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NOVELA

Edgardo Cozarinsky: Dark

domingo 15 de mayo de 2016, 16:49h
Edgardo Cozarinsky: Dark

Tusquets. Barcelona, 2016. 136 páginas. 15,00 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por Daniel González Irala

Cineasta, dramaturgo, actor y novelista son varios los oficios que con desigual fortuna el autor de este libro ha llevado a cabo desde que viera la luz en Buenos Aires allá por 1939. Entre los galardones literarios recibidos le avalan el Premio a la Mejor Novela de la Academia Argentina de Letras o el Konex, con Diploma al Mérito por su trabajo en este campo desde 2004 a 2007.

La trayectoria vital en las artes de Cozarinsky resulta sumamente contradictoria y no empieza en el cine hasta los años setenta, momento en que con gran bagaje de lecturas y algún que otro ensayo publicado sobre Borges y el cine, se va a vivir a París, lugar que le deja honda huella en cuanto a vivencias. Desde entonces, alterna estas y otras capitales de forma que podría adivinarse que en los relatos que escribe a partir de mediados de los ochenta sus visiones del mundo no confrontan lo europeo con sus raíces, sino que quedan plenamente integradas.

Se narra aquí la historia de deslumbramiento por parte de un adolescente que miente, al decir llamarse Víctor, por Andrés, alguien de quién de primeras sólo sabemos que tiene mucho dinero. Entre ellos surge la chispa de lo prohibido y cierta sensualidad, si bien desde que conocemos el ritmo y tono de la historia, podríamos adivinar que es Víctor ese chico que fuma en penumbra jugándose la vida a los dados, el que aparece en la fotografía de la cubierta, lee a Thomas de Quincey (sus textos sobre los fumaderos de opio) y quiere, por encima de cualquier otra cosa, ser escritor. Blanco perfecto para Andrés, un cuarentón bien leído y viajado, que le aconseja no meterse donde inevitablemente lo está haciendo.

Como si de un combate amañado de boxeo se tratase y con un enfoque totalmente desmitificador tanto del género negro en el que se embarca, como del nostálgico al que a veces tanto recuerda (pienso en La muerte en Venecia de Thomas Mann), Cozarinsky introduce al solitario e introvertido chico de clase media en las espirales del mal y todo empieza de forma sencilla con el engatusamiento, las invitaciones a los espectáculos tipo Folies Bergère de la ciudad, el ambiente de los bares donde se baila tango, en resumidas cuentas el hampa disfrazada de dorada y prolija bohemia, la que se vive en las calles de Buenos Aires en la década de los cincuenta.

La estructura del relato, por el que desde el principio encontramos una conexión con el fatal final -un final que nos es mostrado con ese fuera de campo tan cinematográfico-, resulta en su devenir circular un mensaje de atención sobre cómo lo malo o lo oscuro puede cada vez envilecerse y oscurecerse más, y es que esa crónica del suceso anunciado jamás podrá ser escrita ni referida por Víctor, quién le sigue el juego al cuarentón sólo para adivinar algo que no le llegará, no sabemos si por haber arriesgado poco o por llegar demasiado lejos.

Se dice que “la imaginación, astuta, rescata todo aquello que la memoria ha borrado y lo atrapa en la red de la ficción”; en este sentido, en el relato parece que se quiera jugar desde un punto de vista, no sabemos si posmodern, a desdibujar unos límites, ya de por sí difusos, mediante una reflexión oportuna que nos hace Andrés al respecto. El hecho de que estos límites se expliquen por la aparición de referentes como William Irish nos vuelve a recordar esa presencia invisible que va de las drogas a los bajos fondos, esa oscuridad que inevitablemente llevaría a la locura a cualquiera y que queda esponjada en el cerebro como si a este se le hubieran inyectado grandes dosis de sustancias nocivas con una jeringuilla.


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