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MEMORIAS / ENSAYO

Günter Grass: De la finitud

domingo 15 de mayo de 2016, 17:04h
Günter Grass: De la finitud

Traducción de Miguel Sáenz con la colaboración de Grita Loebsack. Alfaguara. Barcelona, 2016. 182 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. Esta obra póstuma del premio Nobel alemán, donde se dan cita el diario, la poesía y el ensayo, junto a ilustraciones del propio Grass, es su lúcido e irónico testamento.


Por Paulo García Conde

Ocurre que, a veces, la aparición de una obra póstuma perteneciente a un gran autor nos deja un regusto agridulce. Dulce por la parte en que recibimos un legado de quien por desgracia ya nada podíamos esperar, como un último aliento que quisiese regalarnos quien ya nos lo había regalado casi todo. Agrio en cuanto al riesgo existente, como ocurre con cada nueva obra que se publica, de que esta vez el autor no esté a la altura de lo que hasta entonces había dado de sí. Por suerte, De la finitud deja un sabor más agradable que amargo. Y no porque así lo sea su contenido, sino porque, una vez más, tenemos ocasión de disfrutar de una lucidez que se resistió a consumirse. A pesar de la edad, de la melancolía, y de la combinación fatal que puede resultar siendo la mezcla de ambas.

El desaparecido premio Nobel alemán nos sitúa ante un trabajo hecho a sabiendas de que, entonces, le quedaba poco para consumirse. Parte de ese desgaste está profundamente reflejado en las líneas escritas, en esta obra que podría definirse como una suerte de diario singular, o como una deslumbrante poesía ensayística. Compuesta por muchas piezas de breve extensión, Grass aborda la actualidad, tocando los aspectos sociales, los políticos y yendo más allá. Resulta extraño sentir la voz del autor de El tambor de hojalata o El rodaballo hablando de redes sociales, y a la vez gustoso por los precisos zarpazos que lanza a las mismas y a las masas que tras ellas nos escondemos. Podemos entrever así al escritor comprometido y poco dado a morderse la lengua, algo que no le impide controlar con maestría su tono.

De la finitud, además, se compone de muchas ilustraciones que complementan el significado de los textos, trazos de la propia mano de Günter Grass, de quien no hay que olvidar su formación como escultor y dibujante. Esta elección ofrece una mayor cercanía, como si se hubiese decidido a dejarnos ver algo más de sí mismo, y no tan solo su poder al jugar con las palabras y las ideas. Hay en este libro un matiz personal difícil de detectar en otros, la determinación de dejarse ver la piel desde muy cerca, aceptando que no hay nada que ocultar o mantener a raya. Por eso ensaya, con su fina y reconocible ironía, sobre la pérdida de su dentadura y el uso de una postiza, o sobre la elección y confección del ataúd que lo guardaría para la eternidad.

Pero esas partes de diario no lo llenan todo. En fragmentos como “La luz al final del túnel” o “Xenofobia” afila su agudeza más crítica y aborda sin tapujos la realidad. Siempre, eso sí, sin perder el tono; su tono, que lo hace único. Hay reflexiones para enmarcar en estas páginas, como la perteneciente a “Plegaria vespertina”, una de las primeras piezas en descubrirse ante el lector: “Lo que de niño / me asustaba hasta ponerme el miembro tieso / era una frase -Dios lo ve todo- /, escrita en los muros con letra picuda; / pero ahora -desde que Dios ha muerto- / da vueltas arriba un dron no tripulado, / que no me pierde de vista / con un ojo sin pestañas que no duerme / y todo lo almacena, no puede olvidar nada”.

A pesar del aspecto ligero que le otorgan las 182 páginas que conforman el libro, hay una gran profundidad evidente en el contenido de este trabajo. Pasajes más duros con aquello con lo que el protagonista envejecido no está de acuerdo, o con aquellas decisiones que quizá en el momento de sentarse por última vez a escribir no hubiese vuelto a tomar; reflexiones mordaces sobre el amor, sobre los sentimientos (como los celos) que provoca; afirmaciones de una mente que, cercana a consumirse, todavía reúne fuerzas para despuntar con una mirada única. En algunas ocasiones el carácter personalísimo de los textos puede enfriar un poco la lectura para quienes no son admiradores asiduos del Nobel alemán, pero la obra en su total no tiene desperdicio. Menos si uno piensa que pueden ser las últimas líneas de Günter Grass que lea. Porque, como dijo su editor en el acto de presentación del trabajo, será difícil que aparezca un manuscrito inédito por arte de magia. No obstante, dejó la puerta abierta a una posible edición de sus diarios.

En todo caso, y sin entrar en menosprecios a lo que esas publicaciones pudiesen suponer, De la finitud es el broche a una carrera literaria extensa y excelsa. El propio autor se encargó de que así lo fuese bautizándola con un título semejante, vetando toda posibilidad de que esta obra pudiese parecer otra cosa distinta a la que es. No hay nada más allá de lo que haya aquí, que no es poco. No es nada sencillo seguir analizando y desmantelando la realidad y la actualidad al mismo tiempo que se encara la propia muerte. Al alcance de unos pocos está algo así, y uno de esos elegidos ha sido Grass. Su compromiso, su pasión por la literatura (y, en particular, por el acto de contar mediante la palabra escrita) y su mirada exclusiva aúnan fuerzas para brindarnos ese último aliento, para compartir con quienes lean esta obra una sabiduría propia de quien ha vivido mucho.

Pero, sobre todo, de quien se ha desvivido por contarlo. Hasta “poner punto final”, título de otro de los fragmentos que bien podría servir como despedida: “Cada vez más palabras consumidas. Continuamente muere alguien con precipitación. Ya lo que pretende ser real se entrega de segunda mano. Ya me quedo a un lado del borde del campo de juego. Ya se acaban las cerillas. Ya vacilo en decir ahora. Alguien, bien intencionado, me aconseja poner punto final mientras no me tiemble la mano”. Temblase o no la mano al escribir estas líneas, es de agradecer que el autor, siempre valiente, haya apostado por escribirlas, dejándonos así un pequeño legado. Una finitud siempre relativa.

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