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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Arte Nuevo, de A. Sastre y M. Fraile: la España convaleciente

El cineasta José Luis Garci debuta brillantemente en la dirección escénica con “Cargamento de sueños”, de Alfonso Sastre, y “El hermano”, de Medardo Fraile, dos representativas y sugerentes piezas del movimiento “Arte Nuevo”, que fue un revulsivo en el teatro español de los años cuarenta.

  • Foto: Sergio Parra


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Arte Nuevo. Cargamento de sueños, de Alfonso Sastre, y El hermano, de Medardo Fraile
Director de escena: José Luis Garci
Intérpretes: Miguel Ángel Muñoz, Gary Piquer, Ana Carlota Fernández, Ana Fernández e Irene Pozo
Lugar de representación: Teatro Español (Madrid)

El cineasta José Luis Garci irrumpe con brillantez en la escena teatral retornando a una de sus fascinaciones juveniles: los dramas del movimiento “Arte Nuevo”, surgido en los primeros años de la postguerra española. En el grupo “Arte Nuevo”, durante la década de 1940, habían dado sus pasos iniciales dramaturgos como Enrique Cerro, Alfonso Paso, Medardo Fraile o Alfonso Sastre, entre otros. Pasos juveniles e inaugurales, pero no balbucientes. Encarnaban una protesta firme e impetuosa frente al teatro comercial de la época, contra la herencia rutinaria del estracán, los melodramas impostados, la imitación desvaída del teatro de Benavente y los espectáculos de cariz folclórico. En realidad, contra todo el mal gusto teatral que ya habían denunciado en la preguerra críticos como Enrique Díez Canedo y los círculos intelectuales orteguianos. Pero “Arte Nuevo” no aportaba ahora solo una crítica teórica sino también un material dramático realmente explosivo para los cánones imperantes.

Testimonio de ello son las dos piezas elegidas por José Luis Garci entre el conjunto de “Arte Nuevo”: Cargamento de sueños, de Alfonso Sastre, y El hermano, de Medardo Fraile. En ellas encontramos prostitución, incestos, desesperación, asesinatos, culpa. Toda una sacudida innovadora que habría de zarandear la sensibilidad de un todavía adolescente Garci, tal como él mismo ha confesado: “A los quince años cayó en mis manos un tomo titulado Arte Nuevo, donde se recogía más de una decena de obras. Más que leerlo, lo devoré. Supuso para mí un descubrimiento y un deslumbramiento. De pronto vi que había otra forma de teatro que nada tenía que ver con el que solía hacerse en ese momento. Con Arte Nuevo estábamos ante algo diferente, renovador. Fue un grito vanguardista y existencial donde se conjugaba muy bien el inconformismo con el talento.”

La elección, a su vez, de estos dos títulos: Cargamento de sueños y El hermano, no es en modo alguno circunstancial o azarosa. Representan precisamente los dos polos extremos de “Arte Nuevo”. Uno, Cargamento de sueños, encarna la depuración estilística, el simbolismo abstracto, la experimentación onírica con una extraordinaria carga de angustia. El otro, El hermano, supone el punto de partida hacia un nuevo realismo donde se supera la trivialidad costumbrista a través de elipsis y sugerencias que apuntan a cuestiones recónditas, afiladas y peligrosas, nunca explícitas, sino únicamente entrevistas, en la línea del mejor Chéjov. En Cargamento de sueños, José Luis Garci ha conservado lo esencial, la desesperación estupefacta y sin aspavientos de Manfred, un vagabundo que se dispone a dormitar en la noche ante un cruce de caminos, bajo la luz de la luna. Su encuentro en ese páramo nocturno con un segundo vagabundo, Jeschoua, nos permitirá conocer su siniestro pasado, donde el amor hacia una prostituta le induce a la esperanza de una redención que, en una terrible ironía, no desemboca en ninguna salvación sino en el crimen y en un aniquilador sentimiento de culpa. Todos los sueños esperanzados han pasado a ser incógnitas y desperdicios. Muy especialmente la fe religiosa, estrangulada ahora por el silencio de Dios.

Con ecos más o menos nítidos de Noches blancas o Memorias del subsuelo, de Fiodor Dostoievski, y una clara presencia del pensamiento existencialista de Martin Heidegger, que hace de los protagonistas seres para la muerte, o de Jean-Paul Sartre, que lleva a percibir la vida de Manfred como una pasión inútil, el encuentro bajo la luna de ambos vagabundos evoca, por anticipado, el clima y el encuadre sobre el que se construirá una década después el Esperando a Godot de Beckett. Varios críticos, entre ellos Ricardo Doménech y Medardo Fraile, han insistido sobre el carácter “prebeckettiano” de Cargamento de sueños, mientras que otros han replicado que se trata de un croquis demasiado ambiguo y abocetado como para considerarlo una prefiguración de Samuel Beckett. Está claro que en la actual puesta en escena, José Luis Garci se sitúa del lado de los primeros. Pese a su propósito declarado de no actualizar la obra y de trasladarnos más bien al ambiente angustiado de la década de los cuarenta, Garci ha llevado a cabo retoques dramatúrgicos sustanciales para subrayar la analogía del drama de Alfonso Sastre con el “Godot” de Beckett.

Ha concentrado para ello el foco de atención en los vínculos entre Manfred y Jeschoua. Con este fin ha hecho desaparecer los espectros de la Madre y el Padre de Manfred, con su protección y consuelo inútiles. También ha suprimido la fantasmagórica partida de ajedrez que Manfred libra con la muerte -abocada a un trágico jaque mate-, y ha barrido de la escena, entre otros, a los Hombres Indiferentes, sepultureros impasibles que todavía vinculaban el texto de Sastre a la tremebunda leyenda romántica del joven que asiste a su propio sepelio.

Se mantiene el letrero que preside la escena con la palabra: “Ewigkeit” –Eternidad, en alemán-, pero el paisaje nocturno ha sido sembrado con ruinas que aluden a los despojos provocados en la América profunda por el “crack” de 1929, dejando en la penumbra un escenario más próximo a la sensibilidad de Garci. Es decir, la atmósfera del noir, los panoramas de Dashiell Hammett, las expresionistas secuencias del cine negro o las escenografías más desesperanzadas de Eugene O’Neill, como pudiera ser la de Una luna para el bastardo. En ese clima donde las ilusiones se han convertido en escoria, se realza el dolor de Manfred, cuyo nombre contraído a la abreviatura “Man”, generaliza el sufrimiento a toda la especie humana. Aquí el actor Miguel Ángel Muñoz ha adaptado con inteligencia su trabajo para la pantalla cinematográfica al teatro, logrando que la desesperación de su personaje Man lata con una furia contenida, que no se desborda nunca hacia una sobreactuación efectista. Man se encuentra dominado por una cólera impotente al no hallar ninguna señal consoladora, incapaz de vislumbrar en su compañero fortuito Jeschoua la serenidad compasiva de Cristo. En cambio, la preocupación indulgente de Jeschoua, su empatía misericordiosa, las connotaciones de su propio nombre, lo aproximan extraordinariamente a Jesús y a una redención que Man no consigue percibir. Pero el universo equívoco de las sombras nocturnas también puede engañarnos a nosotros e inducirnos ver el consuelo de un redentor donde solo están las palabras corteses de un vagabundo, o quizás las de un loco, o tal vez las de un vulgar impostor. Gary Piquer lleva a cabo una excelente interpretación que mantiene a su personaje Jeschoua en esa inquietante ambigüedad entre la esperanza de salvación y el cruel fraude. Es el punto estratégico que más aproxima esta pieza inaugural de Alfonso Sastre a la obra inicial de Samuel Beckett, y Garci ha sabido subrayarlo con pericia.

Más aún, el cineasta madrileño ha querido otorgar a su atormentado personaje otro desenlace que no está en el texto y que se pone en marcha con un inesperado amanecer que llena el escenario de un deslumbrante color rojo. Garci ha decidido conceder a Man la oportunidad de “volver a empezar.” No está explícitamente en el drama de Sastre, pero en cierta forma está autorizado por la dedicatoria preliminar del dramaturgo: “Porque en un instante cualquiera de esta noche oirán de los labios metafísicos del Cristo el anuncio de la madrugada.” Y en cualquier caso, esa segunda oportunidad de “volver a empezar” cae en la intersección de caminos de las interpretaciones del público. La segunda oportunidad puede ser un hecho, puede ser solo un deseo del director de escena o pudiera resultar, también, una alucinación en la agonía del protagonista. La intuición reflexiva de cada espectador deberá dilucidar por sí mismo esta cuestión. El montaje de José Luis Garci ha transferido a este drama el ritmo pausado de un prolongado plano-secuencia, el placer de una melodía continua, sosegada, reflexiva, en la clave de un melancólico adagio con notas vivaces en la conclusión. Una partitura perfecta para la España convaleciente en la que se escribió este teatro.

Con El hermano, de Medardo Fraile, pasamos a un registro diametralmente opuesto. Una casa modesta en la inmediata postguerra. El realismo, en un primer instante costumbrista, de una familia abnegada que se reúne para cenar. En torno a la rutina y la fatiga del final de la jornada se va abriendo camino una incógnita, un secreto cada vez más agudo como un punto de fuga que taladra los hábitos de la costumbre. Los padres tratan de reconducir la situación hacia las pautas rutinarias que conceden la tranquilidad. Pero los hermanos, Pedro y Lucía, continúan su pugna particular, donde él defiende un honor familiar detrás del cual se esconden pasiones mucho más elementales. Únicamente ellos dos saben lo que está en juego, y al poder embotado y patriarcal de Pedro opone Lucía una tenaz resistencia estratégica. El fondo enigmático que encierra este pulso se podrá solo entrever sin palabras en el desenlace, en una de esas elocuentes elipsis que convertirían después a Medardo Fraile en el más genial narrador de cuentos de nuestra literatura del siglo XX. Algo que ya se podía percibir, también, en sus extraordinarias dotes para las acotaciones de su drama, que de forma análoga al caso de Valle-Inclán, poseían tanto valor literario, sino más, que los propios diálogos.

La censura de la época ató mucho las manos del joven dramaturgo, rebajando el texto a un combate de celos entre hermanos, pero José Luis Garci ha podido reconstruir a través del trabajo gestual de los actores la intención original del autor para nuestro disfrute y total comprensión. Es usual atribuir a esta pieza realista, dotada de una fuerte carga simbólica, el arranque del teatro social y político que se impondría con Antonio Buero Vallejo a partir de Historia de una escalera, y de Alfonso Sastre con obras como Escuadra hacia la muerte. Vista en escena de nuevo, El hermano confirma por completo ese carácter inaugural del nuevo teatro crítico que se avecinaba.

El autor de Volver a empezar cumple sobradamente con su propósito de rendir homenaje a la iniciativa del movimiento “Arte Nuevo” que supuso un revulsivo crucial en el teatro español de la inmediata postguerra. Un rescate del olvido, un ejercicio de justicia histórica. Una toma de conciencia de lo que fue la escena española en sus tiempos más difíciles para comprender más cabalmente nuestro ahora y las decisiones a adoptar en el presente, por igual espinoso pero no tan opresivo ni demoledor como fue aquel instante histórico. También, en términos mucho más personales, Garci retoma el contacto con la fuerza creativa que suscitó en él la lectura de aquel teatro, manteniéndola fresca en sí mismo, con todo su deslumbramiento inicial y su pulsión para romper las inercias, los trucos consagrados, la rutina del oficio.
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