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AL PASO

Brexit

martes 21 de junio de 2016, 20:50h

Nuevamente al borde del abismo en un peligroso envite que ha decidido promover un jugador ventajista y frívolo llamado Cameron. Es la segunda vez, la primera consistió en el referéndum sobre la permanencia de Escocia en el Reino Unido, que dividió el país, acabó concediendo un incremento competencial mayor que aquel con que los nacionalistas escoceses se conformaban e introdujo al Reino Unido en un experimento de reforma constitucional que no se sabe como acabará, igual no muy bien. No contento con la promoción de esta pifia, asimismo bajo la iniciativa del primer ministro conservador, va a tener lugar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europa cuyos efectos pueden ser un verdadero cataclismo.

Cameron merecería perder el referéndum. Lo ha convocado para ratificar plebiscitariamente un acuerdo de Gran Bretaña con la Unión Europea que, conteniendo la renuncia a la consecución de una Unión más perfecta y boqueando la institucionalización del círculo de los países del euro, subraya la peculiaridad del Reino Unido, ya eximido del acuerdo Schengen y con salvaguardas respecto de la responsabilidad social. Se trata de un acuerdo alcanzado bajo el chantaje de la salida británica y al que ha debido de acceder la Unión en pésimas condiciones políticas. La pretensión de obtener ventajas políticas de la ratificación de este mal acuerdo califica al líder británico. Si perdiera el referéndum habría bebido de su propia medicina : el tibio europeísmo de Cameron no está en las mejores condiciones para convencer a los británicos de las ventajas de la permanencia en Europa, que durante los diez años de duración de su liderazgo nunca ha recibido un verdadero apoyo positivo de su parte.

La convocatoria además se ha producido en un pésimo momento, con un auge por doquier del populismo nacionalista y una situación económica mala: son tiempos perfectamente propicios para la respuesta equivocada, esto es el repliegue y la desconfianza en el afrontamiento en común de los problemas, o sea, el autismo nacionalista y el “sálvese quien pueda”. Por lo demás las condiciones políticas británicas impiden, frente a lo que ocurrió en el referéndum sobre el mercado común que convocó en su día Wilson en 1974, encontrar apoyo en otras fuerzas no conservadoras, con un líder laborista Jeremy Corbyn ofuscado por su insistencia en la orientación antiobrera de la Unión que no ofrece el respaldo a la Europa que se necesita.

En esta mala coyuntura el recurso a un referéndum ha mostrado las peores posibilidades de este instrumento de participación política. La situación requiere de un debate sosegado, en primer lugar, sobre las oportunidades de la Unión, esto es, acerca de lo que el Reino Unido puede aportar a la misma, por ejemplo un cuidado por despejar los riesgos burocráticos o asegurar el libre mercado, o sobre las diferentes variables de su funcionamiento institucional; y, en segundo término, de los costos para la afirmación política de la Gran Bretaña sin la Unión, pues la existencia del Reino Unido fuera de la Unión no deja de ser una rareza bastante inexplicable, dejándole sin armas para determinar una política a la que no puede sustraerse. Lo que ha ocurrido es que el debate ha sido sustituido por la mera confrontación y las explicaciones por las simplificaciones, de modo que se ha asistido a una campaña emotiva y pobre. Se ha producido así, dice The Observer, la seducción por la excitación y el misterio que promete el Brexit. La campaña del Brexit ha logrado imponer una lectura que señala exageradamente el coste de la pertenencia a la Unión Europea y prometido contradictoriamente que el ahorro generado por la independencia se dedicará a las mejoras de la asistencia social, unas veces, y otras a los sectores que reciben hasta ahora las ayudas de la Unión, como la agricultura o la Universidad. Pero sobre todo lo que conllevará la salida es la superación del ordenancismo administrativo que la dependencia supone (duplicidades, papeleo, etc.) y especialmente una presentación bastante miserable del problema de la inmigración, cuya solución se seguirá de modo inexorable de ganar el Brexit. Poco importa hacer notar que las cuotas de inmigración en el Reino Unido pueden ser pequeñas en comparación de las que se conocen en otros países de la Unión y que además el Brexit podrá cerrar las fronteras a los ciudadanos de la Unión, pero quedará el problema de la otra emigración que procede de países no europeos y que suponen el mayor número. Por otro lado los trabajadores comunitarios desempeñan tareas en sectores como los servicios de hostelería o la sanidad, absolutamente estratégicos en el Reino Unido. Los argumentos son lo de menos: lo que vale es la plasticidad de la invasión turca (¿) que se denuncia y los riesgos para la supervivencia de la nación amenazada.

De esta crisis lo que llama la atención es la fragilidad del sistema político europeo, dependiente de muchos extremos, pero de modo especial de la irresponsabilidad de algunos dirigentes políticos, incapaces de percibir que vivimos en una época en la que no hay tableros políticos aislados, y que de las acciones propias pueden seguirse consecuencias indudables para sujetos que sin capacidad de reaccionar resultan damnificados gravemente. El referéndum convocado en Escocia, ideado para acabar de una vez por todas y ventajistamente los problemas de acomodo de una nación en la estructura política común, ha supuesto un incremento de la inestabilidad en los demás estados, con los que Gran Bretaña tiene deberes de lealtad, a la vez que ha generado tensiones en la propia Unión cuya arquitectura institucional carece de la solidez propia de los edificios políticos más vetustos. El referéndum sobre el Brexit, de salir triunfante, cosa que esperemos no ocurra finalmente, supondría un ahondamiento en las deficiencias y limitaciones de la Unión que necesita de contribuciones positivas en estos tiempos en los que el horizonte solo puede ser la intensificación de su propósito de progreso político y no un escenario en el que un socio principal, con su ejemplo, invite a la deserción y la denuncia del proyecto de todos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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