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GRUPO B - JORNADA 1: INGLATERRA 1 RUSIA 1

Rusia domestica a Inglaterra y le arranca los puntos | 1-1

Rusia domestica a Inglaterra y le arranca los puntos | 1-1
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La falta directa de Dier resultó inocua con el gol ruso sobre la hora.

El anochecer marsellés ratificó, en el desenlace de la segunda jornada de la Eurocopa 2016, la desmesurada responsabilidad que el Viejo Continente emplaza, en estas semanas, sobre los maltrechos hombros del fútbol. A la catarsis balompédica buscada por la nación organizadora en plena inestabilidad político-social (huelgas de transporte mediantes), con la tensa lupa antiterrorista como inevitable marco, se añadió este sábado la pretensión que señala a este deporte como elemento descontextualizador de su entorno, como apnea de la plomiza realidad. Con la vida de un aficionado inglés corriendo un riesgo severo tras ser apaleado por hinchas rusos en el Puerto Viejo (donde se ha desarrollado una escaramuza de hora y media, la tercera desde el jueves, que se ha saldado con decenas de heridos y miles de euros de factura material) se situaba en el Velodrome, icónico estadio de la ciudad costera, la atención, porque el fútbol debe vencer a la sinrazón. Pero no maquillarla. Los desembarcos desatendidos de las facciones ultras de Inglaterra y Rusia y la reproducción de los lamentables enfrentamientos que ambos grupúsculos mantuvieron en 1998 y sobre la misma porción de territorio francés (cuando se celebró el Mundial) han rebosado de bochorno y contaminado la atmósfera de un partido interesante en cuando a sus planteamientos antagónicos. Su enfermizo peso sigue golpeando la templanza de la UEFA y las delegaciones desplazadas de las selecciones enfrentadas. Con discursos desprovistos de condenas a la barbarie que superen la superficialidad dialéctica estandarizada, el cielo anexo a este campeonato se sigue encapotando, pero, en efecto, con el rodar de la pelota no cupo más consideración que la atención a lo que ocurriera en el verde.

Roy Hodgson, experimentado estudioso del juego extramuros, eligió la vertiente más ofensiva que el raciocinio ganador le permitió implementar. Nunca ganó su país en el debut en este torneo (ocho ocasiones, ningún triunfo). Quizá, por ello, el seleccionador de 68 años, arquitecto de la valiente regeneración del vestuario de los pross, entregó la alternativa al puñado de jóvenes que han cimentado una ilusión y expectativas olvidados en las islas británicas. Entre la querencia por empezar un nuevo camino con nombres novedosos y la inseguridad de la reacción de éstos al pomposo escenario, el sistema inglés colocó a Dier como única boya del centro del campo. Le rodearían Rooney -retrasado, como de costumbre, para generar y no rematar-, Dele Alli -perla de 19 años encargada de conectar entre líneas-, Lallana y Sterling –dos peones frenéticos, más regateador el segundo y mejor socio el primero-. Harry Kane, referencia atacante, completaba una apuesta diseñada para golpear y derribar por ritmo. Walker y Rose ejercerían de carrileros de continuo esfuerzo de ida y vuelta y sólo Cahill y Smalling actuarían como apoyo de equilibrio entre Dier y Hart. El trayecto hacia la ruptura de los complejos transitaba, pues, por el afiance de la tradicional puesta en escena: los jugadores de mitad de cancha retrataban la figura del box to box, con una preponderancia física sobre lo técnico que buscaría asfixiar la resistencia del púgil ruso. Ritmo, explosividad y exigencia continuada de fuelle para disimular las lagunas tácticas de un dibujo que viraría del 4-3-3 anunciado hacia un 4-2-3-1 o 3-6-2. La pelota y los dorsales volarían, según la hoja de ruta, hasta ganar por desgaste. Efervescencia sobre cualquier otro precepto.

Leonid Slutski es el artífice de la metamorfosis competitiva paladeada por el combinado ruso. Toda vez fue sanada la herida de Fabio Capello, el joven entrenador confeccionó una entente entre cohesión y convicción que sacó del marasmo a su equipo para lanzarle a una clasificación lograda con la acumulación de victorias y bagaje. La vieja guardia y las estructuras de CSKA y Zenit han edificado una Rusia correosa, capaz de achicar con solvencia o disponer de la pelota con lucidez; de agazaparse y salir rápido o marcar el tipo de envite con posesiones imperecederas. La convocatoria, a última hora, del alemán Neustäder le incluyó en el once titular, como pareja de Golovin, en un doble pivote que distribuiría hacia el desequilibrio de Kokorin o Smolov, colocados en banda, y la calidad centrada de Shatov. La inteligencia del gigante Dzyuba, dotado de técnica para gestar segundas jugadas tras pelotazo y pausa para desahogar el cierre de los suyos, completaba un esquema cuya retaguardia habría de evidenciar una seguridad y coordinación asimiladas a los duelos precedentes. Ignasevich y Berezutski, zagueros arquetípicos, defenderían la meta de Akinfeev, portero de rendimiento bipolar. Schennikov y Smolnikov debían vigilar su espalda y aporar en ataque según marcara la tesitura. Se trataba, para los rusos, de reproducir el esquema de repliegue compacto y eficaz, salpicado de ayudas y coberturas de cada línea, con el fin de afirmar un esfuerzo coral que indigestara la lógica a su oponente. El rigor táctico, la capacidad de sufrimiento y la contemporización definirían la distancia por recorrer en este partido y, en consecuencia, en el torneo en su conjunto. Le tocaría contemplar hasta evolucionar y de la pericia en el cumplimiento adecuado de cada fase dependería la supervivencia de un bloque acuciado por el triunfo de Gales en la apertura del grupo B.

No obstante, el encuentro estrenó minutaje con un ejercicio sensacional de exuberancia inglesa, que tardaría en soltar el timón de la dinámica para desnudar la verdadera esencia de la conversación. El ritmo interpuesto por Inglaterra desde el pestañeo inicial le granjeó un torrente por el que discurrir, cerca de sacar de eje a los rusos y de culminar su epígrafe primitivo: morder primero abrasando. El mando británico se antojó rotundo en este tramo, disparado por una asociación fluida y rápida, con avance por los extremos, que encontraba en Rooney al facilitador, con una burbujeante movilidad de los mediapuntas detrás de Kane a la que la zaga roja le costaba amoldarse y taponar. Así, no tardó el dique en ceder y las llegadas al área se multiplicaron. La volea de Dele Alli, desde la frontal, desviada por poco y tras una combinación frenética con pase final de Lallana -minuto 3- abrió boca. Sterling, protagónico desde su carril, tomó el testigo con un desmarque que detectó el cerebro del United. El extremo del City recogió el pase y centró para el cabezazo angulado de Dele Alli, que no tomó portería -minuto 8-. Acto y seguido fue el balón parado el que coronó la maniobra de asalto inglesa, con un cabezazo de Smalling que atajó Akinfeev, a la salida de un córner.


La ambiciosa disposición que sacó de la charla a una Rusia que se bastaba con guarecerse hasta que escampara, erigió a Rooney como organizador, al lado de Dier tras ceder metros para ordenar la orquesta. Dele Alli empezaba a perforar como interior-llegador, entre líneas, asociándose con Lallana. Sterling, pegado a la cal, y Kane, como pivot en el área, esperaban turno con Walker y Rose incluidos en la ajetreada circulación. El dominio del cuero se afianzaba (70% de posesión) y los pupilos de Slutski se esforzaban por aguantar la afrenta, concatenando muchas piezas en su frontal para forzar el juego de centros laterales inglés, a la espera de su momento, para lanzar una contra, con Dzyuba como luz posicional que desahogara y facilitara balones para sus mediapuntas. Pero el encierro no se matizaba en este prólogo de intensa fiscalización a la seriedad del bloque del este y el delantero estrella del Tottenham entró en escena. Un cambio de juego hacia Kane (minuto 13), que yacía en el pico del área izquierdo ruso, inicio el intento. El goleador de la Premier controló, se perfiló en diagonal y engatilló un chut desviado hacia el palo largo.

Todavía desprovista de contenido, la huída hacia delante de Rusia descubrió su primer aviso antes del arribo de la legitimidad con su juego. La falta lateral forzada por Dzyuba, que lanzó Shatov y cabeceó Ignasevich, que se adelantó a los zagueros para que Hart estrenara sus guantes, significó un punto de inflexión que culminaría quemado el minuto 20. La trama esbozaría, hasta su desenlace, la tratativa de cada equipo por hacer valer el tipo de pentagrama que les resultaba más atractivo. Inglaterra intentaba verticalidad y rapidez y su contrincante ordenaba lentitud en una excitante confrontación de biorritmos que pasó a asistir al adelantamiento de líneas sin pelota del seleccionado norte europeo. Consiguió el secundario interponer una enmienda al monopolio de la posesión del favorito. Había sabido sufrir, bien ordenado, y ahora buscaba rutas para crecer, más allá de la inteligencia de su 9 en el baile con los centrales británicos. Por consiguiente, el ascenso de trascendencia ruso propició un descenso del ritmo y su intensidad posicional centró el dictado del duelo. Las imprecisiones tomaron la escena en el tramo central del primer acto, cuando el aire estaba cambiando su dirección. Sin embargo, en tal inercia aconteció la mejor combinación inglesa, que le concedió una oportunidad dorada: Lallana se desmarcó para conectar con Walker y la pared y el movimiento sin pelota de ambos generó un espacio que aprovechó Dele Alli. La perla del Tottenham cedió a la subida del lateral diestro, que envió atrás, para que el interior del Liverpool chutara cruzado, lamiendo el poste -minuto 22-. Un balón largo que ganó y prolongó Kane añadiría presencia isleña en el cambio de la relación de fuerzas. Lallana jugó de primeras y en profundidad para el galope de Sterling, que quedó en mano a mano con Akinfeev. Smolnikov emergió, in extremis, para desactivar el rudo movimiento tradicional inglés -minuto 24-.

En torno a la media hora, los jugadores de Slutski anestesiaron el tempo, con circulaciones horizontales. Ganó terreno y era, entonces, Inglaterra la que asumía el modelo de repliegue y salida, con la velocidad de su centro del campo como herramienta favorita y Rooney como lanzador amarrado. La activación defensiva británica nublaba, hasta tal periodo, la relevancia de nombres como Kokorin, Smolov y Shatov -que no disfrutaron de manos a manos exteriores sobre los que brillar-, por lo que la respuesta rusa se vio mitigada y limitada a entorpecer el repiqueteo sistemático de llegadas del rival. Pero, en el minuto 31 se constató la amenaza que terminó por retrotraer al sistema de Hodgson. El primer atisbo de ruptura de líneas inglesa, con Dier como desbordada única ancla, sobrevino con el robo y tansición iniciada por Ignasevich, que con su presteza impidió el retorno de cinco peones blancos. Así, el cuatro para tres constituido no encontró remate por el desatino ruso en el tercio final de cancha. Shatov dirigió pero Kokorin no supo gestar un centro válido que amortizara la superioridad.

Sin patrón de juego, ambos equipos alternaban posesiones trompicadas sin variar el guión antes del intermedio: Inglaterra pintaba verticalidad perpetua en sus intentonas y Rusia desplegaba más pausa y mesura en sus estudiados movimientos corales. Aún así, en la recta final del primer acto se activó un repunte de revoluciones inglés, sin rédito, que inauguró la acción individual de seda de Dele Alli en la esquina. Se deshizo de la emboscada de tres rusos para enlazar con Rooney, que salivaba en su regreso a la frontal. El delantero del United descerrajó una volea centrada que Akinfeev se sacó de encima como pudo -minuto 33- y la cancha volvió a inclinarse. Golovin y Neustäder afianzaron el repliegue en estático rojo e Inglaterra había padecido para volver a desatar el caótico ir y venir energético que favorecía a puñales como Sterling o Lallana. En tal escenario, más enfangado, fue Alli el que asumió la labor de desestabilizador entre líneas, tratando de dividir y conectar con los fútiles desmarques de Kane. Finalmente, el cañonazo demasiado cruzado de Rose, desde el pico del área -minuto 40-, representó todo el peligro de un movimiento postrero que situó a dos artistas como Smolov y Kokorin aferrados a la esforzada ayuda a sus laterales. La cohesión rusa logró amortiguar la aceleración, en ráfaga, británica. El descanso pareció una victoria parcial para Slutski, pues la estadística fijó un 10-1 en tiros y un 5-1 en intentos dirigidos a portería. Pero, ahondando en el devenir, la posesión inglesa viró del 70% inicial al 58% final, por lo que no llovía tanto, ni mucho menos, para los intereses rusos. Habían sobrevivido de pie.

Sin cambios nominales comenzó la reanudación. Y lo hizo con el rendimiento extremado de las variables ideadas por Rusia, que inyectó hielo al ritmo y mimó la posesión con desprecio hacia las porterías. Inglaterra amalgamaba consistencia y esperaba explosionar en contragolpe, ya que no quería que su dibujo volviera a sufrir a la espalda de su centro del campo y tras pérdida. Entregó la iniciativa al bloque del este y el giro de los acontecimientos no le costó un disgusto por poco. La primera asociación colectiva rusa, pausada, señaló a Smalling como salvador de la patria. Se deshilachó el balance de Hodgson y la triangulación encontró oquedades en el púgil inglés, con Kokorin generando pasillos. Shatov y la incorporación de Smolnikov cultivaron una superioridad que confluyó en el centro, con todo a favor y desde la línea de fondo, que Dzyuba no acertó a rematar -minuto 48-.

El atisbo de los colmillos ajenos patrocinó el respingo británico, que sucedió por el subtefugio de la compilación de aproximaciones a balón parado, con culmen en el libre directo ejecutado por Rooney desde la frontal, que no dio con los palos de milagro. De este modo se reviró la tratativa rusa, pues el balón empezó a teñirse, de nuevo, de blanco. A falta de la deflagración rítmica pronosticable. Pasados los primeros 10 minutos del segundo tiempo, Rusia hubo de recuperar el cierre intensivo en cancha propia, pero el desarrollo de sus motores en la medular no iba ya a remitir, promocionando salidas en transición bastante lúcidas a las que el planteamiento isleño no conseguía interceptar. Kokorin degustaba su mejor versión del debut de su país en este torneo y el resto del vestuario lo agradecía, pintando un epílogo color incertidumbre. El desarrollo rojo se afiló, contra la voluntad coral inglesa, gracias a la pizarra. Un despeje de Dier hacia su propia portería, que Hart desvió, prendió la mecha del mejor intervalo ruso. La acción consiguiente ofreció a Golovin una volea desde la frontal, en rechace mórbido, que el mediocentro conectó con las nubes -minuto 59-, y otro córner lanzado abierto por Shatov y rematado por Beretzuski, por encima del larguero -minuto 60-, prolongó el fluir.




Se constataba la lección táctica rusa: taponaba la influencia de las individualidades inglesas y, en consecuencia, desenfocaba la producción del equipo británico. Y, a partir de ese axioma, creció con pelota para saberse capaz de patronear el partido y morder. Walker y Rose actuaban como extremos y Lallana, Dele Alli, Rooney y Sterling centraban sus posiciones para alcanzar una sobreexposición en busca de los balones bombeados. El estatismo de los cuatro mediapuntas que ocupaban la parcela central e interlineal indigestaba la gestión del cuero inglés, colapsando las vías, desprovista de los vatios anhelados por su técnico. Rooney volvía a asumir la exclusividad insuficiente del primer pase de una creación sumida en el denso tedio. Los laterales tampoco encontraban callejones sobre los que sorprender ante el sólido desempeño de la estructura rusa en fase defensiva. Confirmó el centro del campo rojo una superioridad cultivada en la sabiduría de la tempística y la explotación de los recursos propios y las debilidades ajenas. En el 70 de duelo se despejaba el paseo de Slutski y sólo una desatención en la vigilancia rusa, que alimentara el frenesí de la contra rival, parecería incomodar la realización de la ecuación imaginada. Una salida ruda que bajó Dzyuba y Smolov tradujo en un giro de tobillo delicado, que ajustó su rosca hacia el poste izquierdo de Hart -rozando el gol-, subrayó el gráfico.

Pero lo imprevisible y la penalización del fallo contrincante se reforzaría como sustento de Inglaterra. Primero, en una jugada de estrategia rusa que no encontró remate, en falta lateral, y que propició la salida rotunda que desencadenó Dele Alli. La pelota llegó a Rose y el lateral del Tottenham dibujó un centro tenso que Rooney convirtió en un chut raso que Akinfeev desvió abajo, sin margen de error, con una rutilante muestra de reflejos -minuto 71-; y, en segundo término, para abrir el marcador. Alli se inventó un cebo en el que Schennikov picó. El fino túnel trazado, recurso por mor de la inferioridad numérica en la frontal roja, surtió efecto y el lateral obstruyó al joven referente inglés. La falta directa fue ejecutada con soberbia por Dier, que encajó un pelotazo terrible en el palo defendido por Akinfeev. La propulsión del cuero escapó al radar del meta del CSKA y el electrónico se inauguró a balón parado, cuando peor estaba navegando el buque dirigido por Roy Hodgson. El único mediocentro destructor en liza, que estaba naufragando ante el dominio de sus homólogos rusos, reclamó los focos ofensivos -minuto 73-.

Se aplicó, en aquel punto de tensión erosiva, la estratagema de ambos técnicos para enfrentar el último cuarto de hora. Slutski sentó a Golovin e introdujo al experimentado Shirokov, deshaciendo el doble pivote para sumar la inteligencia y técnica superior del suplente de lujo. Hodgson, por su parte, desdeñó en este extremo la opción de reconstruir el peso de su centro del campo y cambió pieza por pieza: Wilshere por Rooney. Milner o Henderson, destructores y pulmones para contener la apuesta ofensiva cuando se debía manejar una distancia favorable, no fueron considerados. Inglaterra pretendía manejar la pelota hasta cerrar el partido. Monopolizarla. Y ejecutó los primeros pasos con el chut desde larga distancia de Lallana sin éxito -minuto 79-. Neustäder dejó su escaño a la energía de Glushakov de inmediato. Rusia estaba obligada a alzar el nivel de esfuerzo, a pesar del cansancio y la inferioridad anatómica. Wilshere asomó, entonces, como la solución que añoraba el seleccionador inglés, con el fin de disponer, de manera absoluta, del esférico. El pequeño genio del Arsenal –muy castigado por las lesiones- se atribuyó el inicio de cada circulación sostenida y los minutos se quemaban en torno a su voluntad controladora. Una falta desde media distancia que Kane -desacertado de cara a puerta pero entregado en favor del colectivo- dirigió muy desviada (minuto 83) actuó como preludio de la explosión final.

Mamaev entró por Smolov y Milner por Sterling. La agonía del marcador ajustado y el ansia coherente con la ventana abierta dejada por una selección británica que no ató todos los cabos con la posesión, empujó a Hodgson a acunar hueco para la épica rusa. Se entregaba, a última hora, a repeler las intentonas rivales en busca del empate, víctima de la inseguridad ancestral en el cierre de los duelos. Y en el tiempo añadido se desató la volcánica vuelta de tuerca. Kokorin sacó un córner que despejó la zaga inglesa. La pelota cayó en las botas de Shatov, que recortó y cambió de sentido l inspirado ataque, que conectó con las botas de Schennikov. El lateral zurdo dirigió un centro parabólico con aspecto de rifa que Berezutski convirtió en el grito de su tribuna. El central –que en la previa aseguró, socarrón, que sus contrincantes aprenderían alguno de los nombres de su vestuario tras el duelo- ganó el salto y conectó un testarazo que Hart sólo pudo seguir con la mirada. La trayectoria del cabezazo resultó inapelable y un nuevo fiasco se atravesó en el debut de Inglaterra. El apagón de concentración en la última defensa -minuto 92- le costó a los ingleses el liderato, la autoestima y la sonrisa sobrevenida por un ejercicio de escapismo impecable hasta ese vértice. Rusia recogió su merecido (acabó con un 48% de posesión) y cercenó la ensoñación competitiva de la novel generación británica. Un crepúsculo de interés sobresaliente que revistió de dignidad la respuesta exigida al fútbol por otras esferas sociales.



Ficha técnica:
1 - Inglaterra: Hart; Walker, Cahill, Smalling, Rose; Alli, Dier, Rooney (Wilshere, m.78); Lallana, Kane, Sterling (Milner, m.87).
1 - Rusia: Akinfeev; Smolnikov, Ignashevich, Vasili Berezutski, Schennikov; Neustädter (Glushakov, m.80), Golovin (Shirakov, m.78); Smolov (Mamaev, m.85), Shatov, Kokorin; Dzyuba.
Goles: 1-0: m.73: Dier. 1-1: m.90+3: Berezutski.
Árbitro: Nicola Rizzoli (Italia). Amonestó al inglés Cahill (m.62) y al ruso Schennikov (m.72),
Incidencias: Partido de la primera jornada del grupo B de la Eurocopa 2016 disputado en el estadio Velodrome de Marsella, ante 67.000 espectadores. Desde el fondo de los aficionados rusos se lanzó una bengala hacia la grada inglesa y se encendieron otras. Los servicios de seguridad desalojaron una zona de esa parte del campo.