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ENSAYO

Stefan Zweig: De viaje. Europa Central

domingo 27 de marzo de 2016, 17:11h
Stefan Zweig: De viaje. Europa Central

Traducción de Francisco Uzcanga Meinecke. Sequitur. Madrid, 2015. 112 páginas. 11 €.

Por Francisco Estévez

Stefan Zweig fue un voluntarioso viajero, escritor múltiple y afamado en su época. La onda de irradiación que supuso el suicidio del austriaco en la por entonces prometedora Petrópolis tuvo ribete resonante en España: “Yo no puedo concebir que un hombre -por ejemplo Zweig- se elimine del mundo cuando quedan en él tantos bienes que intentar, tantos hombres y dolores a que atender”. Semejante reflexión remata, por ejemplo, los lúcidos Cuadernos íntimos de Benjamín Jarnés. No se comprendía ni aún hoy del todo aquel exilio imposible, como acertó a estudiar George Prochnick.

Decía Virginia Woolf que para el buen novelista el tema es solo un trampolín a partir del cual lanzarse. Por ello no resulta extraño que el autor concediera también pluma a su constante afición viajera. Siempre con aquella advertencia suya que recordó en distintos sitios, la poda como piedra vital en el éxito de toda escritura. Limitar y recortar tras bien seleccionar, como actividades primarias en la escritura. El talento psicológico, una fina prosa, la inteligencia aplicada con sensibilidad, hacen además de la literatura de Stefan Zweig una sonda penetrante en los abismos humanos. La editorial Sequitur se ha propuesto con acierto recopilar el material vario de viaje del vienés y tras algunos tomos dedicados a Rusia, el Mediterráneo e Inglaterra aparece el presente De viaje. Europa Central y se anuncia rápido un siguiente volumen dedicado a La India y América. Todo ello dará cuenta del incansable viajero que fue. El material aquí recopilado proviene de muy distintas fuentes, obra póstuma, periodística, incluso una conferencia. Dicho sea primero, a diferencia de las páginas más personales dedicadas a Rusia encontramos aquí un notable esmero con esa habilidad para captar la diversidad de matices del paisaje, para la descripción límpida y la genuina evocación literaria o nota cultural.

Así en párrafos iniciales nos recuerda ese profundo desasosiego que ante lo sublime produce la naturaleza, rememorando a Kant y, más adelante, la observación del Pico de las tres lenguas en la frontera entre Austria, Italia y Suiza que le recuerda a Fausto. Habrá confidencias personales, como aquella de su segundo hogar en Merano y un baño posibilista, acaso redentor, muy distinto al tono de los años últimos de Stefan Zweig. A su paso por Grodek, por ejemplo, donde espera contemplar los estragos de la guerra le sorprende descubrir vida y movimiento: “lo difícil que es destruir, convertir algo en nada”. El austriaco pensaba que Suiza será la “impulsora de la unificación, la nación que auxilia a Europa”. A Galitzia arriba como comisionado del Archivo de Guerra del Imperio Austrohúngaro. Allí dará cuenta del júbilo de la guerra en sus inicios. Más adelante anotará en un exquisito réquiem los raros antiquísimos hoteles de Europa. La guinda del pastel lo pone una postal delicada y exacta de “La Viena de ayer”. El autor de El mundo de ayer, texto al que debiéramos volver una y otra vez para no olvidar ciertas barbaries que hoy como ayer nos engullen, brilla a ráfagas en estas cuartillas.

Fue en Petrópolis, una ciudad por entero nueva allá en Brasil, donde Zweig encontraría su trágico acimut. Parece que hizo propia aquella frase sobre el protagonista de su Mendel el de los libros: "Dios mío, pobre hombre, fuera de sus libros nada le alegraba ni le preocupaba". Y mientras redactaba una monografía sobre Montaigne cuando la desesperanza se hizo insoportable se quitó la vida.

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