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NOVELA

Chimamanda Ngozi Adichie: La flor púrpura

domingo 10 de abril de 2016, 16:43h
Chimamanda Ngozi Adichie: La flor púrpura

Traducción de Laura Rins. Literatura Random House. Barcelona, 2016. 304 páginas. 18,90 €.Libro electrónico: 9,99€.

Por José Antonio Reyes Guindo

Leer la novela La flor púrpura supone para el lector enfrentarse a una realidad que, sin saberlo, podemos tener más cerca de lo que creemos. Solo debemos abrir los ojos a los efectos que el fanatismo religioso, o de cualquier otra índole, produce en ciertos sectores de nuestra sociedad. Si leemos la obra desde este punto de vista, la lectura será mucho más enriquecedora y hará plantearnos la peligrosidad que implica sucumbir al extremismo de la religión o cualquier otro conjunto de ideas ya sean culturales, políticas, etc.

Todo lo referido cobra mucho más valor y adquiere una ternura desmedida cuando la autora, Chimamanda Ngozi Adichie (Enugu, Nigeria, 1977), hace que la historia sea contada en primera persona por Kambili, una nigeriana de quince años que, junto a su hermano mayor Jaja y su madre Beatrice, viven en un estado de represión continua tan solo por satisfacer las obsesiones del cabeza de familia, Eugene. Este afamado hombre de negocios agradece al catolicismo lo que ha hecho por él pues “no habría llegado a ninguna parte de no ser por los curas y las hermanas de la misión” y, para alcanzar la perfección que les debe, pretende alejarse de todo lo pecaminoso y rechaza toda su religión y cultura anterior, a la que tacha de pagana, hasta el punto de abandonar a su padre y prohibir que sus hijos sepan de su abuelo.

Esta decisión conlleva separarse de la parte de su familia que no sigue sus pasos y llevar una vida obcecada en cumplir tajantemente su religión pero que se extiende a la vida académica y las relaciones sociales de sus hijos creando un clima de ahogo sofocante que muchas veces viene simbolizado con el harmatán. Cualquier desliz o actos de rebeldía de los jóvenes son castigados con duros maltratos físicos por parte del padre que también sufre la madre continuamente. Sin embargo, este autoritarismo cruel se camufla con la ayuda constante a su comunidad, en especial, a niños huérfanos y familias necesitadas.Además, es editor de un periódico opositor, el Standard, fuertemente enfrentado al régimen militar y a los continuos golpes de Estado que surgen en la Nigeria de nuestros personajes. Si a esto se une que gozan de una buena economía, comen y visten bien, tienen servicio y pertenecen a una clase social alta, el silencio aterrador está más que asegurado. Un silencio que se hacía obligado hasta en la relación fraternal entre Jaja y Kambili pues “tal vez fuera para evitar hacernos las otras preguntas, aquellas de las que no queríamos saber la respuesta”.

Este cuadro agonizante se calma con la aparición de la tía Ifeoma, hermana de Eugene, una mujer “enérgica, exuberante, descarada, clara, llena de vida” que también es católica pero que no reniega de su pasado y sus costumbres y que, aunque es profesora de universidad, su situación económica es bastante ruinosa, mucho más desde que enviuda. Ifeoma consigue convencer a su hermano para que sus sobrinos pasen con ella las vacaciones en su casa. Allí, Kambili y Jaja descubrirán sus raíces, las risas, el cariño, la bondad, la amistad y que, pese a vivir en un ambiente humilde, cuentan con una riqueza fundamental: la armonía familiar. Bien lo enseña el abuelo: “Dadme riquezas y un hijo, pero si tengo que elegir entre ambas cosas, dame un hijo porque cuando crezca, también crecerán mis riquezas”.

Chimamanda Ngozi Adichie presenta una continuación de sucesos que convierte la obra en una novela de aprendizaje en la que en cada personaje se aprecia una evolución y que favorece la mejora de su autoestima y de las relaciones entre ellos. Aunque la tensión creada durante todo el relato acaba de un modo trágico, la autora consigue acabar con un final esperanzador y nos convence de que todo lo sucedido ha merecido la pena con una tremenda empatía. Todo este proceso lo adorna de una manera espléndida con numerosas referencias gastronómicas, climáticas, botánicas, etc. que le son muy útiles para la descripción de tradiciones y costumbres de Nigeria. La flor púrpura solo es un detalle dentro de todas ellas. Y sobre todo, nos transmite una gran enseñanza: “Aún hay muchas cosas que no decimos con la voz, que no expresamos con palabras”.

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