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TRIBUNA

Periodismo en tiempos de crispación

sábado 21 de mayo de 2016, 19:56h

Ser reportero de guerra ya no es una profesión peligrosa, sino sencillamente inviable, pues resulta imposible adentrarse en una zona de conflicto, sin perder la libertad o la vida. Robert Capa murió en Indochina el 25 de mayo de 1954. Pisó una mina, mientras intentaba aproximarse un poco más a línea de fuego. Imagino que seguía su propio lema: “si tus fotos no son buenas, es porque no te has acercado lo suficiente”. Capa era un hombre valiente, pero no creo que hubiera actuado con el mismo criterio en la actual guerra de Siria, con los cuchillos de DAESH afilados para descabezar a enemigos, intrusos o indiferentes. De todas formas, no hace falta una situación tan dramática para acabar con el periodismo o menoscabar seriamente su salud. El espíritu de confrontación que vivimos en España en las vísperas de unas nuevas elecciones puede ser tan dañino como la intimidación ejercida por la violencia. Desde mi punto de vista, el papel de un periódico es crear un espacio para el debate. Si en vez de eso, se limita a reiterar consignas, alineándose con una perspectiva unilateral, desciende a la altura del pasquín.

El buen periodismo oscila entre la pieza literaria, el apunte filosófico y el análisis político. Azorín se cobija en la visión estética del mundo, rehuyendo la colisión con la realidad inmediata. Larra escruta su época, alternando el sarcasmo y el anhelo liberal, reformista, que naufraga en el pesimismo a la temprana edad de veintisiete años. El eco de su pistoletazo aún tiembla en la memoria colectiva de los españoles. Ortega y Gasset combina la meditación filosófica con el análisis político, comprometiéndose con la regeneración de España. Su silencio también ha dejado una huella profunda, evocando la trágica escisión de un país con una débil conciencia nacional y una resistencia a la modernidad que sólo ha acarreado desgracias. Pienso que el periodismo actual ha renunciando a la excelencia, prefiriendo despeñarse por la discusión enconada y partidista, negándose a reconocer ninguna virtud en el adversario. Comprar o leer un periódico no constituye una aventura intelectual, sino un acto de adhesión a una idea política. En un periódico de izquierdas, podemos encontrarnos con los crímenes del franquismo, narrados con un comprensible espanto, pero raramente se mencionará la persecución religiosa que acabó con la vida de 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos, 283 religiosas y 13 obispos. Yo he escrito un artículo sobre las Trece Rosas, condenando uno de los episodios más dramáticos de la posguerra, pero hasta hace poco no había oído hablar de la masacre perpetrada en agosto de 1936 en Barbastro, donde las milicias anarquistas asesinaron 114 sacerdotes diocesanos, 13 canónigos, 5 seminaristas, 51 misioneros claretianos, 9 religiosos de las Escuelas Pías, 18 religiosos benedictinos del Pueyo y el obispo Florentino Asensio Barroso. Todos los testimonios destacan la sensibilidad social y el carácter conciliador del obispo. Nada de eso importó a sus torturadores, que le amputaron la bolsa escrotal y le cosieron las heridas con hilo de esparto. Murió bendiciendo y perdonando a los que lo fusilaron, sin mostrar signos de odio ni rencor.

Durante mucho tiempo, se elogió la Transición como un proceso ejemplar. Ahora se denigra o cuestiona. Ningún proceso político es perfecto y quizás a esa etapa histórica le faltó una reconciliación sincera. Ya lo apuntó Pedro Laín Entralgo, con su lucidez habitual. Ninguno de los contendientes pidió perdón. Ese paso –imprescindible para normalizar la convivencia- se refleja en un periodismo de trinchera, que demoniza al antagonista. Cuando acudimos a un periódico, no pedimos independencia, sino argumentos para corroborar nuestros prejuicios. Exigimos a la prensa que mantenga posiciones numantinas. Quizás por eso ningún medio de izquierdas menciona que el exterminio del clero no fue obra de incontrolados, sino la culminación de un sueño del viejo anarquismo español, que contó con la indiferencia del gobierno republicano y el apoyo efectivo de los comunistas. Del mismo modo, ningún medio de derechas se muestra comprensivo con los familiares de la represión franquista que piden recuperar los restos de sus seres queridos y enterrarlos dignamente. Se deplora –con razón- que el general Yagüe, responsable de la matanza de Badajoz, aparezca en el callejero, pero se honra la memoria de Andreu Nin con un pasaje en Barcelona o la de Santiago Carillo con una calle en Madrid. Andreu Nin, líder del POUM, celebró la persecución religiosa, atribuyendo al comunismo libertario el mérito de haber resuelto “el problema religioso”: “Hemos suprimido sus sacerdotes, la iglesia y el culto”. Carrillo fue Consejero de Orden Público. Es imposible que desconociera las matanzas de Paracuellos. Lo mejor que puede decirse a su favor es que no hizo nada para evitarlas. Las matanzas de Paracuellos sólo acabaron cuando el anarquista Melchor Rodríguez, nombrado delegado especial de prisiones de Madrid, se enfrentó a la Junta de Defensa de Madrid, controlada por José Cazorla y Santiago Carrillo, ambos comunistas. Su gesto casi le costó la vida. Desgraciadamente, muy pocos le recuerdan, pese a que simboliza el afán de justicia por encima de las diferencias ideológicas.

El periodismo muere cuando el compromiso con la verdad declina para favorecer una versión partidista de los hechos. Ese giro suele reflejarse en el descuido de la prosa, los titulares sensacionalistas y los malos modales. Entiendo que Ortega y Gasset abandonara la arena política en 1932. No vivimos la antesala de una guerra civil, pero el espectáculo no es edificante. Espero que el debate vuelva a la prensa, que las ideas reemplacen a los vituperios, que las discrepancias se aborden desde la responsabilidad y el patriotismo, que surja un proyecto de estado capaz de resolver los graves problemas sociales y económicos de nuestro país. El porvenir exige altura de miras, pero de momento no levantamos la mirada del suelo.

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