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DOCUMENTAL DE DIEGO MAS TRELLES

Sexo, maracas y chihuahuas: ¿Quién era Xavier Cugat?

domingo 05 de junio de 2016, 16:37h
Un documental dirigido por el realizador Diego Mas Trelles recupera y completa la figura del músico catalán Xavier Cugat (1900-1990), el único español con cuatro estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood.
Diego Mas Trelles, director de 'Sexo, maracas y chihuahuas'.
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Diego Mas Trelles, director de 'Sexo, maracas y chihuahuas'.
Este otoño se cumplirán 16 años de su muerte y aunque nació y terminó sus días en Gerona, España no conserva huellas profundas del que fue uno de sus artistas más internacionales. Al menos, no en toda su dimensión. Porque Xavier Cugat dejó en su tierra su faceta más excéntrica, la del chihuahua y los amores y desamores con mujeres exuberantes a las que triplicaba la edad. Y sí, en el Hollywood colorido de las salas de fiesta y el champán en el que desarrolló su carrera también era eso. Bromeaba con inaugurar una quinta estrella en el paseo de la fama de Los Ángeles dedicada a su carrera como Don Juan. Pero las otras cuatro, las que sí escriben su nombre en los adoquines del séptimo arte, reconocen la trayectoria de un músico polifacético que supo vender su talento en la época dorada de las 'majors' hollywoodienses.

Ahora, el realizador Diego Mas Trelles recupera la figura de Cugat en el primer documental sobre su vida, Sexo, maracas y chihuahuas, el redescubrimiento de un personaje que, asegura a El Imparcial, le “fascinaba”, pero del que comprendió su verdadera magnitud e impacto en la cultura popular estadounidense a medida que avanzaba en la documentación. “Era como el arca del tesoro”, afirma.

Porque el músico catalán, claro está, supo venderse, y contó ante los medios innumerables historias más o menos conocidas sobre su papel en el Hollywood de los años treinta y cuarenta, como que fue él quien sugirió a Margarita Cansino el nombre artístico de Rita Hayworth, o que apadrinó la primera grabación en estudio de un tal Frank Sinatra, que parecía tener madera de cantante. Pero escarbando en el fondo documental –inmenso aunque de difícil acceso, según Mas Trelles- que existe sobre ‘Cugui’, surge la sensación de omnipresencia en la factoría artística de la época. De hecho, uno de los hitos tan clave como desconocido que desempolva el documental es que Cugat dirigió el primer corto sonoro de la historia. En 1928, un año antes de que se estrenara El cantor de jazz como contenedor de las primeras palabras del cine, el catalán grabó para la Warner Cugat y sus gigolós, una pequeña pieza en la que dirigía a la orquesta homónima con la que ya triunfaba en las salas de Los Ángeles y que fue la primera manifestación sonora del celuloide.


Xavier Cugat junto a Rita Hayworth


Los amantes de la música de Cugat, como el propio director y los participantes en el documental –Isabel Coixet, Javier Gurruchaga o Chucho Valdés, entre otros-, descubrieron al artista a través de las bandas sonoras que aportó a decenas de comedias musicales de las grandes productoras hollywoodienses, como Escuela de sirenas, La hija de Neptuno o Festival en México. Pero también participó en películas consideradas hoy de culto, como Luces de la Ciudad de Chaplin (con quien, cuenta Mas Trelles, habló de un proyecto en común que nunca llegó a materializarse), y su influencia ha llegado hasta el cine contemporáneo en cintas de Wong Kar-Wai, Woody Allen o Pedro Almodóvar.

Cinco mujeres y vínculos con la mafia

Cuando tenía cinco años, la familia de Xavier Cugat (Girona, 1900) se mudó a Cuba en busca de una vida más próspera y, sólo con once, el músico debutó en la orquesta sinfónica del Teatro Nacional de La Habana como primer violín. Un año después, se convirtió en un joven inmigrante en Nueva York, que dormía en un banco de Central Park y tocaba por aquí y por allá para comer. Su también talento para la caricatura, que cultivó hasta su muerte, le valió un trabajo como caricaturista en Los Angeles Times, instalándose en la ciudad del cine con 18 años. Allí creó una orquesta de tangos, la moda musical por aquel entonces, a la que fue añadiendo ritmos cubanos primero y latinos en general (uruguayos, mexicanos, brasileños) después, hasta crear un estilo alegre, vibrante y pegadizo que se convirtió en un género en sí mismo y llenó las salas de fiesta en las alternaban los VIP de la época.

Ahí nació el personaje de Xavier Cugat, siempre sonriente, siempre colorista, como si viviera de manera perenne en una de sus caricaturas. Fue durante sus primeras apariciones en el cine –donde, además de escribir e interpretar bandas sonoras participó como actor, casi siempre haciendo de sí mismo-, cuando al director de turno se le ocurrió colocarle un chihuaha en los brazos mientras conducía a su orquesta, convirtiendo al perro, junto a las maracas, en su inevitable y explotada seña de identidad. Como también lo eran las mujeres.

Fueron cinco los matrimonios de Cugat, enlaces personales y artísticos, puesto que sus romances fueron también las cantantes de sus orquestas, cada vez más jóvenes y siempre adaptadas a los cánones de belleza de la época: la artista cubana Rita Montaner, la mexicana Carmen Miranda, la modelo Lorraine Allen, y la americana Abbe Lane, una de las más famosas y con la que protagonizó giras mundiales que le sufrieron, a su paso por España, la censura franquista (demasiada sugerencia la de Abbe).



No tuvo descendencia. “Creo que él debía de ser estéril, porque algunas de sus mujeres tuvieron hijos con parejas posteriores. Él siempre dijo que tenía esta cosa voyeur, que era muy mirón, como Dalí, pero algún contacto físico tuvo que haber, con alguna de ellas, y nunca tuvo hijos”, cuenta el director del documental. Una de sus mayores polémicas fue la de su último matrimonio. Para poder casarse con la murciana Charo Baeza, una por entonces principiante cantante de 16 años, hubo, según cuentan, algunos arreglos de documentos por parte de la mafia.

Porque Cugat extendió su mito al relacionarse con los grupos mafiosos que controlaban la ciudad de Los Ángeles en los años 30, especialmente actuando en las salas propiedad del mítico Al Capone. “No es tanto que él buscara esas relaciones como que ellos le buscaran. Al Capone veía que era bueno y popular y que si lo llevaba a sus locales, se le llenaban de público”, opina el realizador. Cualquier figura pública de la época quería a Cugat a su lado. Por eso, compositores de la talla de Ernesto Lecuona, Ary Barroso o Cole Porter le pedían arreglos en sus canciones, ‘Bugsy’ Siegel le reclamaba en sus eventos (el catalán actuó en la inauguración del mítico Flamingo, el primer hotel de Las Vegas, erigido por el gánster americano) y los propios políticos le invitaban a los actos de campaña.

Cugat nunca se posicionó abiertamente en lo político, excepto en contra de Fidel Castro, cuenta Mas Trelles. “Cuando triunfó la revolución, en Cuba se acabaron los casinos y la fiesta, que era el mundo de Cugat, y además, el tema cubano le tocaba de cerca, ya que sus padres siguieron viviendo allí y están enterrados en el cementerio de La Habana”. Por lo demás, el músico jugó al despiste y, sobre todo, al marketing, y participó en campañas demócratas y republicanas en EEUU. “Con Franco nunca se la jugó. Nunca habló en contra, pero tampoco a favor, se escaqueó”.

“A Cugat le interesaba mantener buenas relaciones con el poder y estar presente lo máximo posible, era parte de su marketing, pero ellos eran los que se interesaban en el tío popular que les hacía de altavoz”, señala el realizador. De hecho, cuenta Mas Trelles, cuando volvió a España ya en su etapa más “patética –todo hay que decirlo”, siguió peleando por el reconocimiento. “A pesar de que le invitaban a galas en televisión, siempre sintió que en España no se le reconocía, y no paró hasta que consiguió que Jordi Pujol le diera la Cruz de San Jordi y Maragall, la Medalla de Oro de Barcelona al mérito artístico”.

Y llegó el rock ‘n’ roll

La vida de Cugat cambió de forma paralela al estilo musical dominante. “El chollo se le acabó cuando llega el rock ‘n’ roll; deja de estar de moda la música bailable y se empieza a economizar: sale mucho más barato mover a un grupo de cuatro tíos que a grandes orquestas como la de Cugat, que empieza a perder fuelle”.

Gugat vuelve a la 'madre patria' a los 70 años. No tiene ya el físico necesario para dirigir una orquesta, aunque sí para mantener su último romance con una joven catalana. “Un hombre con la vida que tuvo Xavier Cugat envejece mal. En sus últimos años tenía añoranza, melancolía, no sólo de la fama y la gloria, sino también del poderío económico perdido”, cuenta Mas Trelles. El músico llevó en Hollywood un tren de vida apabullante del que sólo pudo llevarse a España un antiguo Rolls Royce con el que solía recorrer las calles de Barcelona y que dejó en pago por su estancia al Ritz de la ciudad condal, donde vivió sus últimos años.

Estrictos contratos con diversas discográficas y varios negocios fallidos (entre ellos, un crecepelo que lanzó junto a Frank Sinatra, con quien compartía problemas capilares, y que resultó ser un fraude), sumados a su gusto por el derroche y la opulencia, le dejaron una vejez bastante menos acomodada y, de algún modo, con reminiscencias a sus inicios. De niño, tocaba para comer en Nueva York; en sus últimos años, pagaba las comidas del hotel barcelonés con sus dibujos firmados.

En lo personal, asegura Mas Trelles, los que le conocieron en su última etapa en España dicen que “cuidaba la pela”, pero que era “simpático, afable y siempre dispuesto a escuchar a los demás”. Sólo contaba sus “batallitas” cuando había medios presentes, “cuando tenía que currárselo”. Si no, hablaba de cosas normales de un hombre de su edad, como sus achaques, y no tan habituales, enamoradizo hasta la muerte como fue.

Para el realizador, “España se quedó en la anécdota” del paso por este mundo de Xavier Cugat. En EEUU, sobre todo los más mayores, siguen conociendo al catalán (que muchos, eso sí, dan por cubano) y existe un tremendo segmento de mercado entre los coleccionistas de lo pop y lo kitsch plagado de productos a los que el Cugat más ‘marketiniano’ prestó su imagen: maracas, envoltorios de turrón o anuncios de su criadero de chihuahuas, además de sus vinilos y dibujos.

Xavier Cugat fue un abanderado del mestizaje musical latino (y del cliché de lo latino y lo "tropical" también). Sin él, la salsa o el latin jazz no hubieran evolucionado hasta los ritmos actuales. “Quizás no fuera un modelo a imitar en algunos aspectos, pero hay que reconocerle, a parte del tesón y la voluntad de trabajo, el olfato para vender y venderse”, defiende el realizador y termina: “Me encantaría que la gente que no conoce a Cugat se entere de quien era pero, sobre todo, que escuche su música, que es muy rica y sigue funcionando. Con eso me doy por satisfecho”.

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