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El toro en México. De lo denigrante a lo digno
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El toro en México. De lo denigrante a lo digno

Bardo de la Taurina
lunes 14 de marzo de 2016, 18:12h
No todo aquel que viste de luces se puede nombrar torero.

Las peores cosas o las situaciones más repudiables suelen presentarse en los momentos menos indicados e inoportunos y fue así como en tierra azteca, la que taurinamente es diametralmente opuesta a la Fiesta Brava se dio el caso o más bien se volvió a reincidir en la más ruin de las bajezas que es el mancillar no nada más al toro de lidia, sino implícitamente con ello a toda la Fiesta de Toros y Toreros, lo que se dio en la persona de un individuo innombrable (Alejandro Martínez Vertiz), el que esporádicamente se viste o más bien usurpa el traje de luces y uso el término usurpar, porque no todo aquel que viste de luces se puede nombrar torero ¡claro que no!, toreros son Ponce, Juli, Morante, Manzanares y todos aquellos que del toreo hacen una liturgia, en donde no deberían de caber los anatemas.

La indignación se dio cuando previa a la magna demostración valenciana, a través de las redes sociales apareció una fotografía aún tierna tomada en un plaza portátil en donde se plasma al lidiador alternativado referido ‘enfrentando’ a un burel presumiblemente tierno al que se le ve la forma artera, denigrante, vergonzosa y repudiable forma en que le fueron castradas, serruchadas, amputadas, sus astas, hasta en más de sus mitades hasta haberlas dejado a similitud de las de las naturales de un becerro o sea del nacimiento o sepa, saliendo en horizontal y tan solo le dejaron a manera de señalamiento la casi inapreciable curvatura primaria que da origen a la curvatura.

La lamentable fotografía llega a lo vomitable, cuando sin esfuerzo se resalta la carita inofensiva e inocente del torito, en una imagen de total mansedumbre o sumisión, incomprensiblemente impropia de la naturaleza de un animal bravo, se le ve claramente la mirada extraviada, perdida en la nada, suplicante de esa piedad que piden los inocentes, los desamparados, los inofensivos o tal vez los seres condenados a muerte, sin el derecho de poderse defender, ni siquiera con el aliento de un suspiro, todo por haber sido rebajada su dignidad.

De entre sus mandíbulas sin huellas de fuerza alguna, se mira cómo el animalito asoma su otrora vigorosa lengua, convertida en despojo orgánico de paliducho color blanquizco que le cae sin fuerza como trapo inerte, en la más dramática señal de que el cuadrúpedo ya ni jadear podía como un recurso valido de a quien se le está escapando la vida, tendría derecho de hacerlo y ya ni qué decir de la sequedad desértica por la que atraviesa su lengua que en condiciones naturales debería de brillar de trasparencia.

Y sin aliento alguno, sin un gramo de fuerza, se ve el testuz incólume, su carita indefensa, inerte, recargada sobre uno de los vigorosos muslos de su victimario, el gladiador vestido de luces, mirando a la otra musculosa extremidad del hombre de seda se destaca lo que quedo del pitón violado que asoma apenitas como si fuese un insipiente tumor fibroso, pero en este caso inofensivo por que no asusta ni aun niño en un cunero.

Pero la fotografía aún nos muestra mucho más, nos deja ver la osadía de un torero envalentonado como el que más, valiente como un huracán, arrollador como el eructar de un volcán, grandioso en su valor como un héroe de guerra, ese paladín de la temeridad ante el ‘muerto vivo’ se está jugando su integridad física, está desafiando, corriendo el riesgo, a merced de que el viento de la tarde, también moribunda por la dantesca escena, mueva como un hilacho la lengüeta de lo que queda del burel o aún más el matador está corriendo el peligro inminente de que una mosca se pose sobre la faz del inocente y provoque el más leve imperceptible de los movimientos lo cual sería imposible, por el estado físico del inminente difunto.

¡Qué valentía de torero macho!, el que en busca de la gloria y el reconocimiento ha esculpido una tumba al toreo gallardo, valiente, admirable, ese que estamos tratando de fomentar entre los niños, ese con el que los taurinos desde nuestras trincheras defendemos, el que con el alma queremos proteger de los embates políticos, el toreo o más ampliamente calificado el que nos brindan, algunos innombrables toreros, ganaderos, empresarios y que lo permiten las autoridades mexicanas, las que deben de velar por la dignidad de la fiesta.

Por esto y muchas cosas más y estando en mi derecho de libertad de expresión, de prensa y de sentimientos, le volteo la cara a estos mercenarios y les recuero que el toreo sin ética, sin honestidad, sin dignidad, sin valor, sin arte, nunca jamás será cultura y si degradación, más que de un animal noble, de un hombre carente de todo respeto.

Y perdón por el estado moral en el que me encuentro y por el que he destilado estas letras amargas, pero el que aún y a pesar de mis lágrimas, que quiero pensar son las de muchos taurinos mexicanos, podemos voltear a Valencia y exclamar entre coraje, hiel y decepción, sí, pero también con orgullo, un ¡Gracias Valencia! por mostrar al mundo como se defiende la Fiesta Brava.

Esa queenEspaña ha vuelto a renacer en la memorable fecha del 13 de marzo del 2016, mientras queenMéxico, le seguimos cavando una fosa nosotros solos sin ayudadelosanti taurinos, a quienes no necesitamos para asesinaralamás antigua de nuestras fiesta y tradiciones,porqueaquí los enemigos de la Fiesta Brava,están dentro de ella misma.

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