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TRIBUNA

Chernóbil ¿Aprendimos?

jueves 28 de abril de 2016, 20:08h

30 años han transcurrido. Chernóbil es el nombre que evoca el desastre nuclear. Chernóbil da escalofríos y es un recordatorio de lo que puede pasar ante un accidente nuclear y de las consecuencias de un mal manejo de la emergencia. Chernóbil es una lección que a veces olvidamos y no siempre tenemos claro si la hemos aprendido. Chernóbil es una suerte de nombre maldito.

Aquella primavera del 86 fue excitante. Mientras aguardábamos impacientes la fecha para la inauguración del Mundial de Fútbol en México, Reagan bombardeaba impunemente Libia y palabras como Bengasi y referencias como el Golfo de Cidra entonces nos sonaban a diario como referentes novedosos, pese a que desconocíamos que Nancy Reagan, recién fallecida y tan elogiada y homenajeada por los desmemoriados, usted pudo constatarlo, habría influido en la bélica decisión de su marido y su gabinete sobre el bombardeo a efectuarse, solo tras consultar a su gurú de cabecera y así decidirla al ver la mejor alineación de los astros, sus ascendentes y empatías zodiacales para que la arremetida a Libia fuera exitosa.

Cosas de la alta política reservada a los exquisitos que así la plantean, supongo; para exquisitos en exclusiva, desde luego, aunque lo narrado me suena a lo que es: a la más burda y hortera frivolidad y politiquería, tan del gusto de Washington. Desde luego que la Reagan lo negó todo, pero las coincidencias ahí quedan y eran más las voces que la evidenciaban, apuntándola con el índice, cual dedo flamígero, que sus argumentos evasivos y victimizadores. Exquisitez como la irresponsabilidad de no reaccionar a tiempo ante Chernóbil.

Y de repente, de la nada, los detectores de radiación de Europa Occidental se dispararon, alertando erráticos sobre algo inaudito, detectando algo inusual y peligroso, algo que no estaba siendo reportado, algo que era complicado de rastrear y dificultoso de calibrar y que hacía temer lo peor. Los indicadores y las agujas se colapsaron, enloquecieron y alarmaron a la comunidad científica europea relacionada con el empleo de la energía nuclear, que trasladó su pánico a la comunidad política, que empezó a indagar cual sabuesos tras sus presas, las causas y el origen geográfico de semejante aturdimiento de los medidores de aquellos artefactos.

Pronto el patatús de los registradores de radiación europeos encontró su explicación: el problema provenía de la extinta otrora siempre hermética Unión Soviética, que se estaba callando algo importante. Rastreando, todo apuntaba en dirección a Ucrania, su granero. ¡¡¿Qué carambas había sucedido allí?!! ¿qué se les derramó, quién lo hizo? ¿en dónde estaba la falla? ¿en qué consistía y cuáles serían sus alcances y terribles consecuencias? ¿en qué parte se hallaba el peligro? ¿de qué magnitud lo era?

El gobierno soviético fue torpe y minimizador al expresarse, tardío en comunicar los hechos y en tomar una determinación adecuada y fue soberbio en el tratamiento del asunto. Era un error y no parecía dispuesto a asumirlo. En efecto, había sucedido un desastre nuclear en Ucrania, en la localidad de Chernóbil, en donde por falla de su reactor número 4 y el consecuente sobrecalentamiento del núcleo de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, se produjo una explosión de incalculables resultados. Lo que inició como una tarea para mejorar la seguridad del sitio, se salió de control y acabó en una hecatombe. La nube radioactiva cubrió toda Europa y parte de Asia. Se la considera el siniestro nuclear más grande ocurrido hasta ahora con el nivel 7, el máximo alcanzable en las mediciones aplicables. Recién leía que todavía hay doscientas toneladas de material radioactivo dentro del reactor, el que no se esfumó por su peso, al que ya se le colocó al menos un segundo caparazón tras colapsar el original construido para menguar los efectos.

Aquella primavera del 86, de tan gratos recuerdos personales para mí, me trajo una carta de mi amiga que residía temporalmente en las cercanías de Londres. Me escribió: “ya tenemos sobre nosotros nuestra nube radioactiva por lo de Chernóbil”. Conservo esa epístola entre mis curiosidades y releerla ha sido muy grato.

Fue terrible. Chernóbil lleva su carga de irresponsabilidad y de afectación a miles de inocentes, cuyos padecimientos resultantes los llevó a la muerte. La OMS calculó en 4 mil los fallecimientos ocurridos a lo largo de 30 años. Sin contar los afectados que no han perecido. De ese episodio proviene leche irlandesa radiada que funcionarios mexicanos compraron repartiéndola a los niños de México. No hay nadie indiciado por semejante crimen. Ni por su venta ni por su compra.

El desastre nuclear de Chernóbil nos dejó secuelas y consecuencias muy puntuales. La radiación hizo sus estragos y el mundo continúa utilizando la energía nuclear con fines pacíficos, si bien es verdad que desde el incidente de Fukushima (2011) se han elevado las preocupaciones y los métodos empleados para asegurar el funcionamiento de las plantas nucleares, cuando no se ha tomado ya la decisiel estar perfectamente informada. condiciones que prevalecen en cada caso, pues es uin derecho d ela poblacines, repartieón de no ampliar su número, como lo anunció Alemania.

El tema está vigente y el riesgo es latente. Los gobiernos han de ser más transparentes en el manejo y en las condiciones que prevalecen en cada caso, pues es un derecho de la población el estar perfectamente informada sobre algo tan trascendental como la salud y status de una planta nuclear, así fuera la más modesta como la de Laguna Verde, en Veracruz, México. La búsqueda y fomento de formas novedosas de obtención de energías alternativas es apremiante.

La despampanante y reconocida tenista rusa María Sharapova, estuvo a punto de nacer en Chernóbil, donde radicaban sus padres que huyeron como tantos otros de aquella maldición. Nació poco después en Siberia. A juzgar por todos sus atributos, todísimos, se la ve estupenda y ajena a todo aquello. Afortunadamente. El exceso de componentes químicos registrados en su cuerpo, denunciados en el ámbito deportivo y que le andan costando el prestigio y la carrera, provienen de otras razones bien distintas a lo narrado. Hasta eso, Chernóbil no da para tanto. Es cuanto.

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