Casi cinco meses después, el Barcelona enfrentaba a la única roca que se le ha indigestado desde el nacimiento del octubre de 2015. En el Pizjuán confirmó el Sevilla lo indigesto de su planteamiento para un coloso catalán que logró esquivar, sólo de refilón, lo pegajoso del libreto hispalense en la Supercopa de Europa estival. Desde aquel 2-1 que entregó a Emery el primer triunfo ante los blaugrana para su currículo, ambos contendientes sobrellevaron los vaivenes de rendimiento iniciales para dispararse hasta el notable punto de cocción actual. Los culés pasean plácidamente por la Liga desde su cima, a un partido de empatar el récord de Beenhacker -34 jornadas encadenadas como invicto- y a tres puntos de sentenciar al calamitoso Real Madrid; los sevillanos, por su parte, ya tienen ya boleto para la final copera, se manejan con vehemencia en la reconquista de la plaza de Liga de Campeones y del entorchado continental de la Europa League, y pocos descreídos le niegan ya el estatus de élite defensiva al muro que desembarcaba en un Camp Nou expectante. Se entremezclaban los exponentes de dos estilos antagónicos de concebir y practicar el balompié. Se desplegaba un duelo de altura en esta suerte de paréntesis de entreguerras que esclarece el calendario con respecto a las competiciones europeas.
Luis Enrique interpretó este envite como una fecha más a quemar, consciente del colchón liguero y la profundidad de su plantilla. Así, el técnico asturiano prescindió de un puñado de piezas básicas de su estructura habitual (Alves, Iniesta, Rakitic y Mascherano) para proseguir con ese reparto de esfuerzos que tantos parabienes le ha proporcionado en los últimos dos cursos. Mathieu acompañaría a Piqué, Vidal haría lo propio con Jordi Alba en los laterales, Arda y Sergi Roberto abrigarían a Busquets y el tridente, que asombra con una cosecha de 93 dianas en lo que va de temporada, volvía a significar la única línea impermeable. La variación nominal, como es costumbre, no modificaba la filosofía en modo alguno. El guión particular no delineaba sino la reproducción más afinada del intento por imponer el ritmo y perfil de partido que les es favorable o, en su defecto, la exhibición de riqueza estratégica que solidifica el repliegue y lanza contras venenosas. Otro día más en la oficina que exigiría más atención en las labores sin balón de lo acostumbrado como local. Gozaba el Barça de una oportunidad idónea para confirmar una escapada que le abonaría el terreno para centrarse en las competiciones de eliminatoria directa que redondearían un ejercicio irrepetible. Cambiar muchas piezas para que nada cambie.
Unay Emery, refutado opositor a banquillos de pedigree, promocionó la candidatura de su club a alcanzar el escaño que ocupa actualmente el Villarreal sin complejos pero con bajas nucleares. La sanción padecida por Banega y el infortunio que atenaza a Krychowiak trastocaba, en parte, la ambición real visitante, pues debía sobrevivir sin sus ojos clarividentes y desprovisto de los pulmones que ganan enfrentamientos. Pero, en una reproducción a escala del diseño deportivo catalán, el baile de nombres no termina por mermar el despliegue e idea colectivos. Cristóforo y N´Zonzi confeccionaban un doble pivote de achique y salida que encontraba en Krohn-Dehli a su enganche y en Vitolo al elemento desestabilizador exterior familiar. Iborra y Gameiro, una de las parejas más complementarias del fútbol patrio, buscarían las cosquillas por arriba y en duelo terrestre a la retaguardia local. Sobre Sergio Rico, Rami y Kolo recaía la jurisdicción del freno a los astros rivales y en Coke y Tremoulinas confiaba en preparador la paliza de ayuda en repliegue y evolución en transición que mediría el futuro inmediato de los suyos. De la cohesión, capacidad de sufrimiento y pericia para localizar vías de escape continuadas dependería la nota final de esta complicada visita. Con el empate como horizonte, la finura asociativa tras robo marcaría su hoja de ruta tanto como el rigor en la red de ayudas de la medular, el trecho que decidiría el ganador.
No pospuso la batalla el esclarecimiento de su esencia central: el Barcelona dispondría de la pelota y el Sevilla opondría orden, equilibrio y vértigo en contragolpe. La celeridad con que se estableció el tipo de trama coincidió con el intenso primer capítulo de la conversación. Ese primer pestañeo sirvió a los visitantes para subrayar una personalidad que desde temprano les granjeó la comodidad en el repliegue en estático suficiente como para dispersar a sus piezas en busca de la cosecha de peligro al espacio. De este modo, alzó el telón de las hostilidades un equipo de Nervión que firmó la seriedad e irreverencia de sus presupuestos sin importar lo ilustre del púgil a confrontar. La indecisión en el despeje de la zaga catalana en un saque de esquina favoreció el chut alto de Kolo –minuto 7- que abrió fuego. Acto y seguido, en el 10, ampliaba el repertorio paradigmático el rebelde andaluz con el balón largo que bajó Iborra para la volea tímida de Vitolo que estrenaría los guantes de Bravo.
Todavía sin gobernar el centro del campo ni el tempo, ante el escurridizo rival, los chispazos de calidad volvieron a adelantarse al argumentario barcelonista. Un descontextualizado pase vertical de Aleix Vidal, que penalizaba lo adelantado de la zaga sevillana, inauguró un tríptico de Luis Suárez que refrescó al Sevilla lo arriesgado de la complacencia. El charrúa trazó un desmarque excelso entre los centrales que concluyó con el disparo duro que Rico envió a córner –minuto 12-. El córner fue botado con genio por Messi. El lanzamiento del argentino se estrelló en el poste antes de que los zagueros detectaran el intento de gol olímpico. El 9 cazó el rechace y repitió suerte, esta vez al larguero, con un cañonazo desde el punto de penalti. El golpeo desviado desde el pico del área completó la llamarada inicial de un Barça que, poco a poco, pintaba de blaugrana la pelota y hacía retroceder metros a la valentía hispalense.
Ganó minutaje y densidad el duelo. Las circulaciones azulgranas se veían anestesiadas por el balance horizontal sevillano. La asociación entre líneas se veía cortada sin remisión y la incomodidad local alcanzaba en torno al 20 carácter tangible. Neymar y Messi, ambos sacados de escena por las superioridades exteriores tácticas estudiadas por Emery –con esfuerzo de Vitolo y el cerebro danés-, no conectaban con la línea previa, y Arda Turán volvía a asemejar su vivencia en Can Barça desde un ritmo más pausado del que necesita su integración en el colectivo. Resultó bajo este paisaje que la tribuna vio helado su aliento. Tremoulinas, Krohn-Dehli y N´Zonzi amortizaban un agujero diseñado entre semana en el carril izquierdo. El desequilibrio catalán, a la espalda de Vidal, favoreció el avance del lateral galo, que movió la acción hasta el centro de seda hacia el segundo palo. Allí, el comprometido extremo canario cruzó su remate para batir a Bravo y confirmar la campanada prematura. El cumplimiento de la argucia visitante entregó rédito estadístico a la fenomenal lectura y uso de la potencialidad del gigante. Había conseguido evidenciar la endeblez sin balón del líder y sacaba tajada en el 19 de juego.
No cambió el rictus el Barcelona, como si este contratiempo en forma de mordisco y enmienda global entrara en el plan. La velocidad y movilidad de las piezas centrales permanecían inalterables. Sin embargo, el viraje hacia la gestión contemplativa de la ventaja visitante emergió en contemporaneidad con la fluctuación de Messi de la cal hacia el carril central, hacia la explotación de las fisuras entre la unión de líneas del achique hispalense. La conjunción de ambas situaciones no tardó en esbozar el desequilibrio por la vía de la excelencia. La calidad de Messi en la finta y su lectura del juego con visión periférica empezó a regar las asociaciones entre líneas, en la mediapunta, y, en consecuencia, a integrar y sacar lustre al rendimiento de piezas como Neymar, Suárez y Arda. La acumulación de obreros no resistía con tanta templanza los envites y cambios de ritmo combinativos culés. En este contexto tendente al monopolio blaugrana del esférico, Neymar imaginó un taconazo aterciopelado, en estático, que Suárez tradujo en una falta al borde del área, tras ganar el baile a Rami en un ejercicio soberbio de manejo del cuerpo. Messi cerró su advenimiento dibujando un lanzamiento al palo contrario al natural para un zurdo que Rico no percibió. Balón a la escuadra y empate –minuto 30-. Se reiniciaba el partido por mor del magnetismo del mejor jugador del mundo, con las sensaciones reviradas y la inercia enfrentada a los intereses sevillanos.
La pérdida en su campo de un Cristóforo muy desacertado con pelota, previa presión voluntariosa culé, patrocinó el chut raso y cruzado de La Pulga que Rico repelió luciendo reflejos –minuto 35-. El 10 había arrinconado la vigencia de la estrategia de Emery para que los comparecientes bailaran según el compás de la calidad. Este pentagrama convirtió el arribo del descanso como un triunfo para un Sevilla que no encontraba, entonces, la continuidad en el respiro. Aceleró el Barça para fiscalizar la consistencia del cierre visitante. Y Neymar y Suárez brindaron a Leo dos oportunidades de remate desde ambos picos del área grande que la zaga logró desviar in extremis. Sobrevino el intermedio con un 70% de posesión local y una relación de ocho a cinco en situaciones de peligro generadas y tres a dos tiros entre palos, con las cartas boca a arriba.El fuelle marcaría el desarrollo de la competitividad hispalense, como tantas otras veces en la ciudad condal. La variable del cansancio volvía a jugar como un futbolista más de la trinchera de Luis Enrique.
Sin cambio de nombres se decretó la reanudación. Emery buscó repetir disposición al susto a la contra y ambición posicional, negándose al encierro, y el Barça, por el contrario, no matizó en absoluto el recorrido del último cuarto de hora del primer acto. Y la precoz tormenta de remates tocó tierra con el centro parabólico de Sergi Roberto que conectó con la volea de Neymar y el despeje de Rico -minuto 46- como aviso. En el saque de esquina posterior, la clase regresó a manifestarse antes de las líneas argumentales. La doble pared cocinada entre Messi y Suárez, en espacios reducidos y dentro del área, confluyó en el envío del uruguayo que Piqué convirtió en el 2-1 -minuto 47-. La ferocidad del frente ofensivo barcelonés no admite oquedades. El ascenso del ritmo marcó el camino a seguir a los pupilos del Lucho, que coronaban la montaña dispuesta por el sexto clasificado como aperitivo del segundo tiempo.
A partir de este punto de inflexión por el cauce de la remontada consumada, el guión de partido propuso la contemporización local, que buscaba, ahora, templar el ardor visitante con un cortejo del cuero extremado. Pero, antes de que la charla abrazara dicha apariencia, hubo espacio para la reacción plena de pundonor y trabajo de un Sevilla que volvió a negar, por tercera vez, su rol de víctima propiciatoria. Un toque de primeras de Iborra dejó en mano a mano a Gameiro con Bravo. El meta interceptó la intención del galo salvando a los suyos en la. primera combinación sostenida andaluza -minuto 51- Prosiguió este intervalo de apertura de espacios con la respuesta de Messi, que leyó los callejones del achique rival para ceder una opción de remate a Neymar que el brasileño estrelló en Rico -minuto 52-. El portero hispalense contendría aún más a su sistema al enviar a córner el chut de Busquets. Mathieu cabeceó el córner subsiguiente desviado.
Fue recuperando el Barça el papel dominante del devenir al tiempo que ambos entrenadores definían sus apuestas a través de las modificaciones y el Sevilla se propulsaba hasta las barbas de Bravo aprovechando el salto de página blaugrana. Alves, Rakitic e Iniesta recuperaron la participación por Vidal -vaciado-, Sergi Roberto -cumplidor en fase defensiva- y Arda -creció pero no se despega de su intermitencia- y Luis Enrique deshizo las rotaciones para cerrar los tres puntos a través del soliloquio horizontal. Emery, por su parte, introdujo en la fórmula el desborde de Konoplianka –por un Cristóforo superado- en un movimiento ofensivo que no tardó en entregar resultados. La amenaza al contragolpe, recuperada gracias al frenesí ucranio, gestó el respeto culé que le hizo ceder metros. El pase de Iborra, fuera de radar entre líneas, que Krohn Dehli remató desviado desde la frontal -minuto 57-, reflejaba la validez de la interpretación del entrenador vasco. Volvía a ganar la partida el mediapunta espigado, antes de abandonar el verde, para bajar un saque de banda en el último tercio de cancha que terminó en el disparo desatinado de N´Zonzi.
La salida de Iborra y entrada de Muñoz, punta canterano por testar en este escalón, sentenció la tratativa sevillana: N´Zonzi se convertía en el único sostén de un centro del campo diseñado para alcanzar las tablas. Y creció el Sevilla hasta rebatir la gobernanza del partido en el ecuador del segundo tiempo. El posible penalti de Rami a Neymar dio paso al perdón otorgado por los visitantes, que no hicieron caja en una jugada de pizarra promulgada por la indecisión defensiva catalana. La imprecisión en los últimos metros condicionaba el resultado del notable despliegue hispalense. Suárez contestó a dicho acercamiento al rematar sin acierto un pase de Messi que le fue entregado por el desvío de un zaguero. La luz que encendió el incendió barcelonés parecía sumar su voluntad al control de la situación. A la economía de esfuerzos y defensa con pelota. Sólo se permitiría el Barça una llegada antes del desenlace. Corría el minuto 75 cuando el 10 condujo para encontrar a Neymar y susurrar una pared que finalizó con amague, finta y chut demasiado cruzado del argentino.
Le tocaba el ejercicio épico a un Sevilla que murió presionando arriba. Alzando sus líneas y constriñendo al Barça al repliegue y salida. Pero el trabajo barcelonés, marco estructural de todo lo demás, negó el avance sevillano y sólo permitió un disparo a las nubes de Korhn-Dehli –minuto 83-. Controló con pragmatismo el epílogo del envite un Barça que se distanció a doce puntos de su máximo rival con una rúbrica alejada de la excelencia esteticista del pasado cercano. Prosigue el relato exitoso del transatlántico culé en busca de un nuevo título liguero. El 2-1 final, que distribuyó de forma asimétrica los puntos en liza, repartió conclusiones positivas en ambas direcciones. La actitud, atención a lo preparado y evolución sobre la marcha encumbró el nivel de una final copera que se antoja, visto lo visto este domingo, deliciosa. Se aleja el Barcelona de sus perseguidores a la misma velocidad que la competitividad nacional se deshilacha y se trompica el objetivo andaluz. Pero, al fin y al cabo, no todo en el fútbol es estadística. La Copa está servida.