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TRIBUNA

Quo vadis, Hispania?

jueves 10 de marzo de 2016, 19:45h

Pues, aquí lo tenemos: prosigue el gobierno Rajoy en funciones, porque no hubo acuerdo en la investidura resultante del 20-D. Y encima, lo previsible: a posibles elecciones nuevamente. No le valió de mucho a Rajoy ganar en número de electores ante la irrupción de los nuevos partidos liando el tema.

En el exterior, aquí en ultramar, empieza a parecernos llamativo y preocupante esta falta de acuerdos en una sociedad polarizada al grado tal, que no fue contundente en las urnas el 20-D, que marca inexorablemente a su clase política, y pensamos que una nueva elección (la previsible de verano) dará resultados similares, con lo cual el atorón de la semana anterior podría repetirse. ¿Da para que suceda ad infinitum?

Observo que las plumas optimistas, las más españolas, –casi en tono tranquilizante y aleccionador– sostienen que este impase y otros modos y maneras vistos estas semanas recientes, son gajes de la democracia, y que no pasa nada si una votación de investidura fracasa, pues entonces se repite y ya está; normalidad democrática, dicen. Y si los acuerdos tardan en llegar, pues que tarden, que para eso hay democracia. O que si repetir comicios solo demuestra solidez y libertades, también es de sabios cambiar de opinión. Mas pienso que lo normal si sería que los electores al ver la faena de cada cual de los principales actores políticos, ya podrían cambiar de opinión y esta vez otorgar las mayorías justas, pese al desgaste de repetir elecciones que sí están comprometiendo la imagen de España en el exterior. Resuelvan o no al interior.

En este marco, considero que ya se agotó el tono explicativo, justificador por lo democrático, de ciertos ademanes, prácticas, dimes y diretes que hemos presenciado, vengan de Iglesias o Sánchez, Rajoy o Rivera, tanto monta; y todo salpimentado con discursos de “todo vale”, o del todo cabe, ya se pasó tres estaciones. Lo que está pasando en España ya no es normal. Y no lo agoto en el tema de que, cómo quiera que sea, todo está previsto en el cuerpo constitucional. No, no es solo repetir elecciones, es lo que subyace: dos Españas. Hay un debate más profundo y acaso, peligroso. Hay un choque de visiones e intenciones. Dos que desafían el orden vigente. Como abogado y crítico social no me creo que todo va en la ley, porque sé muy bien que no todo se agota en ella. Ojalá que así fuera. Lo escrito, pues: lo que está pasando en España ya no es normal, que por fortuna todavía la llave de la solución está en los electores. De momento. El desafío está lanzado y debe de poner alerta a todos los españoles.

Porque sí, una cosa es la búsqueda de acuerdos, de buscarle la cuadratura al círculo y de hacer piruetas políticas, que quizás resulten y formen gobierno –por endebles que sean– empero todo eso está bien como discurso, pero la realidad entraña complejidades que parecen ya ser insuperables y que se reflejan en la falta de acuerdos y cancelación de diálogo. Ese es el quid del asunto. ¿Se están moviendo intereses subterráneos cuyas aletas es lo único que se avista? ¿lo que estamos viendo, la furia y el descrédito, son solo manotazos propios de momentos políticos calculados? o ¿están demostrando una España realmente confrontada, que apenas puede apelar a las urnas, como última parada, antes de irse otra vez a los catorrazos, que en boca de más de uno, se piden? Y no digo que regrese el 36, pero el tono elevado de las vociferantes voces reclamantes no abona a la tranquilidad ni a la unidad de su tierra. Algo se ha roto en España en esta era democrática y estamos presenciándolo.

Ya el nerviosismo de Bruselas se ha manifestado un par de veces. Ya está claro que las recriminaciones del pasado, hechas por ambos lados, las acusaciones y chantajes, mostrando hasta el hueso calado el peor espíritu de las dos Españas, esta vez sí con la modalidad de ser a cuatro bandas pero al final, las dos Españas, no superadas, regresan. Abonan a dar no un aire de profunda inestabilidad, de momento, pero sí alertan de una falta de capacidad para el acuerdo y de preocupante carencia de miras como estadistas en sus políticos, que sí puede comprometer no solo la imagen de España, sino cosas más puntuales, como su economía, y si me apura, su estabilidad social si se prosigue azuzando ánimos. Eso ya no es positivo para la imagen de España en el exterior. Es paradójico que en este escenario, se anuncia que se registró en 2015 un incremento del turismo mayor que el año anterior. Quizás es que la cosa no es tan grave o la gente no se entera y va a lo suyo. Sea pues.

Que ahora se repetirán las elecciones solo anticipa el forcejeo político. Desde luego que sería positivo que los ciudadanos hagan algo más que acudir a las urnas, votando efectivo, definiendo mejor el panorama político. Que la política es tan importante como para dejarla a los políticos. Involucrarse en algo más que ir a votar, contribuyendo de una vez por todas a desatorar el menudo nudo gordiano que se ha cebado sobre la normalidad democrática que España merece. Ahora, por ejemplo, están valorando el peso de un Senado con mayoría política diferenciada a los diputados. Un equilibrio que no parecía importar o existir, al grado que he leído a más de un estudioso español diciendo antes: “¿para qué sirve el Senado?” Pues han estado a punto de averiguarlo: para frenar al partido contrario o para generar negociaciones, cuando hay cámaras de mayorías diferentes y el jaloneo es más interesante. Lo hemos visto en México en la década pasada y en efecto, ello puede también paralizar al gobierno de turno en su gestión.

No estoy seguro de que Pedro Sánchez haya crecido estas semanas como político. Le han estallado en la cara todos los posibles acuerdos. Mientras tanto, trascienden más al exterior las medidas de cambiarle nombres a las calles y el quitar efigies del rey. Contrasta con lo que debaten los mesurados líderes políticos en relación al 20-D, de pajarita en los Goya. Supongo que son otros los problemas de España y en dado caso, de forma que ni con tirios ni con troyanos, devuélvase el nombre original a cada vía y si no lo hubo, a calles nuevas poner los faltantes. Que todos quepan y caben en el noménclator. Quitar a unos u otros es tan excluyente como lo que se quiere combatir cuestionando lo que se hizo décadas atrás. Supongo que un poco de generosidad, cordura y sensatez haría apostar a todos por una España incluyente y no por una innecesaria que vuelva a mostrar su peor rostro: el ya bien conocido de la exclusión, el silencio y el olvido.

Total, que también en broma lo expresaba semanas atrás en redes sociales a los amigos españoles: ¿y si apostaran por un cónclave? como sea ha funcionado allí donde lo usan. La Moncloa no es San Pedro ni la Sixtina, pero con una fumata, queda. Todo para remontar esta suerte de parálisis, de freno que no se destraba. Así, la pregunta termina siendo óptima y obligada, invadido por cierto sentimiento cuaresmeño: la: Quo vadis, Hispania? Es cuanto.

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