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ESTRENOS

Mario Casas, el 'Toro' de Kike Maíllo: "Me apetece jugármela"

jueves 21 de abril de 2016, 12:36h
Mario Casas protagoniza la segunda y esperada película de Kike Maíllo, Toro, un thriller de acción con personajes "secos y oscuros", según han contado actor y director a El Imparcial.
Kike Maíllo y Mario Casas durante el rodaje de Toro.
Kike Maíllo y Mario Casas durante el rodaje de Toro.
El cineasta Kike Maíllo acertó de pleno. Cinco años después de Eva, la puesta de largo que le valió el Goya al mejor director novel de 2011, estrena Toro con el protagonista que deseaba, metido en la piel de un personaje que es el germen mismo de esta segunda película. Junto a Fernando Navarro (coguionista), se “enamoró” primero de Toro, cuenta en una entrevista con El Imparcial, y luego trató de idear una trama en la que este “héroe romántico cargado de negritud y salvajismo” encajara. Así que el guión de este thriller de acción que se mueve por los ambientes mafiosos radicados en la Costa del Sol nació para crear un mundo en el que el personaje pudiera cobrar vida. Y Toro siempre fue Mario Casas. “Lo teníamos claro”, dice Maíllo, y cuenta las fortalezas de personaje tal y como se lo propuso a uno de los actores más cotizados del audiovisual actual español: “Ofrecíamos a Mario la oportunidad de ir un poco más allá y tratar un personaje con una oscuridad que no había representado en sus películas anteriores”.

Casas da a este diario su versión en una frase: “Gusta que te vendan así la tostada”. El actor vio en Maíllo “un tipo con ideas nuevas y muy claras” que le ofrecía tocar el “cine de acción violento, duro, con personajes bastante secos”. Y no podía apetecerle más. Se considera afortunado, y no es para menos. Casas salió de SMS, la serie juvenil llamada a ser la nueva Al Salir de clase y que, aunque con menor recorrido que aquella –los tiempos han cambiado en competencias y audiencias televisivas-, también ha servido de cantera del panorama interpretativo español (María León, Yon González, Amaia Salamanca, María Castro, Martín Rivas). Y a pesar de que las primeras incursiones del actor en la gran pantalla seguían esa estela del público adolescente (Fuga de cerebros, Mentiras y Gordas y, sobre todo, Tres metros sobre el cielo y su secuela, Tengo ganas de ti), Casas ha sabido evitar el encasillamiento y ya hace tiempo que los directores y productores empezaron a tomarle en serio. En 2015 estrenó dos películas muy alejadas la una de la otra: la superproducción dramática y romántica Palmeras en la nieve y la comedia desenfrenada marca Álex de la Iglesia, Mi gran noche. Casas es consciente de su trayectoria dentro de un momento, podríamos decir, dulce para el cine español.

“Si miras la cartelera de hace dos semanas para acá está Kiki, que es una comedia, Julieta que es un drama o Cien años de perdón que es un thriller de acción puro. Creo que eso dice mucho del cine español y que hay ganas de contar historias diferentes y en diferentes géneros, y a mí me están dando la oportunidad de estar ahí. Soy muy afortunado porque no me están llegando sólo papeles en los que igual estoy más cómodo. Quizás se me conoce más por un tipo de pelis, como Tres metros sobre el cielo, y para mí es más cómodo hacer ese tipo de personajes, porque ya los he hecho. Pero, si me siguen dando la oportunidad como hasta ahora, me apetece jugármela en tocar diferentes géneros y poder construir personajes distintos”.



Thriller de acción

Ahora le toca Toro, un tipo duro metido en asuntos turbios que, tras pasar cinco años en prisión, toma la determinación de apartarse del ambiente de delincuencia en el que se ha criado. Pero su hermano (Luis Tosar) acude a él con un problema: el ‘jefe’ (José Sacristán –nada mal acompañado va Casas-) ha secuestrado a su hija para asegurarse el pago de una deuda. La cinta plantea, de fondo, la capacidad del ser humano para escapar del propio carácter, de la esencia más profunda de su ser y los lazos que le unen a una familia o una comunidad: si el protagonista podrá dominar al toro que lleva dentro.

En general, Casas es optimista. “Uno tiene la esencia que tiene, y la va a tener siempre, pero la situación que saca lo peor de esa esencia creo que sí se puede cambiar. A veces necesitas un apoyo, alguien que te diga que lo puedes hacer, que puedes cambiar tu vida, y en este caso es el personaje de Ingrid Garcia-Jonson, la novia de Toro”. Sin embargo, el proceso del protagonista va por dentro y, aunque el actor cuenta que rodaron algunos momentos en los que el personaje incluso “se rompía”, no era esa la película que Maíllo quería hacer. “Es una cinta más de director, con un componente más estético, que exige personajes secos, de pocas palabras. Toro es un personaje opaco, gris, con pocos fuegos artificiales, que explota, saca la bestia que tiene dentro y se pone a repartir castañas”.

Porque a pesar de la dramática biografía que se intuye sobre del personaje de Casas, Toro es principalmente una película de acción: peleas, persecuciones de coches, explosiones, disparos... “Con los coches nos lo hemos pasado muy bien Luis (Tosar) y yo. Que te corten un carril en el centro de Málaga para hacer un poco el cabra o meterte por la Malagueta con un coche tiene su punto. Es adrenalina pura y tú lo estás viviendo. Al final, en estas escenas no tienes mucho que interpretar: es agarrarte al volante y disfrutar”, cuenta el actor a El Imparcial.

Las dos Españas

El cine Español empieza a quitarse complejos. La generación de cineastas que creció con las influencias del policiaco, la fantasía o la ciencia ficción está llegando a su madurez, y eso, unido a la calidad de los profesionales técnicos españoles y la democratización de los medios digitales, se está dejando notar en las últimas cosechas cinematográficas de nuestro país. Sin embargo, el thriller, la acción y las explosiones españolas se alejan de los blockbuster de Hollywood. “¿Para qué hacer una copia de algo que ya hacen muy bien los americanos?”, lanza Kike Maíllo.

En Toro, el cineasta barcelonés firma una cinta que comulga con las convenciones del thriller y se viste de acción y adrenalina, pero al mismo tiempo habla de la idiosincrasia española, de la identidad del país y de una cultura claramente identificable por el espectador.

“He intentado hacer hincapié en ciertos símbolos, en cierta iconografía nuestra propia, hispana, para que la película cogiese un carácter más de aquí”. La violenta mafia de Toro se mueve por la Costa de Sol, entre monstruosos edificios de apartamentos vacacionales, flamenco y tallas de vírgenes, y cuenta el ‘off’ del turismo, qué sucede en este tipo de ciudades fuera de la temporada alta. “No quería que España o la Costa del Sol fuesen sólo un fondo; tenían que prestar sustancia a los personajes”, señala Maíllo, aunque advierte que Toro “no busca el costumbrismo” y “aunque tiene una toma de tierra importante, no es una película naturalista ni habla de realismo social”.

Esta conjugación le da a la cinta una personalidad definitiva. Como un ‘fast & furious’ pretendidamente casposo, con coches más populares y el hip hop convertido en cornetas de Semana Santa. “Creo que toda esa imaginería forma parte de nuestro día a día y lanza la idea de que existe una España más ‘viejuna’ y casposa y otra más tecnológica, seguramente más cateta. Las dos Españas conviven, se miran y a veces se cruzan”, sugiere. Un indiscutible acierto que dota al filme de una estética y un carácter únicos.

Por su parte, el director reconoce que ese es el objetivo de la película. “Lo que me mueve de esta película es esa idea de frenesí, que el público se entretenga; si he conseguido que la gente sienta un poco falta de oxígeno, genial, porque era mi primer propósito”, asegura Maíllo.

Cuenta el cineasta que Toro nace, en realidad, del final de su primera cinta. “En el final de Eva había algo que me gustaba mucho: después de cocinarse a fuego medio, había una revelación, una explosión que hacía que todo el mundo corriese y saltase; la película se teñía de algo parecido al thriller y esa tensión me enganchó, así que quería repetir eso, pero de una manera más intensa y durante toda la peli”.

Porque, aunque de la ciencia ficción retrofuturista de Eva a la acción con base realista de Toro se percibe un abismo, Maíllo las ve casi hermanadas. “Hay en los dos protagonistas, en el Álex de Eva y en el Toro de Toro, algo que tiene que ver con el personaje rebelde, que crece a contra natura, que tiene una moral particular, una idea de lo que debería ser justo o no en el mundo y lucha por eso, incluso intenta imponerlo. De alguna manera Álex es el doctor Jeckyll y Toro es Mr. Hyde”.

Sí que hay una línea común más obvia, desde la perspectiva de la industria, entre Eva y Toro: el gusto del director por apelar a géneros (por fortuna, cada vez menos) atípicos en la cinematografía española. “Intento hacer el tono o el género de las películas que me gusta ver en el cine. Durante demasiado tiempo hemos hecho las películas que nos podíamos permitir y no las que queríamos ver. Lo normal en una generación que ha crecido viendo películas de acción, de ciencia ficción o de fantasía es que hagamos este tipo de cine. Eso es lo que me parece natural”.
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