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LO ÚLTIMO DEL ACLAMADO ALEXANDER SOKUROV

Francofonía: y el Louvre se salvó del expolio nazi

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
viernes 03 de junio de 2016, 11:32h
Al aclamado cineasta ruso Alexander Sukarov estrena su último trabajo, Francofonía, un ensayo cinematográfico sobre la historia, la política y el arte con base en el Louvre durante la ocupación nazi de París en 1940.
Francofonía: y el Louvre se salvó del expolio nazi
El cineasta ruso Alexander Sokurov vuelve a hacer cine con mayúsculas en una cinta inclasificable que bebe del documental, del ensayo y la ficción para establecer un diálogo entre el arte, la historia y el poder. Fiel a su marca personal, Sokurov firma en Francofonía una pieza experimental y poética, pero de enjundia sesuda y algún que otro oasis cómico.

El aclamado realizador se sitúa en el París de 1940, recién ocupado por las tropas nazis, y se sujeta a dos personajes históricos: Jacques Jaujard, por entonces director del museo del Louvre, y el conde Franz Wolff-Metternich, un oficial alemán al que Hitler había encomendado la labor de velar por la conservación del arte europeo durante la guerra, un eufemismo para denominar las órdenes de llevarse a Alemania cualquier objeto artístico de valor y que terminó convirtiéndose en el mayor expolio cultural de la historia reciente. Dos hombres que rondaban la misma edad y tenían, pese a la gran brecha ideológica, una cosa en común: el amor por el arte. Jaujard y Wolff-Metternich tramaron un complot para salvar el patrimonio artístico del Louvre, expresión de la civilización y la historia europeas, mientras Europa quedaba reducida a escombros. “A los museos no les importan las guerras, mientras les dejen tranquilos”, dice la voz en off de Sokurov sobre una imagen aérea del mastodóntico edificio en el corazón parisino.

Sobre esta trama que reproduce hechos reales en forma de ficción, el cineasta juega al montaje, un rasgo característico de su cine, muy, si se quiere, ruso. Imágenes de archivo, fotografías, incluso algo de animación, y mucha voz en off del propio Sokurov. Todo sirve para narrar, no sin cierta ironía sobre la condescendencia con la que los parisinos recibieron a las tropas alemanas, la historia de Francia, de Alemania, de su Rusia, de Europa, de la Humanidad… a través de una de las más sobresalientes colecciones de arte del mundo.

Junto a la construcción de este relato, otros dos escenarios se alternan con la trama de Jaujard y Wolff-Metternich. Primero, las interminables galerías del Louvre. El museo es productor de la cinta y ha permitido al director rodar a sus anchas en el edificio. Así que Sokurov se explaya y retoma en esta parte la base de su celebrada El arca rusa (2002), en la que recorría el Hermitage de San Petersburgo en un único plano secuencia de 90 minutos para visitar la historia de su país y definir su identidad en base a su legado artístico. El cineasta pretende ir completando poco a poco un gigantesco y variopinto ensayo cinematográfico en este sentido y sumar dos cintas más, con epicentro en El Prado y en el Museo Británico. Pero ahora le ha llegado el turno al Louvre, y aquí Sokurov dirige una cámara sinuosa y embriagadora entre las obras del museo parisino. Las observa de cerca y teoriza sobre el ser humano y sus capacidades creadoras y destructoras, en un discurso no lineal, que salta de una idea a otra, escritura automática que deja puertas abiertas por donde el espectador puede transitar, como él por los pasillos del Louvre, a su gusto.

Además, utiliza las galerías del museo para revivir a Napoléon y Marianne, la encarnación alegórica del espíritu de la Revolución Francesa, en una radicalización del punto onírico que sobrevuela las secuencias del Louvre. El primero, repitiendo ‘C’est moi’ ante cada cuadro y exasperado ante los acontecimientos políticos que han ido sucediendo a su muere; ella, repitiendo como un mantra ‘Libertad, igualdad y fraternidad’.

El segundo escenario que acompaña a la trama argumental sobre el evitado expolio del Louvre deja ver al propio Sokurov encerrado en su apartamento charlando por Skype con otro personaje que transporta obras de arte en un barco, azotado por la furia del mar. La última metáfora en una cinta marcadamente simbólica, que quiere llamar la atención sobre el peligro que corre el patrimonio artístico –y, con él, el histórico, el idiosincrásico- de la Humanidad también en la época actual (la destrucción de las joyas arqueológicas de Palmira por el Daesh es, quizás, el ejemplo más ilustrativo).

Una cinta inteligente, con una densidad importante –aunque rebajada a ratos por un sarcasmo delicioso y oportuno-, actual y bella a rabiar, que mantiene a Sokurov en el Olimpo de los autores cinematográficos más interesantes del último siglo.

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