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NOVELA

Richard Ford: Canadá

domingo 19 de junio de 2016, 18:17h
Richard Ford: Canadá

Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2016. 512 páginas. 13,90 €. El flamante premio Princesa de Asturias de las Letras nos ofrece en "Canadá", recién reeditada, una potente novela de aprendizaje, con su punto justo de ironía y voluntad épica -y poética.

Por Carmen R. Santos

Es muy difícil construir una vida, pero sumamente fácil que se derrumbe cuando menos se espera. Es lo que le sucede al adolescente Dell Parsons, y a su hermana gemela Berner, protagonistas de Canadá, una de las esenciales y mejores novelas de Richard Ford, flamante premio Princesa de Asturias de las Letras, reeditada este año en la colección “Compactos” de Anagrama, sello que ofrece en su catálogo prácticamente toda la producción del escritor norteamericano. Ford nació en 1944, en el mismo estado, Misisipi, que su compatriota William Faulkner, a quien nada tiene que envidiar. Curiosamente, entre los numerosos galardones obtenidos por el autor de Incendios, se encuentra el premio PEN/Faulkner.

El propio Dell Parsons, narrador de la historia en primera persona, nos dice al comienzo: “Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada”. Y añade: “Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales -aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco”. Así se nos invita con fuerza a sumergirnos en un relato que colmará todas las expectativas despertadas, siguiendo una máxima que Richard Ford confesó en alguna ocasión: “Una buena novela es la que utiliza la imaginación para provocar en el lector que experimente lo impredecible”.

Porque impredecible, pero, a la vez, de aplastante coherencia -Richard Ford cuida todos los detalles-, fue el atraco cometido por Bev Parsons y su mujer Neeva Kamper -en un momento de la novela Bev y su hijo Dell están en el cine y ven un noticiario de los años treinta sobre Bonnie y Clyde. Y también lo es el derrotero que seguirán sus hijos, Dell y Berner, dos personajes, sobre todo el primero, erigidos con la sabiduría y solidez de los que pueblan la gran literatura. No en vano en Dell Parson resuenan ecos, sin irles a la zaga, de figuras míticas de la narrativa norteamericana, como el Huckleberry Fin, de Mark Twain, en Las aventuras de Huckleberry Fin, el Holden Caulfield, de J. D. Salinger, en El guardián entre el centeno, o la Scout Finch, de Harper Lee, en Matar a un ruiseñor.

Tras desmoronarse la que estaba llamada a ser una existencia tranquila, con sus padres en la cárcel, y sin que nadie fuera a preocuparse ni mucho menos ocuparse de ellos -“No les hubiera importado un comino que nos hubiéramos esfumado, si tal cosa hubiera sido posible”-, deben tomar las riendas: “Nos gustara o no -lo supiéramos o no, incluso-, ahora éramos responsables únicamente de nosotros mismos, no ante ningún designio superior de ninguna clase”. Berner se va de casa sin decir a dónde y a Dell le recoge una extraña mujer, Mildred Remlinger, que le dice ser una enviada de su madre. Antes de que los servicios sociales vayan a por él, le llevará a Canadá para que viva con su hermano, Arthur Remlinger, un personaje cargado de inquietantes sombras. Guarda en su habitación un tablero de ajedrez y una pistola.

En su país de adopción, Dell Persons habrá de edificarse una nueva vida y cincelar un yo adulto que inevitablemente comprueba cómo el mundo no es precisamente un paraíso ni el hombre un ser angelical. Un yo que, pese a ello, señala: “El escepticismo es creer que el bien no es posible; y yo sé a ciencia cierta que el bien es. Y lo que hago es no dar nada por sentado y tratar de estar preparado para el cambio que pronto ha de llegar”. Un yo que propone “enlazar las cosas desiguales en un todo capaz de preservar lo bueno, aun cuando haya que admitir que lo bueno no es a menudo fácil de encontrar. Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos”.

Saludado por el jurado del premio Princesa de Asturias como “el gran cronista del mosaico de historias cruzadas que es la sociedad norteamericana”, Richard Ford, nos brinda en Canadá una potente novela de aprendizaje, con su punto justo de desolación y esperanza, de ironía y de voluntad épica -y poética-, de emoción y frialdad, a la altura de la trilogía que lo consagró: El periodista deportivo, El día de la Independencia, y Acción de gracias, en la que puso en pie a su célebre personaje Frank Bascombe.

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