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NOVELA

Gabriela Ybarra: El comensal

domingo 17 de abril de 2016, 18:34h
Gabriela Ybarra: El comensal

Caballo de Troya. Barcelona, 2015. 176 páginas. 15,90 €. Libro electrónico: 3,99 €.

Por Carmen R. Santos

En los denominados “años de plomo”, sobre todo desde 1968 hasta 2001, la banda terrorista ETA golpeó a España con cruenta criminalidad. Secuestros, extorsiones y asesinatos conformaron un siniestro panorama repleto de sufrimiento. Entre esas acciones criminales, se encuadra el secuestro, y posterior asesinato, del político y empresario bilbaíno Javier de Ybarra y Bergé. Su cadáver fue hallado el 22 de junio de 1977, en los bosques del Alto de Barázar, en los alrededores del monte Gorbea, con un disparo en la cabeza y metido dentro de una bolsa de plástico con los brazos atados y los ojos vendados. En el capítulo “ETA entra en casa”, del libro Nosotros, los Ybarra (Tusquets, 2002), su hijo, Javier de Ybarra e Ybarra, rememora el trágico instante en el que cuatro miembros de la banda -tres hombres y una mujer-, irrumpieron en el domicilio familiar y se lo llevaron.

En esa época, a Gabriela Ybarra, nieta del secuestrado y asesinado, todavía le quedaban seis años por nacer. Pero ese terrible episodio, que, como no podía ser de otra manera, marcó a su familia, siempre la acompañó. No será, sin embargo, hasta julio de 2012, cuando -como ella misma confiesa en la nota previa a El comensal- sintió la imperiosa necesidad de “profundizar en los detalles del asesinato de mi abuelo”. El momento no es casual: “Mi madre había fallecido hacía casi un año, y a raíz de su enfermedad, mi padre había empezado a hablar de la muerte de forma extraña”.

El resultado de esa necesidad es El comensal, título con el que Gabriela Ybarra debuta brillantemente en la narrativa. Porque está obra es, ante todo, una novela, donde lo personal y autobiográfico se ha trasmutado en literatura, en excelente literatura. Y esto sin perder un ápice de autenticidad, sino, más aún, incrementándola. La obra se divide en dos partes. En la primera, se reconstruye el secuestro y asesinato de Javier de Ybarra y Bergé. Aunque la autora, tras la visita a hemerotecas, emplea y se apoya en una amplia documentación periodística, recurre también a sus recuerdos -cuándo y cómo le llegó la primera noticia del luctuoso suceso…-, y a la imaginación para recrear los hechos: “A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender”. La segunda, aborda la enfermedad y muerte de su madre, aquejada de un devastador cáncer que le condujo a la tumba en 2011. Gabriela Ybarra está al lado de su madre durante el tratamiento al que se somete en Nueva York. Y nosotros, lectores, acompañamos a las dos en los momentos más duros y en los que parece haber una cierta esperanza.

La literatura de duelo y la elegíaca no dejan de tener una larga tradición en las letras de prácticamente todos los tiempos y lugares, y ha sido transitada desde muy diferentes perspectivas y géneros. Los ejemplos resultarían interminables, desde esas elegías poéticas memorables, por ceñirnos a nuestra literatura, que son las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, o el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca. Recordemos también algunas muestras destacables en el ámbito novelístico-memorialístico, como Una pena en observación, de C. S. Lewis, La ceremonia del adiós, de Simone de Beauvoir, o, más recientes, Noches azules y El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, Di su nombre, de Francisco Goldman, Canción de tumba, de Julián Herbert, o Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnet. En nuestro país, el ya clásico Mortal y rosa, de Francisco Umbral, o, de las últimas, Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, Azul serenidad o la muerte de los seres queridos, de Luis Mateo Díez, La hora violeta, de Sergio del Molino, o También esto pasará, de Milena Busquets.

Una literatura que quizá hoy más que nunca sea necesaria, en unos tiempos en los que se trata de ocultar el dolor y la muerte. Algo inútil, por otro lado, porque siempre están allí, ahí, y en todas partes, como el célebre dinosaurio de Monterroso. No se trata, claro está, de un regodeo en esas realidades, pero sí de afrontarlas. Así lo hace Gabriela Ybarra, que en ningún momento no solo no se desmelena, pese a ocuparse de unos episodios muy proclives a ello, sino que ni siquiera practica la autocompasión ni tampoco incita a la de los lectores. El enfoque y el estilo de Gabriela Ybarra son sobrios, concisos, con una admirable contención, lo que contribuye enormemente a su eficacia.

“Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes”. De esta sencilla pero más que sugerente forma empieza El comensal. Gabriela Ybarra ha recogido esas sombras y les ha otorgado, a través de la literatura, vida inmortal. ¿Es un consuelo? Quizás sí, quizá no. Pero ahí está, también como el dinosaurio de Monterroso.

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