www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

NOVELA

Juan Marsé: Esa puta tan distinguida

domingo 08 de mayo de 2016, 17:00h
Juan Marsé: Esa puta tan distinguida

Lumen. Barcelona, 2016. 240 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. El autor de “Últimas tardes con Teresa” nos ofrece en su nueva novela una trama donde se entremezclan varias épocas y sucesos, empezando por un crimen en un cine de barrio, que nos muestran a un Marsé en plena forma narrativa.

Por Rafael Fuentes

En su última entrega novelística, Juan Marsé nos narra la historia de una película -o, más bien, la intrahistoria de ese filme-, en un tono de sarcástico descreimiento. Retorna así al asunto neurálgico de toda su obra, el pulso apasionante y casi indescifrable entre fantasía y realidad en nuestra experiencia del mundo. En Esa puta tan distinguida vuelve a indagar en esa mágica mixtura entre sucesos e imaginaciones recurriendo al cine, como sucedía de un modo u otro en novelas ya míticas como Si te dicen que caí, Un día volveré o El embrujo de Shanghai. No obstante ahora se introducen decisivas variaciones. Los modelos anteriores nos ofrecían el punto de vista propio de una mirada infantil sobre la pantalla cinematográfica, utilizada como mitificación y defensa frente a la insoportable dureza y zafiedad de la inmediata posguerra, con el fin de alimentar el sueño de otra vida más intensa y más verdadera que la experimentada en aquel momento. Un propósito siempre fracasado, pues como sentenciase el autor al comienzo de El embrujo de Shanghai: “Los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos.”

Otro tanto ocurre en Esa puta tan distinguida, aunque con un giro radical de perspectiva. El cine no suscita aquí ninguna fantasía infantil o juvenil, con esos ojos ávidos de existencias repletas de auténticos alicientes, sino que se somete a la implacable observación de un narrador desencantado y hastiado que recibe en 1982, tras culminar la Transición política, el encargo de recrear el homicidio en 1949 de una prostituta en la cabina de proyección del Cine Delicias mientras se exhibe Gilda, de Charles Vidor. Esta tarea le permite a Marsé, entre otras cosas, explorar el trasfondo de nuestra cinematografía nacional, rastrear en los vericuetos laberínticos de la memoria histórica y señalar cuáles han de ser los vínculos entre lo histórico y la ficción artística y narrativa, siempre desde su criterio personal e inconfundible, insobornable e independiente a ultranza.

Su ajuste de cuentas con la producción cinematográfica española comienza con los directores de un antifranquismo militante desde las épocas remotas del cine en blanco y negro, representados aquí por el cineasta designado para iniciar la filmación: Héctor Roldán. El narrador de Esa puta tan distinguida y guionista del proyecto -en gran medida un alter ego del propio Marsé-, no disfruta precisamente de unas relaciones cordiales con él. Ambos comparten sin duda su desprecio hacia la dictadura franquista, pero desde dos actitudes mentales claramente antagónicas. En sus instrucciones, ese militante antifranquista parece vivir todavía dentro de la tiranía militar, como si el tiempo no hubiera pasado, y sus prejuicios ideológicos le imposibilitan sentir una auténtica empatía con la experiencia humana sufrida entonces.

Las disposiciones de Héctor Roldán son diáfanas: “Cualesquiera que fueran los sentimientos que propiciaron el crimen, la pasión amorosa o el odio, la locura, la venganza o la simple rapiña, sus protagonistas, la puta y el asesino, debían quedar como víctimas del sistema político y únicos perdedores.” Marsé denuncia, pues, inteligentemente, de qué modo una posición sectaria vacía de verdadero sentimiento humano la experiencia artística: pasión, odio, venganza, rapiña… son anulados para sustituirlos por esquemas abstractos. En palabras de Juan Marsé: “Ese bienintencionado testimonio de depravación y de victimismo, sería previsiblemente encarnado en la pantalla por conceptos más que por personajes.” Para rematar: “¡Personajes de naturaleza abstracta más que vivencial!” Porque, obviamente, las instrucciones que recibe resultan todo lo contrario de la esencia de una narración fílmica o novelesca, que nunca debieran ser conceptualizaciones esquemáticas, sino una peripecia cuya vivencia emocional concreta pueda sentirse como propia por el espectador o el lector.

Esta incisiva reflexión sobre el efecto demoledor del arista militante se decanta finalmente hacia el chusco esperpento cuando la realización de la película pasa a manos de un negociante sin escrúpulos, Edgar Mardanos, que le da la vuelta al calcetín del guión para convertirla en ese cochambroso “cine de destape” que causa sonrojo y que floreció en la Transición. El crimen pasa a segundo plano para que el protagonismo recaiga en una hermosa y simpática prostituta ciega tan sonriente como de buen corazón. El diagnóstico del autor de Últimas tardes con Teresa sobre nuestro cine resulta desolador, oscilando -salvo honrosas excepciones- entre esquemas abstractos de mentes sectarias y comerciantes sin ningún remilgo en trivializar el producto para especular con él y mercantilizarlo hasta el ridículo.

Vacunado contra ello por su escéptico desencanto, el guionista prosigue por su cuenta y riesgo la exploración de la década de los años cuarenta y de aquel crimen célebre y a la vez enterrado en el tiempo. Aquí es donde el lector reencuentra en estado puro las más valiosas cualidades que han hecho famoso el universo de Juan Marsé. El guionista debe llevar a cabo, para documentarse, diversas entrevistas al asesino de Carolina Bouil, Fermín Sicart, antiguo proyeccionista del Cine Delicias. El duelo verbal, gestual, psicológico, entre ambos en cada encuentro es antológico. Allí tiene frente a él, en la persona del homicida, a la memoria histórica en vivo. Un material potencialmente explosivo del que quizá, en un primer momento, parezca sencillo extraer un documento fidedigno en bruto. Pero el combate soterrado -insólito, excepcional-, entre los dos seguirá derroteros imprevisibles. La idea de una memoria espontánea teorizada por el filósofo Henri Bergson y llevada a la literatura por Marcel Proust, se derrumba. El homicida Fermín Sicart recuerda todos y cada uno de los pormenores del estrangulamiento de Carolina, pero ninguna de sus motivaciones. ¿De qué sirven los hechos en bruto, si se nos escapan sus propósitos, intenciones, sentimientos y pasiones que les hacen suceder?

A los lectores asiduos de Juan Marsé les resultará sumamente interesante comprobar de qué modo este personaje de Fermín Sicart está íntimanente vinculado a la elaboración de Si te dicen que caí. En aquella novela, una obra maestra de nuestra narrativa del siglo XX, Juan Marsé aprovechaba la memoria popular y su propia experiencia infantil fragmentaria sobre el crimen de la prostituta Carmen Broto cometido en la década de los años cuarenta, en lo que se conoció como "el crimen de la calle Legalidad". Aquella reelaboración novelesca a través de los aventis de los niños del barrio tuvo curiosísimas consecuencias extraliterarias. Por un lado, el novelista argentino Alberto Speratti se entrevistó con Marsé para escribir El crimen de la calle Legalidad y, por otro, dio pie al obtuso ensayo de Manuel Trallero y Josep Guixá: La invención de Carmen Broto. O la deconstrucción de un crimen perfecto, donde se acribillaba con argumentos lerdos a Marsé por no haber reconstruido científicamente aquel asesinato, como si el propósito del autor no hubiera sido inspirarse libremente en él para llevar a cabo una creación novelesca.

Pero el episodio más sorprendente relacionado con el caso lo narra Josep Maria Cuenca en su indispensable biografía sobre Juan Marsé Mientras llega la felicidad. A través de sus páginas sabemos que uno de los asesinos de Carmen Broto se puso en contacto con el novelista mediante una carta donde se podía leer: " A mí me gustaría mantener una conversación con usted, no para dialogar con respecto a su libro, sino para hablar del que yo acabo de escribir sobre el caso de Carmen Broto, y que pienso publicar, si puedo. Su título: Yo y el crimen de la calle legalidad. ¿Sabe que el director de cine Gonzalo Herralde piensa rodar una película sobre el mencionado caso? (pág. 397).

A través de la biografía de Josep María Cuenca sabemos que Juan Marsé aceptó recibir a Navarro Manau y cuál fue su impresión del asesino: "Entonces yo vivía en la calle Bacells y él se presentó con una pinta... Era un tipo bajito, muy estirado, y llevaba las gafas negras de esas de vendedor de cupones, con una gabardina echada sobre los hombros. Tenía ni más ni menos que la pinta del psicópata que todavía está jugando no diré a asustar -porque era un ingenuo- pero sí a intentar impresionar." ¡Aquí está el embrión del Fermín Sicart de Esa puta tan distinguida! La misma fisonomía, el mismo talante. Es obvio que Marsé no realiza una crónica de aquel encuentro. Pero sí desarrolla el núcleo problemático de la entrevista. El asesino real, Navarro Manau, da una explicación política al crimen que cometió, y que Marsé consideró "un embuste de arriba abajo." La niebla del crimen tratado en Si te dicen que caí no se despejaba ni aun hablando con el criminal auténtico. A partir de ahí surge la fábula central de Esa puta tan distinguida. El creador y el artífice de los sucesos se enfrentan a la retorcida obstinación con la que la verdad se esconde, incluso para los protagonistas de los hechos.

En Esa puta tan distinguida Marsé, en ese pulso entre asesino y guionista, afronta la derrota de la memoria. Más aún cuando a esa memoria se la considera como un supuesto documento incontrovertible. Primero porque junto a la memoria, el poder político organiza la “desmemoria”, entendida como falsificación programada del pasado. El guionista lo explica así, distinguiendo olvido frente a desmemoria: “El olvido puede ser involuntario. La desmemoria, sobre todo en este país, suele ser una falacia perfectamente planeada.” Pero desarticulando esa falacia, no se llega tampoco tan fácilmente a la verdad, como una mente superficial pudiera creer. Cada memoria personal se instala a su vez en una burbuja engañosa, errática y versátil, efectuando burdos repintados de una falsedad, fingimiento y suplantación no siempre conscientes. Por ello, la novela de Marsé no se ocupa de las supuestas verdades de la memoria histórica, sino que más bien trata, con gran maestría, “de las añagazas y las trampas que nos tiende la memoria, esa puta tan distinguida.” Esa puta tan distinguida del título de esta novela no es otra, pues, que la propia memoria, cuyas farsas, máscaras y maquinaciones son el objeto real de su narración.

De nuevo, nos hallamos ante el mundo intrincado, con frecuencia indescifrable, entre ficción y realidad, como cuestión prioritaria de la obra de Juan Marsé. En el recuerdo se fusiona lo vivido y lo imaginado, lo acontecido y lo falsificado, lo sucedido y lo fantaseado, lo brutal y lo ilusorio: la existencia humana, a cada instante, se nutre de ambos componentes en una amalgama enigmática.

En su magistral relato, el autor de Noticias felices en aviones de papel, a través de la lucha entre el guionista y el homicida, certifica el fraude que esconde cualquier documento. Frente a ese embuste de lo documental, le toca el turno a la ficción artística. Para salir de las abstracciones dogmáticas y de las verdades unilaterales, resulta imperiosamente necesario intuir, deducir, valorar vertientes contradictorias, crear un mundo ilusorio que pueda ser sentido y apropiado por un lector o un espectador como algo propio. Aun con toda su carga problemática, ese universo acaba siempre dotado de la máxima autenticidad. Ahí se asienta lo indispensable de la ficción, pues como afirma genialmente Marsé en Esa puta tan distinguida: “La realidad solo existe si somos capaces de soñarla.”

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (12)    No(1)

+

0 comentarios