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NOVELA

Jesús Carrasco: La tierra que pisamos

domingo 21 de febrero de 2016, 16:00h
Jesús Carrasco: La tierra que pisamos

Seix Barral. Barcelona, 2016. 272 páginas. 18 €. Libro electrónico: 12,99 €. El escritor extremeño, que debutó brillantemente con "Intemperie", confirma en esta nueva novela que es un nombre a seguir en la nueva narrativa en lengua española.

Por Francisco Estévez

Tras la esquemática pero penetrante alegoría que representó el aldabonazo de su opera prima, Intemperie, Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) pasa a una ucronía fijada en Extremadura inaugurado apenas el siglo XX. Un imperio colonizador ha sometido la Península entera y tiene este territorio por recompensa a sus militares destacados, como el esposo de Eva Holman, protagonista de La tierra que pisamos. En los días finales de su retiro y con el recuerdo de su hijo Thomas todavía lacerante, el destino de Eva cambiará tras la aparición de un intruso en sus tierras mientras cuida de su postrado esposo. El “indígena” entrometido es Leva, un hombre sin juicio ni voluntad, ahogado en su podredumbre, repugnante en principio a los ojos de la mujer. Con el pasar del tiempo e hipnotizada por el vértigo de la presencia silenciosa de Leva, reflexionará sobre su quebrado matrimonio, su fallida vida y su cultura toda.

El presagio ominoso de esa perturbadora presencia desata el relato. Eva se ve impelida a dar voz al mudo extremeño para así entender a esa figura ajena que estropea su aparente bello retiro. El intento de fijar su mudez o el discurso errático del hombre y su “narrativa inexplicable” le sirve de excusa para escarbar en su propia memoria y realizar un balance de su existencia. Así se repasará, y no a hurtadillas, varias de las muchas miserias del siglo XX con flecos que recuerdan los totalitarismos y sus campos de concentración o nuestra propia Guerra Civil. La dureza del relato viene entreverada por latigazos líricos, las más de las veces ligados a la naturaleza y al ser humano. El contraste fortalece la profundidad, tanto de la trama como de la psicología de los personajes, pues inesperados ecos se cruzan sin piedad alguna en descarnado ayuntamiento.

Eva reconstruye su pasado elíptico al intuir, descubrir y ordenar el ayer atroz de Leva que, poco a poco, se funde con el suyo propio. Por las noches teje como ansiosa Penélope la historia posible del intruso “pensando en voz alta, mezclando mis ausencias con las suyas”. En suma, esa humana búsqueda de relatos, del deseado al angustioso o rechazado. Leva busca historias de la nieve, Eva los azares de su vida a la sombra de una cultura totalitaria y su despótico marido. El asco y la pena dormitan en su boca por igual a la hora de conferir voz a Leva. Sin embargo, la empatía a través de una extraña y profunda similitud y el entendimiento a la postre con la alteridad produce la anagnórisis femenina -tan profunda como universal- y el alejamiento de su esposo, “hombre que no merece su descanso ni mis cuidados”.

El intruso aflorará recuerdos, añoranzas en ella y marcará el rumbo de los días y los nuevos escritos de Eva. La fusión temporal, de voces y la mezcla de imágenes en perturbadora sincronía pueden marear al lector desprevenido pero no al gustoso de empeñarse en mayores empresas. Trozos de carne y puñados de tierras, ese y no otro es el trasunto de esta novela que habla de vidas truncadas y personas sin voz, la de Eva y la de Leva, en búsqueda de su yo perdido en los círculos del tiempo. La narradora queda licuada en diversas voces por la agónica búsqueda de una hermandad que no precise escarbar la tierra. La patria común de una lengua se fija aquí en varias escenas antológicas dignas de análisis, entre ellas una: el recuerdo de una baya invernal que sirve a Leva para anclarse al ascua de humanidad que aún posee. El robusto e indolente relato queda aquí construido y apenas suavizado por amables cromatismos rasgados de amargura. A ratos se viene a la memoria aquella Carmen que inmortalizó Delibes en sus Cinco horas con Mario.

Igual que Intemperie, esa primera novela de Carrasco a veces reducida a un malentendido neorruralismo (la manía de quedarse en la forma y no llegar al fondo, ¡ay!), La tierra que pisamos posee una precisión lingüística de afilada exactitud, de menos virtuosismo pero más recalcitrante. Esta novela, sin embargo, presenta una estructura mucho más complicada que la primera de este brillante escritor. Ya no es la excelente calidad de página, sino la música latente que en su pluma adquiere el español. Algunos se lo afean, sin entender que la Literatura no depende de la estética elegida, sino de los logros conseguidos con ella. Una elegante prosa, desprovista ahora del eficaz preciosismo de Intemperie, pero que no abandona su carga hiperrealista, sino que exacerbada marca por necesidad el asunto del libro: la ambivalente esencia humana. La exactitud metafórica y de símiles es digna de aplauso siempre. Quizá el exceso pueda pesar a quien no fije atención, pero siempre adelanta no ya el relato, sino la introspección psicológica.

La consagración literaria de Jesús Carrasco es incuestionable con esta atrevida historia llena de riesgos también por su complejidad estructural. Quizá asoma alguna tara en el último tercio de la novela debido a la recarga de páginas e imágenes y a la fusión de elementos y personajes a punto de desbordarse. Sin embargo, el sumo celo del lenguaje de la obra, un esmerado estilo que por encima de su virtuosismo queda siempre al cumplido de la obra y una cuidada técnica, convierten a este libro en uno de los importantes del año. Esa tierra que pisamos, de la que provenimos y a la que siempre vamos, sirve de alegoría emocional y apunta a valores universales. El retrato femenino resulta de intensa provocación, fuerte contradicción y dubitativo y, salvados los extremos, de espejo a muchas mujeres que agotaron su vida a la sombra de alguien.

Con tan sólo dos novelas, Jesús Carrasco resulta imprescindible en el panorama narrativo. No es flor de un día, sino jardín donde aún queda ignoto su confín. Y eso es lo mejor, pues cierto que puede brindarnos más. Venga lo que venga, Carrasco es ya de lo más selecto en la novela española. Puede que algunos no gusten de su fragancia, peor para ellos, perderán a uno de los escritores más destacados de la nueva narrativa en lengua española.

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