www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La conjura pedagógica

El tiro al pedagogo es ya un hobby demasiado vulgar. Blanco fácil y confortable da este, en nuestra erística mediática, el juego que antaño daba el pianista en las broncas tabernarias del oeste; aunque también hay plumas de copete más castizo que prefieren tajarle con espada ropera. Con estos mimbres, nunca faltan encastillados panfletos sobre la destrucción de la enseñanza por parte de la ignorante conjura pedagógica. Que así es como se alivia, desde el dintel del epígrafe, el último rugido en esta suerte de pasquines. Libelo editado por una firma, cuyo nombre le añade a la cubierta –justicia poética– una indicativa peana sobre su propio desnorte.

¡Ah, pérfido paidagogo, maquinador abyecto que de esclavo del griego pasaste, sin saberlo siquiera, a dómine del Novus ordo seclorum! Y es que, lejos de indignarme, sonrío recordando cierto comentario sobre la chaladura conspirativa del malogrado David Icke. Al principio, decía el reportero, Icke parece un tipo audaz con información privilegiada. Pero cuando empieza con eso de los reptilianos es como si alguien te ofreciese una tarta coronada con una guinda de mierda. El pastel promete y tienes apetito, pero ¿cogerías una ración? La guinda de Icke –su tarta de guinda–, es que nuestro planeta está dominado por una fraternidad de lagartos antropomorfos, oriundos de la Constelación Draco. Al parecer, y el tipo va en serio, entre dicha cofradía estarían Al Gore, los Bush, la reina de Inglaterra, la familia Rothschild, y el actor y músico de country Kris Kristofferson.

¿Indigesto? Pues por lo que toca a nuestro asunto parece que algunos estuvieran balbuciendo sabios protocolos de análoga..., clarividencia. A lo pronto: que detrás de las siete plagas de la educación española está la mano negra de los pedagogos. Si los niños no leen es por culpa de los pedagogos. Si un padre va a juicio por darle un cachete a su hija, léase ahí la oscura doctrina de la secta pedagógica. ¿No hay esfuerzo por la cultura ni cultura del esfuerzo? Disparen al pedagogo. Lo que también valdría, por supuesto, para el vandalismo juvenil y demás corrupciones de cuerpos y conciencias. Así que no lo dudes, profesor, si un alumno te escupe en la cara: ¡devuélveselo al pedagogo! Hombre malo… ¿Serán compinches de los reptiloides?

Una astracanada, vamos, un cronopio, un cuentucho dadaísta; algo así como a caballo entre Los lanzallamas y Que se mueran los feos. Me pregunto si habrá pedagogos en el Grupo Bilderberg, pues según Icke su junta está infestada de culebras. Pero no. La verdad del gremio apunta bastante más precaria. Por lo menos en España. Como bien recuerda el profesor De la Herrán: “En nuestro país se identifica al pedagogo con clichés absurdos y extendidos, o como el causante de todo lo criticable en educación. Pero ni es asociable a estas etiquetas, ni por desgracia tiene en España peso específico, por lo que poco se le puede atribuir” (Boletín del Colegio de Doctores y Licenciados, marzo de 2012). Fiel juicio, sin duda, con el invertebrado estatus que detenta aquí la Pedagogía.

Críticas, que no dentelladas de crótalo, son siempre necesarias. Porque una buena crítica es un mapa, una rosa de los vientos en nuestra deriva por el fluido pastiche de la posmodernidad. Otro de los cargos, por cierto, que se endosa tenazmente al pedagogo: su posmodernismo. Palabro acuñado por Federico de Onís en 1934, y cuyo concepto capturó definitivamente otro Federico, apellidado Jameson, cincuenta años más tarde; al menos eso cuenta Perry Anderson en The Origins of Postmodernity. Sea como fuere, bien me parece que Fredric Jameson concluyera su opúsculo medular sobre la posmodernidad, con un llamado al diseño de mapas cognitivos capaces de orientar a las personas en el espacio mundial del capital internacional. Y que definiese dicha tarea como la confección de: “Una cultura política de carácter pedagógico, que devolviese a los sujetos concretos una representación renovada y superior de su lugar en el sistema global” (El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, 1984).

Lo del mapa, como tropo de lo humano, viene pisando fuerte. Para muestra, dos botones: Le carte et le territoire (2010), de Michel Houellebecq; y The Map and the Territory (2013), de Alan Greenspan. Amén de los últimos ahíncos en torno al ídolo sináptico; porque lo de mapear el cerebro ha estrujado ya más neuronas que la carrera espacial. Aunque eso de la composición de lugar es empeño antiguo. Pues el paisaje de la patria, global o aldeana, siempre ha sido una extensión solidaria del huertecito del yo, con sus divinas asociaciones de ideas bajo la ilusión del albedrío. O sea, que todo mapear es a la postre un mapearse, el oficio sagrado de conocerse. De lo que se colige que no hay más Tierra Prometida que el paisaje de nuestro ser mismo, ni más porvenir que el que trae cada cual. Glosa que tomo de la guía espiritual, o “Pedagogía del paisaje” (1906), que Ortega fermentó durante dos paseos por la linde segoviana. Uno junto al piadoso Rubín de Cendoya, y el otro con ese al que llamó: “El último español en grande estilo; el entusiasta, vibrante y férvido Francisco Giner”. Pedagogo.

Posdata. Mi saluda a toda cultura crítica que, con buen criterio por sextante, contribuye a cartografiar nuestro territorio educativo en medio de este nuevo salpicón o desorden mundial. Cultura exigente, sabrosa, espléndida. Una cultura política de carácter pedagógico que nos devuelva una composición renovada y superior de nuestro espacio cognitivo en el paisaje global; empezando por casa, claro. Una cultura política –y de nuevo Ortega–, que subordinada a los fines más sublimes de la pedagogía coadyuve a circunstanciar sin atropello el sueño platónico. Así lo apeteció, el maestro, bastante antes que Jameson. Pero como digo, supongo que sólo fue un capricho, una ganga para florear su rúbrica en el jardín del mitologema sobre la paideia; concesiones del divo a la utopía-ficción o utopatía educativa, cuyos bálsamos no deben ocultarnos nunca el estricto, incontrovertible y fenoménico aroma de la realidad. A saber: que el pedagogo es el hombre del saco, y la reina de Inglaterra un lagarto de la Hermandad Babilónica.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(3)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de Desarrollo Editmaker

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.