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RELATOS

Mariana Enriquez: Las cosas que perdimos en el fuego

domingo 15 de mayo de 2016, 16:54h
Mariana Enriquez: Las cosas que perdimos en el fuego

Anagrama. Barcelona, 2016. 200 páginas. 16,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Verónica Meo Laos

En sus varias acepciones, suele definirse a la sordidez primero como suciedad, pobreza o miseria; segundo como mezquindad o avaricia y, por último, en tanto vileza e inmoralidad. A modo de ejemplo de esta última versión podríamos afirmar que a cierta prensa sensacionalista le apasiona regodearse en los detalles sórdidos. Es así como es común ver en titulares catástrofe, crímenes horrendos acompañados de imágenes mutiladas o ensangrentadas que, apenas disimulan el descaro cubriéndole los ojos con una franja negra.

Pero lo más obsceno, lo más impúdico de ese tipo de narrativas periodísticas es que, de tanto tensar la cuerda del escándalo, terminan por provocar su opuesto. Es poco probable que esas imágenes resulten perturbadoras, más aún cuando la Internet hace circular muchas otras que exhiben la muerte con sus ojos desorbitados.

La cuestión de que las imágenes han mutilado la imaginación -para continuar en la línea de las metáforas macabras- es un debate de larga data e, incluso inútil, lo mismo que debatir si la radio desaparecería con la televisión o si por culpa de la web los libros seguirían el mismo camino. Por eso, aun siendo una verdad de perogrullo, reivindicamos a la palabra, escrita o sonora, como la única capaz de hacernos estremecer de verdad con solo una sutil combinación de signos lingüísticos doblemente articulados.

Miedo es lo que provoca la lectura de Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), el último trabajo editorial de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973), docente y periodista, subeditora de suplemento de Radar del diario argentino Página/ 12. Más de un escalofrío nos recorre la columna vertebral mientras leemos los doce cuentos que forman parte del libro cuyo derrotero tiene un punto en común: todos ellos pueden ser reales en una nada sutil amalgama de crónica sangrienta, novela negra y thriller sobrenatural. Asimismo, haber seleccionado una adjetivación rotunda junto a una narrativa cercana al vértigo constituyen dos elementos que combustionan rápido y hacen que tengamos que apretar bien los ojos antes de continuar leyendo.

No obstante, como ocurre con la información abrumadora en los periódicos que es capaz de impactar y diluirse hasta desaparecer por completo entre la marea informativa, la docena de cuentos de Enriquez es una montaña rusa cuya primera elevación empinada nos mantiene en vilo hasta que llegamos a la cima, provoca náuseas con la primera pendiente, continúa con el corazón en la boca en los próximos minutos hasta que uno se acostumbra al vértigo y la adrenalina desaparece.

Pero, lo más intimidante no es el haber tensado hasta el límite la sordidez de la marginalidad con sus personajes mugrientos despojados de toda esperanza sino que toda esa realidad macabra, que es la arcilla de las noticias policiales a diario, también pueda ser objeto de cuentos sobrenaturales. Es allí donde la estrategia de escritura camina por senderos de dudosa ética y corre el riesgo de morir ahogada en su propio vómito.

Porque se puede tolerar perder cualquier cosa con el fuego, menos el Norte.

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