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NOVELA

Kurt Tucholsky: El castillo de Gripsholm

domingo 22 de mayo de 2016, 16:35h
Kurt Tucholsky: El castillo de Gripsholm
Traducción de Jorge Seca. Acantilado. Barcelona, 2016. 165 páginas. 16 €.

Por Alejandro San Francisco

Kurt Tucholsy (Berlín, 1890) fue un periodista que escribía artículos y ensayos literarios y políticos. Su vida transcurrió en la Alemania de Weimar en sus primeros años, luego se trasladó a París y más tarde a Suecia. Quizá esta trayectoria vital sería irrelevante desde el punto de vista de la literatura, si no fuera porque El castillo de Gripsho: Una historia veraniega -cuya primera edición apareció en 1931- comienza precisamente cuando un editor le escribe a un autor para pedirle que cambie su preocupación por la contingencia, porque le “apetece volver al cultivo de las 'bellas letras'”. Por ejemplo, podría tratarse de una historia de amor. Así, tras algunas negociaciones de derechos económicos, se llega a proponer una “breve historia de amor de verano”. Así comenzó esta historia.

El escritor parte a Suecia con una secretaria, su amante, llamada Lydia, pero a quien los amigos llaman “la princesa”, sin que lo sea. Ambos realizan un viaje a Suecia, para disfrutar cinco semanas de vacaciones, peripecia que se realizaría en tren, vía Copenhague. Hablaban de literatura y de amor, también se permitía algunas reflexiones más políticas: “Europa es una aduana continua”, pensaba al pasar por los diversos países, reconociendo la preeminencia de “la religión de las patrias”, para él creadora de enemigos y fronteras, como se había probado en la Primera Guerra Mundial y como se demostraría dramáticamente con el estallido de la Segunda.

Sin embargo, la novela se va transformando de una historia de amor en un viaje veraniego que combina vacaciones con sucesos sobrevinientes que cambiarán el sentido del esperado descanso. Todo comenzó al conocer el castillo de Gripsholm, uno de los más antiguos de Suecia, “un paisaje natural, tranquilo y apacible, con árboles y prados, campos y bosques”, y en cuyas habitaciones se quedaron finalmente. En un primer momento les hablan de un viejo que goza con el sufrimiento de los demás. Pero el instante clave se produce cuando conocen a una niña de apenas nueve años, estremecida, que vivía en una residencia dirigida por la señora Adriani, a quien todas las pequeñas temían. Adriani, sin hijas propias, tenía cuarenta niñas a su cargo, a quienes trataba con dureza, incluso con crueldad en ocasiones, era “mala gente”, como la describía una lugareña. La niña de nueve años -cuya madre vivía en Zúrich- “estaba completamente sola y tenía miedo”. Desde entonces, y entre amigos y vacaciones, los viajeros comenzaron a preocuparse de la situación, y procuraron saber más sobre las condiciones en que vivían las niñas, especialmente su conocida, así como conversar con la señora Adriani, que se mostraba inaccesible y brutal en su concepción de la justicia.

En un caso de robo que denunciaba la señora, señalaba que sería castigado “quien no obedezca sufrirá en sus carnes”, que si una hacía algo mal lo pagarían todas: “A eso se le llama justicia”, aseguraba. Cuando “la princesa” encontró a la pequeña huyendo temerosa, se acercó a ella, le preguntó que le ocurría: así supo de los abusos y los golpes, mientras la niña solo quería ir donde su madre. Ahí empezaron las indagaciones para intentar hallarla y ver la posibilidad de sacar a la pequeña de su encierro. El escritor y Lydia se involucraron con logros y desilusiones, pero con una convicción inalterable: “La niña necesita ayuda”. El resultado, finalmente exitoso, debió enfrentarse con la decidida oposición de la señora Adriani para dejar partir a la niña, mezcla de venalidad con reafirmación de su autoridad, incapaz de ser contradicha.

En su momento, la novela fue censurada por el gobierno nazi que accedería al poder en 1933, aunque no fuera explícitamente contraria al partido de Hitler ni tampoco tratara al tema de los judíos. Sin embargo, aparecen reflexiones como ésta, cuando quieren meterse en el asunto de salvar a la niña: “La mujer [Adriani] estaba en su derecho. ¡Vaya reflexión más prusiana! Una niña estaba sufriendo. Pues eso basta y punto”, lo que representaba una expresión más abierta sobre la libertad y la justicia que comenzaban a desaparecer.

No está de más decir que el autor se suicidó en 1935, en Suecia, y fue enterrado cerca del castillo de Gripsholm, que dio vida a esta novela que es breve, pero profunda, manifestación de la perpetua lucha entre el bien y el mal, pero también del valor de complicarse la vida por el bien de otro, antes de vivir en una cómoda indiferencia.

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