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MEMORIAS

Ludwig Renn: La Guerra Civil española

domingo 01 de mayo de 2016, 17:36h
Ludwig Renn: La Guerra Civil española

Prólogo de Fernando Castillo. Traducción de Natalia Pérez-Galdós. Fórcola. Madrid, 2016. 721 páginas. 39,50 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

El prólogo realizado por Fernando Castillo es parte fundamental para entender esta obra pues en el mismo nos habla de la evolución ideológica del autor. Ludwig Renn, procedente de una de familia noble de Sajonia, se fue aproximando de forma gradual a la izquierda para integrarse finalmente en el comunismo. Igualmente, tras ejercer labores militares (participó en la Primera Guerra Mundial) pasó a desempeñar la profesión literaria, consagrándose como uno de los principales escritores ya en la Alemania preHitler.

Ambos aspectos, trayectoria ideológica y literatura, confluyen en el libro que tenemos entre manos, del cual cabe señalar, como hace en la introducción Ghünter Drommer, que es el original, puesto que la censura da la RDA vetó algunas partes.

La Guerra Civil española. Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales, que se publica por primera vez en español, tiene valor por diferentes motivos. Desde el punto de vista militar porque nos describe la desorganización que reinaba en el ejército republicano (al respecto, culpabiliza a Largo Caballero, cuya figura no sale bien parada). Ese caos se apreciaba en aspectos tan variados como la transmisión de las órdenes (muchas veces por teléfono), el cobro de los salarios por parte de los milicianos o el rechazo inicial a crear un ejército unificado.

Renn es un nostálgico y a la vez un propagandista del comunismo, del cual hace apología siempre que puede a lo largo de la obra. Sin embargo, la visión edulcorada que del mismo nos traslada, la historia se ha encargado de mostrar su falsedad y demostrar su crueldad, aspectos ambos que no concibe el autor. Debe mencionarse al respecto que, tras su exilio en México al término de la Guerra Civil española, ocupó cargos de responsabilidad en la República Democrática Alemana, nación cuyo nombre es sinónimo de paradoja.

La narración sigue un orden cronológico y, en todo momento, Renn de una manera más o menos visible, trata de ponerse como ejemplo de orden y pensamiento estructurado frente a la anarquía que reinaba en el batallón y en el gobierno de la República, cuyas luchas palaciegas (por ejemplo, Negrín vs Prieto) nos transmite. Cuando describe algunos comportamientos propios, parece que su intención final es que el lector lo defina como un héroe y un modelo de virtud.

En relación con la narración de la Guerra Civil, además de las batallas que narra, también conviene tener presente algunos asuntos colaterales. Uno de ellos, los métodos de reclutamiento (a la fuerza) lo que provocaba habituales deserciones en el bando republicano, así como numerosas automutilaciones con las que los soldados intentaban no ir al frente de combate. La respuesta de sus superiores consistía en la “reeducación”, medida que Renn no condena.

Finalmente, aunque Renn proyecta de sí mismo una imagen de persona culta, lo cierto es que sus conocimientos de la historia de España dejan mucho que desear. Esto se observa, por ejemplo, cuando de los vascos afirma que “constituían un pequeño país con lengua propia sin parentesco con los españoles, catalanes o franceses. Pese a los esfuerzos de la monarquía, ese pueblo se ha resistido con tenacidad a formar parte de España”(pág. 397). Previamente, al inicio de la obra, cuando relata su estancia en Barcelona, afirma sin rubor que “los alemanes nunca nos habíamos preocupado de saber que los catalanes son una nación distinta de la española” (pág. 81).

En definitiva, nos hallamos ante un personaje cuyo compromiso con la II República fue total; de hecho, actuó de propagandista internacional de la misma en Estados Unidos y Cuba, meses antes de que fuera derrotada. A partir de ese momento, la historia le tenía reservado, previo exilio, un lugar notable al servicio de su única causa: la imposición del comunismo con la cultura como arma. Puede concluirse que, en la misión redentora de la humanidad que él mismo se otorga, España sólo supuso una estación de paso.

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