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NOVELA

Jerôme Ferrari: El principio

domingo 03 de abril de 2016, 16:38h
Jerôme Ferrari: El principio

Traducción de Joan Riambau Möller. Literatura Random House. Barcelona. 2016. 144 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Daniel González Irala

Esta breve novela escrita por el ganador del Premio Goncourt por El sermón sobre la caída de Roma ofrece caminos tortuosos de entendimiento y comprensión tanto sobre un narrador frustrado con la Física, que trata de culpabilizar de ello a Werner Heisenberg, eminente Premio Nobel de dicha disciplina científica, justificando su fracaso vital a través de la admiración a un tipo que imaginamos, cuánto menos despreciable, como sobre su interpelado o narratario, ese señor que de un día para otro maduró como hombre y se hizo viejo contraviniendo todo su magnetismo.

La banalización del mal discutida por la filósofa Hannah Arendt, las tesis estructuralistas según las que nada existe si no se nombra o el Tractatus de Wittgenstein podrían estar detrás de la intención de narrar lo que se nos cuenta en este libro, en el que el principio físico de incertidumbre o indeterminación justifica desde los desplantes que Heisenberg de joven hace a Albert Einstein, Marie Curie o Max Planck hasta la elaboración de toda una metafísica del horror (las reuniones en Farm Hall tras la bomba estadounidense de uranio sobre Hiroshima así lo atestiguan) que en este texto en concreto destilan una belleza que trata de ejecutarse a través de la abstracción de las metáforas.

Detrás de la intención del autor, podríamos descubrir la influencia kafkiana que volcó el autor checo en textos como La condena, pero trascendiendo el mecanismo narrativo, Ferrari (París, 1968) consigue hacernos partícipes de la belleza de las cosas visibles y el horror de los actos cometidos. Partimos, de hecho, de un interlocutor (la novela mantiene una segunda persona que, en realida, es primera en un tono poético epistolar, con precisión y prestancia) que mira por encima del hombro a Dios, desafiándolo; es por esto que la belleza de las cosas en ningún momento se siente que sean debidas a Él o a una metafísica como la que años después el narrador busca a toda costa, tras descubrir que, después de tanto mal, queda una sensación maciza de dolor y horror que se vulgariza en el reproche imposible.

Todo ello “mientras se escuchaba la chacona en re menor de Bach elevándose de un violín solitario, en el castillo de Prumm”, pues también la música cobra importancia en la descripción del grupo de profesores e intelectuales que rodearon a Heisenberg, ese personaje que enunció la imposibilidad de la posición y la velocidad en la materia por pequeña que esta fuese y que ya en los años noventa del siglo pasado traía de cabeza a más de uno.

Lo inasible que conlleva esta teoría consigo misma pierde fuelle cuando el por entonces joven investigador se alía con la causa política de Hitler, mientras crece como empleado (o quizás por ello) de las facultades de Leipzig y Berlín tal vez a su pesar. “Pensaba que una causa que sólo se defiende con la violencia, la mentira y la calumnia revela así su propia debilidad, y llevaba usted razón, pero no imaginaba el poder de la debilidad, la humillación, el resentimiento y los miedos abyectos”, le dice al aire el investigador a su otrora admirado mentor.

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