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RELATOS

Fleur Jaeggy: El último de la estirpe

domingo 21 de febrero de 2016, 15:50h
Fleur Jaeggy: El último de la estirpe

Traducción de Beatriz de Moura. Tusquets. Barcelona, 2016. 187 páginas. 17 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por Felipe Guindo

Se trata de un libro de veinte relatos cortos, cuyo orden parece no responder a un marco o estructura aunque, como es común en las recopilaciones de cuentos, hay temas e imágenes que se repiten y que le da cierta cohesión a la obra; un entramado de correspondencias que se empieza a percibir al tercer o cuarto relato y que acaba de saborearse cuando se llega a las últimas páginas.

Ciertos rasgos de la posmodernidad se registran en la estética de Fleur Jaeggy, nacida en Zúrich en 1940 y afincada en Italia, que nos brinda una narración sosegada, asentada, en la que las unidades de espacio y tiempo han pasado definitivamente a un segundo plano. Los cuentos suelen contener un discurso introspectivo, en el que aparecen, como en el pensamiento o los sueños. Los personajes tienen una voluntad diluida; la mayoría de las veces es complicado adivinar las inquietudes o pretensiones de los protagonistas.

Kafka es el precedente directo de este libro. Con La metamorfosis nacieron los personajes confundidos, impotentes, cuyo anhelo no es la superación de un objetivo sino la convivencia con uno mismo y sus circunstancias: un antihéroe en toda regla. El monstruo ya no está afuera, en el exterior; ahora los personajes son su propia amenaza: el héroe se ha convertido en monstruo.

Estos nuevos recursos se hicieron comunes a mitad del siglo XX, como el retrato de las maldiciones de la sociedad posmoderna. Se originaron en el teatro, con el absurdo y el conflicto estático (Beckett), pero poco a poco se ha ido desplazando a cierta narrativa como los cuentos que Fleur Jaeggy nos ofrece aquí.

Los escenarios familiares son frecuentes, pero siempre son un espacio de relaciones enrarecidas, donde la institución de la familia ha fracasado y los afectos fraternales o paternofiliales funcionan de forma anómala. Quizá es por esto que generalmente se denominan los ambientes de las narraciones de Jaeggy como gélidos, grises.

Estamos, sin duda, ante una obra magnífica, sin concesiones. La prosa huye de las formulaciones enrevesadas y los párrafos extensos: en muchas ocasiones, el relato funciona por acumulación de oraciones cortas y directas que, como si se tratara de un cuadro impresionista, actúan como rápidas pinceladas sobre las que no se vuelve. Así van surgiendo las escenas oníricas de las que antes hablábamos; Fleur Jaeggy evita a toda costa los episodios corrientes y los diálogos regulares, intentando encontrar siempre una composición improbable, como si se tratara de unas sombras chinescas donde las palabras se convierten en una pintoresca circunstancia, donde unos ciervos jóvenes allanan regularmente una casa para contemplar el busto de su augusto predecesor, por ejemplo.

En este volumen no hallaremos reflexiones ni conclusiones, pero aborda tangencialmente muchas cuestiones como la identidad sexual, las consecuencias psicológicas de un crimen, los secretos, el pecado… La lectura de El último de la estirpe es, sin duda, una experiencia inolvidable. No siempre placentera, en ocasiones terrible. Pero completamente provechosa: es un libro cargado de buena literatura de principio a fin.

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