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DESDE ULTRAMAR

Obituario: Boutros-Ghali y Eco

jueves 25 de febrero de 2016, 19:55h

Entresaco de mi cartapacio dos temas fatalmente relacionados de forma parcial, claro, propios de un obituario que amerita atenderse: La semana anterior han muerto dos figuras, cada cual en su ámbito: El exsecretario general de Naciones Unidas, Boutros Boutros-Ghali y el intelectual italiano más cosmopolita: Humberto Eco.

El uno me parece destacable. El otro hoy me causa cierta repulsa y decepción, porque Eco hizo unas muy desafortunadas declaraciones en tono de pontificar desde su alta investidura de intelectual encumbrado, que de tanto serlo pareció o perder el suelo o de plano, despreciar a su época y a la participación de las masas en eso que siempre ha sido elitista: la cultura y opinar y que se ha democratizado gracias a las redes sociales, dándole urticaria, tal parece. Mas no adelantemos.

El egipcio Boutros Boutros-Ghali, copto, ergo cristiano, a quien por serlo le fue vedada la presidencia de Egipto –reservada a quienes profesan la religión musulmana– brincó a la fama cuando fue elegido para presidir las Naciones Unidas (1992-97). África alcanzaba así visibilidad internacional y él honró a su origen con creces. Cercano a los acuerdos de Campo David, adelanto que será recordado como un hombre cauto, discreto, mesurado, congruente, dispuesto al diálogo, a mediar donde hiciera falta, a impulsar lo que fuera necesario en pro de alcanzar la paz allí donde se requiriera. A Boutros-Ghali no se le puede ningunear ni se le puede desconocer su aportación. Fue tan certero en su gestión, que las potencias denostaron su actuar y de plano, lo echaron, bloqueándolo. Se apartó.

Escandaloso proceder de aquellas que privaría a África de mantener la visibilidad necesaria gracias a su ejercicio, de no haberse buscado un africano para que continuara al frente del máximo organismo mundial: el polémico y sospechoso de corrupción, el ghanés Kofi Annan, el buenito que no le llegó ni a los talones.

El prestigio del trabajo de Boutros-Ghali fue tal, que, aun no exento de polémica y con guerras que afrontar, el sucesor del peruano Pérez de Cuellar, siguió siendo no solo recordado y referido, sino a veces buscado aun en el maremágnum de las relaciones internacionales de finales de la centuria pasada. No es frecuente que eso suceda en puestos como el suyo, pero sucedió.

Con Humberto Eco no lo tengo tan claro. Intelectual merecidamente renombrado, versátil, fructífero, profuso, multipremiado y reconocido sin límites ni cortapisas, me resulta innegable su talento, pero no me quita el sueño ni me deja boquiabierto. Y no me deja así porque apenas el año anterior hizo unas muy desafortunadas declaraciones. No matan su mérito, pero sí exhiben al personaje. Sí, es el sujeto que aportó magníficas obras como El nombre de la rosa y a mí, en especial, me dejó una estupenda lección de su labor académica en la renombrada Cómo se hace una tesis, que me sirvió la mar en mis años universitarios para enfrentar la propia. Hasta ahí, todo muy bien.

Pero me decepcionó su debatible y extraviada postura sobre la incursión de la gente en las redes sociales. Si la expresó como quien opina de lo que sea, va. Que si no…sería brutal que lo haya manifestado en serio. Conque…Eco será un referente, más como novelista, posiblemente. Que ya luego como opinólogo, acaso no sea tan afortunado. Recordemos que expresó el año pasado que “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas, que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios.”

No sé que le condeno más: si su dejo de suficiencia, su referente al rápido acallamiento a la opinión contraria o que rechace que tenga la gente hoy el derecho a expresarse, ahora de manera multitudinaria. No puedo con esto.

La pregunta que me hice entonces fue ¿quién va definir qué calidades han de reunir quienes participan en las democratizadoras redes sociales, que tanto fastidian al poder y dan voz a millones que nunca la tuvieron, igualando el derecho a expresarse? Y de allí se desprenden muchas más. ¿Quién tiene la estatura moral irrefutable, para decir quién sí y quién no debe expresarse, que le parezca idóneo? ¿cuál es el criterio válido ante la simple y llana libertad de expresión que corresponde a nuestras democracias? ¿puede la intelectualidad, por encumbrada que sea y con acceso a la palestra para expresarse, demeritar a los usuarios de la redes, solo porque a su leal saber y entender no reúnen los méritos para hacerlo? ¿tendría Eco una idea de cuál debe ser su tal para cual que esté a la altura de incursionar en ellas y que sean por cada una, personas dignas de expresarse? ¿es que puede (podía Eco) vilipendiar a los usuarios, por muy catetos, pelmazos o cretinos que pudieran parecerle o que en verdad, lo fueran?

Me parece inadmisible la postura del italiano y desde luego, la deploro. No se puede censurar la participación en ese espacio neutral que son las redes sociales, aunque no nos cuadre quienes las usan, mientras sea legal hacerlo y no sean terroristas o las empleen con fines ilícitos. La simple expresión de personas comunes, no es censurable. No nos es potestativo definir la idoneidad del usuario, per se. Aunque te llamaras Humberto Eco. Así de sencillo. No se lo consentí.

Son declaraciones que no tiran su obra a la basura. No, mas no me equivoco en mis juicios. Sí advierto que son un desprecio a la participación de las masas por una vía que las ha equiparado. Entiendo y mucho que lo celebro, que a la élite intelectual como a la política, eso les fastidia, acostumbradas a ser las únicas con derecho y acceso a la expresión. Pero no hay más. Solo resta fastidiarse. El espacio está ganado y no puede avalarse minimizarlo, así lo expresara tan dilecto intelectual. ¿Tales expresiones no volvían idiota a Eco? En un descuido…

Me desconcertó, toparme con la intolerancia de Eco pontificando desde su alta palestra, no sé si por un calentón de boca, un enfriamiento del cerebro, por ganas de reflectores o sencillamente por extraviado. Sí, así se trate de Humberto Eco. Las vanidades, las posturas facetas, de exquisito redivivo o al verse inmerecidamente cercano a nosotros, los simples mortales, se me atragantan. Las combato, porque no tendría ni valdrá más el derecho de Humberto Eco a expresarse que el de cualquiera de nosotros. Despreciar la otra opinión so pretexto de creerla pueril por ser ajena, encubriendo así que solo vale la nuestra, será algo que rechazaré y pienso seguir haciéndolo. No le inquieto más, amigo lector: ha muerto un referente de nuestro tiempo y su obra escrita es lo que trascenderá. Sus opiniones sobre los demás, ya veremos.

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