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NOVELA

Santiago Roncagliolo: La noche de los alfileres

domingo 10 de abril de 2016, 16:49h
Santiago Roncagliolo: La noche de los alfileres

Alfaguara. Barcelona, 2016. 407 págs. 18,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El escritor peruano nos traslada a la Lima de los años 90, en una novela que es más que un “thriller”, aunque engancha como tal con su ritmo vertiginoso.


Por Rafael Narbona

La noche de los alfileres es un precioso e inquietante título que evoca la tristemente famosa “Noche de los Lápices”, uno de los episodios más trágicos de la dictadura militar argentina, responsable de la desaparición de 30.000 presuntos “subversivos”. La “Noche de los Lápices” fue el nombre en clave de una operación clandestina concebida para identificar y secuestrar a los cabecillas de la rama estudiantil del “peronismo revolucionario”. La operación se saldó con seis desaparecidos, la más conocida María Claudia Falcone, que sólo tenía dieciséis años. Corría el año 1976. Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) ubica la trama de su novela en el Perú de 1991, poco antes de la captura de Abimael Guzmán, líder de la guerrilla maoísta Sendero Luminoso. Entre 1980 y 1992, Perú sufrió una guerra no declarada que costó la vida a cerca de 50.000 personas. El Gobierno de Fujimori compitió en crueldad con la guerrilla, empleando los métodos de la “guerra sucia”, mientras saqueaba las arcas públicas. El conflicto sólo es el telón de fondo de la novela de Roncagliolo, pero no hace falta mucho ingenio para comprender que la peripecia de Manu, Carlos, Moco y Beto es una metáfora sobre la historia reciente de Perú, notablemente parecida a la de otros países de una región marcada por la corrupción y la desigualdad.

Manu, Carlos, Moco y Beto estudian en un colegio de jesuitas. No pertenecen a la élite económica, pero disfrutan de unas vidas relativamente cómodas. A fin de cuentas, son blancos adinerados en una sociedad profundamente clasista y racista, lo cual significa una increíble ventaja en un paisaje urbano con pequeñas islas de bienestar y grandes aglomeraciones de chabolas. Todos son conscientes de vivir en un país inseguro e inestable. El terrorismo de Sendero Luminoso causa estragos en Lima: bombas, sabotajes, secuestros. Sin embargo, el mayor peligro para la minoría satisfecha es la delincuencia común, que obliga a proteger las zonas más o menos privilegiadas con fuertes medidas de seguridad. El colegio de jesuitas no es una excepción. Se podría decir que es un cuartel sujeto a una estricta disciplina, cuya icono más visible es la señorita Pringlin, fría y autoritaria. Carlos, Moco y Beto le profesan un odio sincero, contenido por el miedo.

La aparición de Manu transformará la inquina en un abierto desafío, con tintes de rebelión. Manu es hijo de un militar que ha combatido a Sendero Luminoso. Su experiencia en el frente le ha trastornado. Aunque había recibido una condecoración por su heroísmo en la guerra contra Ecuador, no estaba preparado para el horror de la “guerra sucia”, que incluye acciones imposibles de asimilar para una conciencia con un mínimo de escrúpulos. El padre de Manu acabará destinado a Iquitos, lejos de su familia, pues su conducta agresiva, huraña e imprevisible le convierte a una bomba de relojería ambulante. El afecto de su mujer naufragará en las oscuras turbulencias del shock postraumático, pero Manu conservará el apego hacia su padre. No le importa que una noche le confundiera con uno de los niños soldados a los que mató en la sierra, encañonándole con una pistola y amenazándole con volarle la cabeza, si no revelaba las posiciones de la guerrilla.

Manu quiere reunirse con su padre a toda costa. Por eso, adopta conductas vandálicas, forzando su expulsión sucesiva de tres colegios. A la señorita Pringlin le enseñará las posaderas. No sospecha que la maestra, ebria de indignación, pondrá en peligro sus planes, urdiendo una insidiosa venganza. Su gesto de mofa afectará a la existencia de sus compañeros, sacando a la luz sus miserias domésticas. Moco, con un padre viudo y alcohólico, sostiene la economía familiar, traficando con películas pornográficas de todos los géneros. Beto, un tímido homosexual con un padre insufriblemente machista, es uno de sus clientes habituales. Carlos también le compra cintas en BETA y VHS. Su situación no es tan dramática. Sus padres se han enredado en un lentísimo divorcio y le dejan a su aire. Todos sueñan con el sexo, pero la anhelada pérdida de la virginidad se demora, confinándoles en el círculo de un onanismo más o menos compulsivo. Una cinta gay que Moco había conseguido para Beto les sitúa a todos al borde de la catástrofe. La señorita Pringlin descubre la película y decide hablar con sus padres, acusándoles de pervertir a sus compañeros. No es suficiente la expulsión. Deben ser severamente reeducados. Los jóvenes intentan evitar las posibles represalias, asaltando su casa, pero no controlan la situación y acaban secuestrando a la maestra. Matarla les parece la opción más adecuada, pero no se atreven a dar el paso. La violencia es una barrera que puede sortearse con relativa sencillez, pero es imposible saber qué sucederá después.

Manu no quiere pasar inadvertido por la vida. No quiere ser un alfiler en un arenal, sino un alfiler que se ha hundido en la carne, dejando una huella de dolor y rabia. En una sociedad injusta, la violencia nihilista es una alternativa más seductora que la pasividad de la mayoría. El problema es que la violencia nunca es una línea uniforme, sino una espiral que destroza el cuerpo y el alma. Los cuatro amigos dejarán atrás la adolescencia de una forma traumática que les condenará a vivir con hondas cicatrices. La señorita Pringlin, mezquina y vengativa, orquestará la tragedia, convirtiéndose en la primera víctima de su propia intransigencia. La historia queda parcialmente inacabada, reflejando el estancamiento político y social de Perú, que aún soporta la violencia residual de Sendero Luminoso y el fujimorismo populista, empeñado en gobernar de nuevo. Hace unos días, la guerrilla asesinó a un soldado y a un chofer del ejército en la región de Junín. La violencia no cesa y aún hay alfileres que no aguantan la perspectiva de extraviarse en un basural. No se hacen ilusiones sobre las posibilidades de cambiar el rumbo de la historia, pero no quieren dejar escapar la ocasión de expresar su malestar.

La noche de los alfileres es una excelente novela, con una prosa fluida, un ritmo vertiginoso y unos personajes humanísimos. Puede leerse como un thriller, pero la intriga no es un simple artificio para mantener vivo el relato, sino una ola cargada de inteligencia. Santiago Roncagliolo esclarece el pasado de su país, sin aleccionar ni moralizar. Su perspectiva no es optimista. El olvido sepulta los hechos y los protagonistas no quieren meditar sobre el pasado. Sólo el exhibicionismo de Moco arroja una mirada desquiciada sobre lo acontecido. Tener quince años nunca es fácil. A veces es mejor no recordar lo que se hizo a esa edad, especialmente cuando el tiempo no ha proporcionado argumentos para encarar el futuro con esperanza.

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