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NOVELA

Erich Hackl: El lado vacío del corazón

domingo 08 de mayo de 2016, 16:46h
Erich Hackl: El lado vacío del corazón

Traducción de Richard Groos. Periférica. Cáceres, 2016. 176 páginas. 16,95 €.

Por Alejandro San Francisco

El compromiso político en el siglo XX condujo muchas veces a quienes se adherían a una determinada causa a llevar vidas de novela, que la mayoría de las veces estaban marcadas por la tragedia. Este el caso que nos presenta Erich Hackl, quien parte desde documentos originales y existencias reales, pero expuestas mediante la ficción, donde las historias y argumentos se entremezclan. Para recomponer la trayectoria de la familia de Hugo Salzmann utilizó entrevistas y memorias publicadas o inéditas: todo ello, reconoce el autor, ha influido en el relato que se presenta.

Se trata de una familia europea como muchas, que a través de varias generaciones padeció la desgracia de las convulsiones políticas y las sinrazones de la locura que se desató en la “era de los extremos”, como la llama el historiador Eric Hobsbawn. Vidas que se extendían entre las ilusiones revolucionarias, los nacionalismos beligerantes, el antisemitismo enfermizo y tantas otras manifestaciones que pusieron en vilo a la civilización y a distintas naciones.

Hugo Salzmann fue un joven comunista de la Alemania de entreguerras, cuando el partido seguidor de las doctrinas de Marx dedicaba mucho tiempo y energías a combatir a la socialdemocracia, mientras crecía el nacionalsocialismo que llegaría al poder en 1933. Era orador en mítines políticos y un activo dirigente, que también tuvo tiempo para enamorarse de Juliana, de origen judío, pero de formación católica. No dudaron en partir a Francia tras el acceso de Hitler al poder, tras escuchar que “los nazis iban en serio con su odio a los judíos”. Su hijo Hugo comenzó a asistir a la escuela precisamente en Francia, tras varios años en la pobreza.

La Segunda Guerra Mundial sería el fin de la familia: Hugo fue detenido y llevado a la cárcel por sus actuaciones políticas y no por el antisemitismo, ya que era “ario puro”. Juliana, en tanto, estuvo en el campo de concentración de Ravensbrück. Finalmente, Hugo fue condenado a ocho años de reclusión, mientras la situación de su mujer fue más terrible: además del hambre que pasó, murió en diciembre de 1944 y no alcanzó a ver la derrota del nazismo. Entretanto, el pequeño Hugo era educado por sus parientes maternos. Recién en 1948 pudo ver a su padre, reencuentro que tuvo lágrimas, pero no un acercamiento real. “Hugo estaba orgulloso de su padre, pero su padre no estaba orgulloso de él”. Además se había vuelto a casar e incluso tenía una hija. El hijo, ya joven, decidió ir a vivir a la RDA, la Alemania comunista, fruto de la división que siguió a la guerra. Una decisión curiosa.

Fueron “doce años borrosos, durante los cuales Hugo trató de encajar el socialismo soñado en el que vivía a diario”. Los recuerdos los mantuvo “bajo llave”, era de los pocos que había ido desde el oeste al este, con carnet de perseguido por los nazis, pero que había encontrado en la RDA más dolores que placeres, más angustias que tranquilidad. Aunque, todo no podía ser tan malo, también encontró a Herta Heinrich, quien sería su mujer, y con quien compartió “el miedo de perder la felicidad hogareña, de ser triturado entre la exigencia, la misión y la añoranza”. Su hijo Peter nació con parálisis cerebral, y procuró atenderlo en Austria: como no lo dejaban salir con su mujer e hijo, Hugo recibió el apoyo de un amigo paterno que le permitía irse con su familia, pero cuando venció el plazo de autorización, decidió no regresar. “Traición”, fue la acusación dura y sin vacilación de su padre, con quien cortó relaciones. Su intransigencia comunista no aceptaba la decisión de su hijo, basada en la experiencia personal y el amor familiar. Sin embargo, alcanzaron a reencontrarse, poco antes de la muerte de Hugo padre, a quien su hijo alcanzó a presentarle otro nieto, Hanno.

De manera sugerente y curiosa, el libro se abre precisamente con la situación de Hanno, a fines del siglo XX y después de la caída del Muro de Berlín. En una ocasión le contó a un amigo y compañero de trabajo: “Mi abuela murió en un campo de concentración”, en lo que significó el comienzo de una verdadera pesadilla en su vida. Lo atacaban por judío, lo acosaban, lo amenazaban, lo cambiaban de labores, lo expulsaban de su trabajo. Sufría.

Del libro, bien escrito, atractivo, interesante, se desprenden algunas paradojas que hacen de la historia europea una cantera inagotable de contradicciones y un mundo de posibilidades. Por ejemplo, la forma en que muchos comunistas lucharon contra el nazismo, mientras “buscaban implantar otra forma de dictadura”, como la que padecería Hugo hijo y su familia. También la manera en que concluye una historia de odios con millones de muertos por razones raciales, y el antisemitismo reemerge como una pesadilla que se niega a terminar.

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