado de partido por la vía de la exclusividad en el cortejo del balón. De este modo Araujo cuestionó la templanza culé de manera severa con tres disparos -uno más técnico y los otros secos- que no alcanzaron la dirección entre palos por poco -minutos 77, 83 y 88-. El absoluto dominio de la situación en los últimos 10 minutos interpretaron el padecimiento total de un coloso arrodillado al achique de agua extremado. No llegó a la orilla utópica un club canario al que sólo le faltó la puntería (cedió por poco en la batalla por la posesón -47% a 53%- y ganó en la relación de opciones de remate gestadas -16 a 13-. El infructuoso intento de Tana, previo robo en el campo ajeno, concluyó un partido que relanzó las sensaciones del necesitado equipo amarillo y propulsó la candidatura del vigente campeón, que, a pesar de saberse casi fuera de eje en tramos de esta visita, arrancó los tres puntos y se sitúa ya a 9 y 10 de ventaja con respecto a los perseguidores madrileños. Se prolonga de este modo, además, la racha de triunfos encadenados en Liga (ocho) y de imbatibilidad (que se eleva ya hasta los 32 duelos, muy cerca del récord de Beenhakker). Tras este trago, superado en base a un ejercicio de capacidad de sufrimiento y escapismo, la presión se traslada a la capital española. La excelencia no se relacionó esta vez con el rendimiento blaugrana pero sí la pulsión competitiva compartida con los pupilos de Setién. Gran partido, conclusiones positivas distribuidas con simétrico reparto y homenaje al perfil combinativo tan identitario del balompié nacional.
Ficha técnica:
UD Las Palmas: Javi Varas; David García (Nili, min. 87), Aythami, Bigas, Garrido; Roque; El Zhar (Araujo, min. 76), Tana, Jonathan Viera (Lemos, min. 66), Momo; y Willian José.
FC Barcelona: Bravo; Alves, Mascherano, Mathieu, Alba; Arda (Rakitic, min. 46), Sergi Roberto (Vermaelen, min. 70), Iniesta; Messi, Suárez y Neymar.
Goles: 0-1, min. 6: Suárez. 1-1, min. 10: Willian José. 1-2, min. 39: Neymar.
Árbitro: Carlos Del Cerro Grande. Mostró tarjeta amarilla al jugador local Roque (min. 84) y a los visitantes Arda (min. 33) y Alves (min. 86).
Incidencias: 26.951 espectadores asistieron al partido correspondiente a la vigésimo quinta jornada de Liga, disputado en el Estadio de Gran Canaria .